Sobre género y ortografía

Todos somos conscientes de que el poder de las palabras va mucho más allá de su significado. Algunas, en determinados momentos, son dotadas por los hablantes de una especial sensibilidad colectiva. Es el caso de la palabra ​género​ , la cual viene acompañada hoy de un notable interés y de una amplia profundización que resulta muy interesante. Siendo esto así, es inevitable que existan miles de textos ahondando en su origen, alcance y compuestos relacionados.

Conscientes de ello, es pertinente acudir a aquello que conecta todos estos escritos: la normativa de nuestra lengua y sus últimas novedades. El reglamento actual precisa cuestiones que anteriormente quedaban en el aire y para poder profundizar en el mismo es necesario recurrir a múltiples fuentes oficiales: el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), la Normativa General de la Lengua Española (NGLE), el Diccionario de la Lengua Española (DLE) y, especialmente, la Ortografía de la Lengua Española del año 2010 (OLE10) cuyo ponente fue el filólogo, profesor, investigador del CSIC y gramático, Leonardo Gómez Torrego. Se tomará como referencia su obra por ser el máximo exponente de las últimas prescripciones.

Imagina que quieres decirle a un amigo que te encuentras en la planta número 15 de un edificio de oficinas con un numeral ordinal (primero, segundo, tercero…). ¿Cómo deberías escribirlo? ¿Es correcto escribir ​décimo quinto ​ o ​decimoquinto? ¿​Décima quinta, décimo quinta, decimaquinta, decimoquinta
? Para evitar que nuestro amigo obseso de la ortografía nos corrija y nos recuerde lo poco que sabemos sobre la vida, viene bien conocer una serie pautas: Se prefiere que se utilice una palabra única, aunque el uso de dos términos no es considerado incorrecto.

En cuanto al género, que es lo que nos atañe, en caso de hacer uso de una palabra única el primer término de la composición ha de estar escrito en masculino y el segundo es variable​ (Trabajo en la planta decimoquinta ​ /​Mi despacho es el decimoquinto) ​ . Si separamos ambos términos, los dos varían en función del género de la palabra referida (​Trabajo en la planta décima quinta/Mi despacho es el décimo quinto ​ ). Añadimos a esto los cambios que afectan al género de palabras puntuales como por ejemplo el caso de ​el calor/la calor* ​ . Actualmente, el femenino del sustantivo ​calor ​ es considerado por el DPD vulgar. El caso de ​el/la mar ​ es semejante, pero no está demasiado claro. El propio DPD indica que siempre es masculino cuando se refiere a masas de agua geográficamente delimitadas pero su aparición se da en forma masculina o femenina en el ámbito de la poesía y no es incorrecto.
Pero sin duda el meollo se encuentra en las palabras referentes a oficios.

Y es que la mujer actualmente puede optar a puestos considerados tradicionalmente masculinos, tema tratado en incontables textos y que ha cambiado enormemente desde la Antigüedad –momento en que la mayoría de oficios se designaban con el femenino sin relación con el género de los trabajadores–. Hay una serie de reglas fundamentales y todas ellas tienen una serie de excepciones (pues en la lengua es complejo encontrar directrices definitivas). La primera dice que todo aquel oficio que se designe con –​o ​ en su masculino, en femenino lo hará con –​a​ .

Encontramos: ​ingeniero/ingeniera, médico/médica, catedrático/catedrática
…​ y por supuesto es ​incorrecta​ la formación de genéricos con estos sustantivos: ​el/la ingeniero*, el/la médico*, ​ o ​el/la catedrático*. Además, no se considera incorrecta la formación de femeninos que coincidan con el nombre de alguna disciplina: ​una física, una política, una música ​ … Como excepciones a esta regla se encuentran las palabras relacionadas con el ámbito militar no existiendo el femenino para ​cabo ​ o​ sargento​.

No faltan los cambios curiosos como, por ejemplo, la aceptación de la palabra ​vampira ​ . En segundo lugar, se determina que también hacen el femenino en –​a ​ aquellas palabras cuyo masculino acaba en –​or, –ón, –án, –ín, –és ​ . Por ejemplo: ​conductora, redactora ​ … aunque también encontramos excepciones como ​actriz ​ o​ baronesa ​ . El propio Torrego indica que el caso de ​talibana ​ es particular dado que sí está aceptado pero los medios de comunicación prefieren no hacer uso de este adjetivo. Por tanto, encontramos de manera más habitual el siguiente ejemplo, también indicado por el Académico: ​la milicia talibán. Sorprendentemente no encontraremos reconocida la palabra ​matrón ​ (de matrona) aunque sí que lo está ​comadrón ​ (de comadrona).
Por otro lado, se dice que aquellas palabras cuyo masculino finaliza en consonante (exceptuando las terminaciones mentadas anteriormente) son de género común: ​el/la juez o el/la mártir. Añadimos a aquellas personas que tocan un instrumento musical: ​el/la violinista. Esta norma también consta de una serie de excepciones entre las que se encuentran las siguientes palabras: ​lideresa ​(de líder), ​choferesa
​ (de chófer), ​bedela (de bedel) o ​consulesa (de cónsul), empleado mayormente en Latinoamérica.
Finalmente, se dice de aquellas palabras cuyo masculino finaliza en vocal diferente a la –​o ​
que también son comunes en cuanto al género: ​el/la monarca, el/la cantante, el/la astronauta ​ …

Encontramos algunas excepciones que nos resultan muy curiosas: ​beba ​ (de bebé, aunque puede dar lugar a confusión dado que su forma coincide con el imperativo del verbo beber; no se incluye dentro de los oficios pero resulta muy llamativo), ​cacica ​ (de cacique), ​sastra ​ (de sastre), o ​cantatriz
​ (de cantante). Algunos femeninos como ​gobernanta ​ o regenta constan de un significado diferente a sus masculinos en ​–e​ .
Estos son tan solo algunos ejemplos de las variaciones referentes al género más relevantes dentro de la Ortografía, pero podemos llevarlo mucho más allá. Aunque parece un proceso cuasi místico, las modificaciones en la lengua no son una cuestión ajena a nosotros o superior al entendimiento humano. Se trata de la conclusión de un proceso social extremadamente complejo en el que los hablantes son el punto de partida. El hecho de que actualmente concibamos la existencia de la palabra ​doctora,
​ cuando en ocasiones nos han dicho que se trataba de una falta ortográfica, se configura como una prueba irrefutable de que algo está pasando. Son los primeros pasos de un camino que va más allá del significado de las palabras, un trecho del que nos queda mucho por recorrer.

 

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