Socialdemocracia o izquierda

Hace algunas semanas sorprendimos a dirigentes del PSOE en una de sus ya frecuentes batallas campales ante los medios por ubicar ideológicamente a su formación. Quién iba a imaginar que, más de un siglo después de aquel 2 de mayo de 1879, el partido fundado por Pablo Iglesias Posse intentaría ser fundido por Pablo Manuel Iglesias Turrión, y que en este proceso de abierta lucha electoral se vería obligado a replantear sus propios cimientos. En esta ocasión el enfrentamiento venía provocado por el llamamiento que Pedro Sánchez, candidato a secretario general por segunda vez, hacía a “un PSOE de izquierdas” en el inicio de su campaña. La reacción de Abel Caballero, omnipresente alcalde de Vigo y vinculado al ala más centrista del partido, fue responder a Sánchez en un programa de televisión que “el PSOE no es la izquierda, sino la socialdemocracia”. El exhibicionismo de los socialistas españoles en lo que a discrepancias orgánicas e ideológicas se refiere no es novedoso, pero su maximización a lo largo del último año no se entendería sin las amenazas que acechan a ellos y a sus homólogos a lo largo y ancho del continente europeo.

Escribir unas líneas sobre la crisis de la socialdemocracia se ha convertido en algo casi tan fundamental en la vida como plantar un árbol o tener un hijo, y contra ella no existen recetas mágicas sino diferentes ideas que desde la humildad nos considero con la obligación moral de aportar al debate. Sin embargo, es llamativo que dicho debate resulte a menudo contaminado por la visión simplista de quienes se limitan a reformular la crisis de la socialdemocracia como la crisis de los partidos socialdemócratas; es decir, como la mera pérdida de apoyo electoral de las fuerzas políticas que han vertebrado los sistemas democráticos europeos, en el gobierno o en la oposición, durante los últimos cuarenta años.

Desde esta perspectiva, la crisis de la socialdemocracia se definiría como el viaje emprendido por una masa de electores desagradecida y poco informada, continuamente menospreciada, hacia opciones populistas que nada tendrían que ver con la socialdemocracia misma. Para cuestionar esta definición basta con analizar el perfil del elector que en España ha abandonado al principal partido socialdemócrata en favor de otras opciones como Podemos o, en menor medida, Ciudadanos: se trata de un votante joven, urbano y con estudios que consume razonables dosis de información, buena parte de ella a través de internet y de las redes sociales. Este perfil, no obstante, no es idéntico en todos los países: el votante que se sentirá atraído por la alternativa populista en detrimento de la socialdemócrata en las próximas elecciones francesas será, previsiblemente, de un entorno rural y con formación más bien escasa. Esto nos daría como pista que el desangre es multidireccional e imposible de corregir con el sencillo mecanismo de matizar el discurso socialdemócrata para recuperar a un tipo concreto de votante.

Lo que un joven español y un agricultor francés, por ejemplo, sí tendrían en común, es haberse sentido parte de lo que coloquialmente conocemos como “perdedores de la globalización”; aquellos que emiten un voto de protesta ante la percepción de que la socialdemocracia tradicional no ha sabido dar respuesta satisfactoria a las incertidumbres que les atormentan. El triunfo de los populistas no es sino el triunfo de quienes recogieron banderas que yacían en el suelo sin que nadie las ondease y han sido capaces de levantarlas y generar adhesiones tras ellas. Banderas como la lucha contra la precariedad de los jóvenes en el mercado laboral, contra la corrupción institucional o contra la pérdida de soberanía en favor de organismos supranacionales.

Una lectura más compleja de la crisis de la socialdemocracia sería aquella que comprende que la solución no pasa por culpabilizar al votante, pero abraza un relato nostálgico y victimista que la elogia como artífice del Estado del bienestar que disfrutamos y cree que por este mérito no sólo las generaciones actuales, sino también las futuras, deberían mostrarle un eterno agradecimiento. Este relato admite que la socialdemocracia ha fallado en la gestión de la crisis económica, y que ahí ha sido vencida por el neoliberalismo, y admite que ha fallado en el discurso, y que ahí ha sido vencida por el populismo.

Pero fue el filósofo Fernando Savater quien lanzó una de las mejores aproximaciones que, a mi juicio, se han dado sobre esta crisis: “Lo malo de la socialdemocracia es que ha triunfado en Europa de tal modo que ya nadie puede ser menos y es difícil lograr ser más”. El gran éxito atribuible a la socialdemocracia radicaría, por tanto, en haber logrado sumar a partidos liberales y conservadores, de un lado, y a partidos comunistas, de otro, a consensos básicos en torno a ese modelo del bienestar del que se considera progenitora. Sin embargo esto, que a priori es un aspecto positivo, no eclipsaría los retos que la socialdemocracia tiene por delante: profundizar en sus recetas, adaptarlas al mundo actual y evitar conformarse con ser una especie de hermana mayor responsable para la izquierda infantil, sino abanderarla y hacerse cargo de su modernización.

