Yo,fascista…y tú, tonto

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En el mundo de la política, por causas no bien explicadas, cada cierto tiempo se pone de moda una sandez y no hay modo de librarse de ella. Incluso ideas perfectamente razonables, como la de no herir a colectivos con un lenguaje despectivo, se acaban convirtiendo en necedad cuando los indocumentados se convierten en talibanes de lo políticamente correcto y, no contentos con agobiarnos a todos, deciden agobiar también al pobre y maltratado idioma español. Ese que intentamos hablar, mejor o peor, todos los miembros y las miembras de la comunidad hispanohablante.

Hay muchos ejemplos más de excelentes ideas transformadas en latiguillos insoportables. Hagan memoria del bienintencionado mestizaje, o de la no menos bienintencionada transversalidad. O del deseable empoderamiento de sectores sociales tradicionalmente relegados. Todas ellas terminaron siendo palabras huecas para rellenar discursos vacíos. A propósito del mestizaje, y de los disparates artísticos que se llegaron a hacer en su nombre, el gran pianista de jazz Tete Montoliú dejó en una ocasión sin palabras a cierto periodista (omitiré su nombre piadosamente) que le entrevistaba en un canal de televisión. El hombre quiso saber la opinión del bueno de Tete sobre el mestizaje de dos géneros tan dispares como el flamenco y el jazz, cuyo cultivo ha producido algunos de los peores engendros musicales que puedo recordar, y el pianista le respondió educadamente que no le gustaba. Aquello debió de parecerle abominable al preguntador, que se escandalizó ante tal muestra de intolerancia, y Montoliú le retó a comerse delante de él un plato de almejas al natural con chocolate fundido, después de jurar por lo más sagrado que él adoraba las almejas… y el chocolate.

Pero lo peor de todo es cuando los idiotas, además, son ignorantes. Entonces se ponen faltones y les da por insultar. De ahí viene, digo yo, la moda de llamar fascista, o franquista, a todo bicho viviente que no comulgue con las simplezas que a ellos les parecen indiscutibles. Los indepes catalanes lo han hecho con profusión, desde luego, pero no son los únicos: cualquier jovenzuelo con ínfulas libertarias te explica el pecado original franquista (o fascista, tanto da) de nuestra democracia y de nuestra Constitución con un desparpajo digno de mejores causas. La ignorancia se cura leyendo, pero la estulticia no tiene cura. Como decía mi señora madre, eso es de nacimiento y va en aumento. Así hemos llegado a ver cómo se llamaba fascista a Joan Manuel Serrat (que tuvo que exiliarse durante la dictadura) o a Paco Frutos (que sufrió cárcel y tortura por su combate antifranquista). Que Santa Lucía les conserve la vista, porque lo de las entendederas no se arregla ni con un milagro.

En fin, paciencia y buen humor. Pero, eso sí, tampoco conviene dejarles sin respuesta y que se vengan arriba. Hace unos cuantos años, cuando yo dirigía el Centro Territorial de TVE en Aragón, unos cachorros de sindicalista que discrepaban conmigo en la interpretación de una parte del convenio colectivo acudieron a pedir árnica a su sindicato, Comisiones Obreras, y no se les ocurrió dar mejor explicación sobre nuestros desacuerdos que tildarme de fascista (como se puede comprobar, tampoco han descubierto la penicilina estos chicos de ahora).

Quiso la casualidad que el dirigente del sindicato que les atendió fuese Miguel Ángel Zamora, un veterano luchador que purgó esa lucha tras pasar por el Tribunal de Orden Público franquista en el tristemente célebre Proceso 1001 (apuesto lo que quieran a que, de cien antifascistas actuales, noventa y nueve no han oído hablar de aquello), que mandó a la cárcel a la dirección de CC OO, encabezada por Marcelino Camacho. Zamora, con quien compartí militancia clandestina, política y sindical, durante la dictadura, se los quitó de encima como pudo antes de llamarme para preguntar, muerto de risa, si tanto había cambiado yo.

Cuando me eché a la cara al líder de los sindicalistas de mi empresa solo le dije cinco palabras: Yo, fascista… y tú, tonto. Pues eso.

Pepe Royo, exdirector de TVE Aragón

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