Un Parlamento esperando a Cataluña

Europapress

Llegado el ansiado periodo estival, parece obligado un pequeño comentario sobre el escenario político nacional actual, coincidiendo con el desarrollo de la segunda legislatura de Rajoy al frente del Gobierno de nuestro país.

Queda lejano ya, aunque no para algunos que lo arrastran como leit motiv de su discurso, aquel mes de octubre del año pasado en el que Mariano Rajoy volvió a ser investido Presidente tras meses de ineficacia parlamentaria y con la incertidumbre democrática que implicaban unas terceras elecciones…y por qué no de unas cuartas o quintas.

Así, el Gran Superviviente de nuestro particular reality político nacional, se enfrentaba a un escenario muy diferente al de su anterior mandato, un Parlamento “rebelde” y con muchas dudas ante la deseada estabilidad que demandan, entre otros, nuestras siempre vigilantes instituciones europeas.

Atrás quedaban aquellos momentos de rodillo parlamentario, de “lujuria decretal”, tan del gusto de la “Vice” Soraya y esos nombramientos a dedo de determinados cargos públicos que luego suelen tener un efecto boomerang con imprevisibles consecuencias para quienes los han ejecutado.

Era un escenario nuevo para Rajoy y su guardia pretoriana, pero no tanto para el Partido Popular. Quién no recuerda aquella primera victoria de José Mª Aznar, tan devaluada finalmente, que le obligó a hablar catalán en la intimidad y a negociar aspectos fiscales y concesiones estatuarias con los partidos nacionalistas que hacían crujir los dientes a muchos dirigentes de la calle Génova.

Sin lugar a dudas, otros actores políticos no hubieran podido ejecutarlas sin ver agrietados los resortes del Estado y haber puesto en duda la unidad de nuestra querida España.
En aquel momento la cintura política del Gobierno de Aznar y la bonanza económica posterior se tradujo en una victoria electoral absoluta y posteriormente absolutista del Partido Popular, así como la cimentación en paralelo del más perjudicial capitalismo clientelar y corrupto que hoy nutre de portadas a los medios informativos, de juicios a los tribunales y de hartazgo a los ciudadanos.

Pero volviendo a la actualidad, el Gran Superviviente se enfrenta a un Parlamento muy diferente de aquél y condicionado por un hecho que distorsiona cualquier predisposición ideológica de las diferentes formaciones políticas, esto es, la deriva soberanista que han abanderado la antigua Convergencia de Cataluña y la vetusta Esquerra Republicana, y fundamentalmente quienes son sus líderes actuales, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras.

Otro gallo hubiera cantado probablemente, si entre las filas convergentes hubiera triunfado el, permítanme la expresión, discurso urkulluano de Durán Lleida, e incluso si Esquerra no hubiera abandonado su perfil cuasi burgués de sus orígenes.

Y es que en el contexto actual no hay líderes nacionalistas catalanes que quieran obtener réditos monetarios de Madrid a cambio de apoyos formales y duraderos. Así que, con el siempre pragmático PNV y el resto de partidos regionalistas no se suma lo suficiente y hay que buscar otros socios. Y esas miradas nos llevan obligatoriamente a Ciudadanos. Ese elemento extraño de la política catalana al que hubo que otorgar carácter estatal y mensaje liberal, socialdemócrata en sus orígenes antes de Madrid, para que pudiera desarrollar el mandato que no supo o no quiso ejecutar Rosa Díez y su instrumental UPyD.

El problema es que tanta bandera de regeneración pusieron en el soufflé Ciudadano, que ahora a Rivera le resulta difícil sostener a un Gobierno, al menos de forma estable y desde dentro, que acumula como ningún otro cuantiosos casos de corrupción política, reprobaciones y falta en definitiva de calidad moral y democrática.

De este modo, aún aprobando a cuenta gotas determinados proyectos de ley, entre ellos los indispensables Presupuestos Generales, no se acaba de vislumbrar una certidumbre parlamentaria que permitiera a Rajoy plantear un programa político a cuatro años vista.

Mientras, al otro lado del Hemiciclo, el otro gran bloque de electos, el que en principio aglutina a todo aquel que no se siente cómodo con Rajoy en el Gobierno, parece convencerse de la inexistencia de una suma alternativa. Entre otras cosas porque la sociedad a la que representa tampoco quiere ver formalizada relación alguna mucho más allá de una eventual de “follamigos” y viéndose afectados también por la imposibilidad de complementar su discurso con el de aquellos que representan el nacionalismo más reaccionario y excluyente.

Y así van sucediendo los meses en el Congreso de los Diputados. Los intentos de transmitir normalidad parlamentaria de algunos, conviven con la necesidad de infravalorar las instituciones por otros, los mismos que tratan de tapar su falta de apoyo electoral articulando un escenario de legitimidad democrática alternativa. Unos y otros se interrelacionan ante un devenir económico y social cada vez más ajenos a la diatriba política. Una sociedad y una economía cada vez más italianizada.
Pero unos y otros seguimos esperando a Cataluña…

Óscar Galeano, portavoz de la Agenda Digital del PSOE

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