Un periodista sin más pretensiones

REVISTA SEMANAMiguel Ángel Bastenier me dio clases de relaciones internacionales en el primer curso de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue el curso 1975-76, acababa de morir el dictador y las aulas eran una olla a presión política que estalló en una asombrosa pluralidad de organizaciones, con mención especial en Bellaterra para las anarquistas, en huelgas encadenadas, y en un lema que se repetía hasta la saciedad: “Amnistía, libertad y Estatuto de Autonomía”.

Yo acababa de cumplir los 17 años y Bastenier tendría 36. Recuerdo que era un profesor accesible y distraído, que nunca se sentaba detrás de la mesa, que dejaba participar a los alumnos y escuchaba, que tenía debilidad por la política internacional, y también que en alguna clase, comenzaban a las tres y media de la tarde, se echaba una cabezada porque llegaba agotado.

Entonces, Bastenier trabajaba en un diario vespertino, “Tele/eXprés”, y probablemente le faltaban horas de sueño. “Tele/eXprés”, del que fue director entre 1977 y 1979, era uno de los periódicos de referencia de los “progres”. Fue el primero de capital privado que se publicó en Cataluña después de la guerra civil, en concreto en 1964, en puertas de la Ley de Prensa de Fraga, financiado por un banquero e industrial, Jaime Castell, al que se sumarían Carlos Sentís y Federico Gallo, hasta que en 1977 lo compró el grupo “Mundo Diario”.

Se distinguía por su atrevido diseño visual, por su cabecera y su logotipo, blanco sobre fondo azul, por sus textos cortos, muchas imágenes y pocas páginas, porque tenía una o dos páginas culturales en catalán, y, también, porque un artículo publicado allí originó en 1975, unos meses antes de fallecer el dictador, la primera huelga general de la prensa barcelonesa desde 1939 y una gran corriente de solidaridad del periodismo democrático español.

Haciendo un repaso de la vida sexual de los barceloneses desde 1920, el artículo, redactado por Josep María Huertas Clavería y titulado “Vida erótica subterránea”, contaba que muchos de los “meublés”, de las casas de citas barcelonesas, los regentaban viudas de militares que tenían más facilidades para conseguir los permisos.

Josep María Huertas Clavería, un periodista comprometido con lo social y con la información de los barrios, fue procesado por injurias al Ejército, sometido a un consejo de guerra sumarísimo, y condenado por un tribunal militar a 2 años de prisión, de los que permanecería encarcelado 8 meses y 20 días. El director de “Tele/eXprés”, Manuel Ibáñez Escofet, fue obligado a dimitir.

Entre otros, Bastenier compartió redacción con Huertas Clavería, símbolo de las libertades democráticas y de la lucha contra la censura, con Manuel Vázquez Montalbán, con Ramón Barnils y con Francisco Candel.

Desde ahí, Bastenier, licenciado en Historia y Derecho en la Universidad Central de Barcelona y graduado en la Escuela de Periodismo de Madrid, pasó a la subdirección de “El Periódico de Catalunya” y a la de “El País” en Cataluña.

En “El País” permaneció durante 35 años como analista de política internacional y como profesor de la Escuela de Periodismo y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada en Cartagena de Indias por Gabriel García Márquez que había vivido y coincidido con Bastenier a comienzos de los setenta en Barcelona. Tuvo que emigrar a Madrid como otros grandes periodistas catalanes.

Bastenier fue un gran periodista histórico y un buen profesor que se adaptó a las nuevas tecnologías y a las redes sociales hasta conseguir más de 172.000 seguidores en twitter. Allí dejó brillantes lecciones de periodismo en 144 caracteres:

“Si ´periodismo narrativo´quiere decir historia sin fuentes, cuando el autor no ha presenciado los hechos, que me borren”.

“El mejor periodista es un investigador, pero ni policía, ni juez. Documenta e interpreta el caso, y ahí acaba su función”.

“El periodismo declarativo está muerto, porque la gente habla para salir en el periódico. Hay que publicar lo que se calla, que es lo difícil”.

“Todos los periodistas tienen una ideología, aunque crean que no, pero si ponen el trabajo al servicio de la suya, dejan de ser periodistas”.

“El hecho de que no exija titulación académica para ejercer como periodista no significa que un smartphone equivalga a una licenciatura”.

“Los periodistas se dividen en dos categorías: los que son rápidos y los que no son periodistas”.

Y, finalmente, su opinión sobre el periodismo y la realidad on line: “Lo que las redes sociales ponen en circulación es comunicación, no necesariamente información, que, de momento, sigue limitada a los periódicos, impresos o digitales, y que de la pugna entre esas dos formas de llegar al público se dilucidará el futuro del periodismo”.

Fue un periodista histórico sin más pretensiones, al que le gustaba contar por qué pasan las cosas que pasan, que nos dejó dos libros muy útiles para enseñar en las facultades: “El blanco móvil” (Ediciones El País, Aguilar, 2001) y “Cómo se escribe un periódico: el chip colonial y los medios en América Latina” (FCE, 2009).

El mismo día que se publicaban sus obituarios aparecía en la edición de “El País” una crítica suya sobre el libro del historiador Josep Fontana, “El siglo de la revolución”, un recorrido desde la Gran Guerra hasta 2016. El periodista sin más pretensiones trabajó hasta el último día de su vida.

Plácido Díez, periodista

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