Sería ambicioso tratar de responder en unos pocos párrafos hacia dónde tendría que apuntar la solución, incluso si sólo abordásemos los problemas que atañen a nuestro partido socialdemócrata. Algunas cuestiones sobre las cuales creo que debería reflexionar el PSOE aparecen citadas en este artículo de Toni Roldán. Y más allá de explorar nuevos planteamientos en materias como el empleo o la educación, la socialdemocracia ha de encaminarse con valentía hacia el objetivo que señala la escritora Irene Lozano: mitigar la triple desigualdad generacional, social y territorial. La primera tiene que ver con el hecho de que las generaciones más jóvenes han visto frustradas muchas de sus expectativas y son víctimas acusadas de fenómenos como, por ejemplo, la temporalidad en el empleo; la segunda está relacionada con el hecho de que bajo la denominación de “clases medias” se ha invisibilizado a los verdaderos perdedores de la crisis, que han sido las clases más bajas, y que la falta de inversión en infancia no hace sino perpetuar y agravar las diferencias sociales; y la tercera tiene que ver con cómo el éxodo rural en busca de oportunidades laborales han dejado desprotegidas a amplias zonas de los Estados europeos y con ellas, a sus ciudadanos.

En definitiva, concienciarse de la gravedad de esta triple desigualdad sería un primer paso para fortalecer la agenda socialdemócrata y con ello recuperar parte del terreno perdido. Su crisis se recrudece cuando los propios socialdemócratas asumen la fórmula de Abel Caballero: la de definir a la socialdemocracia como oposición a la izquierda. Que no es otra cosa que desterrarla bajo una derecha que la absorberá como socia responsable de gobiernos, situarla en un terreno tibio por el que nadie mata y dejar en la izquierda un espacio que podrá llenar cualquiera, sea nacionalista, multiculturalista o reaccionario; es decir, no necesariamente progresista.

Álvaro Lario Ruiz

One thought on “Socialdemocracia o izquierda”

  1. Parece incuestionable que la caída del Muro de Berlín provocó un relativo desconcierto en el seno de las fuerzas políticas progresistas. Dicho acontecimiento parecía traer aparejado el triunfo absoluto del ideario capitalista, el establecimiento de un pensamiento único: el neoliberalismo. Sus principales actores parecían carecer de una oposición ideológica fuerte, por lo que consideraban que tenían vía libre para desarrollar su versión más dura. Así poco a poco, el mapa de Europa fue tiñéndose de azul, inspirado en gobiernos conservadores como el de M. Thatcher. Además, el abrazo al capitalismo de los antiguos países comunistas, que veían en él su nueva identidad, vino a favorecer este fenómeno.

    Mientras tanto, los partidos de la izquierda, especialmente los socialistas y socialdemócratas, comenzaron a sentirse descolocados en este nuevo panorama político, con un notable complejo a la hora de plantear sus políticas progresistas, con miedo a que su discurso fuera tildado de neocomunista o de anticuado.

    Por eso, estos partidos fueron poco a poco despojándose de su mensaje ideológico tradicional, interiorizando el mensaje del fin de las ideologías, intentando no salirse de lo políticamente correcto, en una palabra, en caer en la trampa perfectamente urdida desde la derecha.

    Todo este proceso ha venido provocando un paulatino distanciamiento de los partidos socialdemócratas europeos de su electorado, así como un abandono de su base social, lo cual ha sido fuertemente castigado electoralmente y ha provocando la aparición y crecimiento de determinadas fuerzas extremistas y populistas. L@s votantes de izquierdas no toleran que sus partidos no se opongan frontalmente a las políticas liberales de la derecha, que no planteen un programa claramente diferenciado y alternativo.

    Urge pues, que la socialdemocracia europea realice una profunda reflexión, así como una reformulación de sus propuestas programáticas, recuperando los valores que les han caracterizado históricamente, que sintonicen con quienes han sido los principales damnificados por los efectos de la crisis.

    Deben igualmente recomponer sus relaciones con los sindicatos y con el resto de entidades sociales, Han de formular políticas progresistas valientes, que refuercen la economía productiva frente a la especulativa, favoreciendo la innovación; que promuevan la inversión en tecnologías respetuosas con el medio ambiente. Deben plantear una reconstrucción del Estado de Bienestar, recuperando la calidad de los servicios públicos, tras años de recortes. Deben apostar por un incremento en la protección social, con reformas legislativas que traten de evitar las prácticas abusivas contra los trabajadores/as, fomentando las participación social en la toma de decisiones.

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