Santisteve, el alcalde finiquitado

ABC

Las dos largas jornadas de Debate sobre el Estado de la Ciudad vividas los días 4 y 5 de diciembre, dejaron una sensación básicamente inequívoca: la de un alcalde desfondado y superado por los acontecimientos que evidenció en buena medida su soledad y su falta de proyecto para lo que resta de mandato.

Santisteve llegó al debate tocado por una encuesta publicada el fin de semana que confirmaba lo que casi todo el mundo sospechaba: que al desgaste generalizado que sufre la marca Podemos (y confluencias) se suma el desgaste añadido de un alcalde y un equipo de gobierno con más propensión a las broncas que a las ideas.

Hubo en el debate ejemplos casi cómicos de la desorientación del Alcalde Santisteve, como cuando respondiendo a las durísimas críticas del resto de grupos se enzarzó en un relato ininteligible y contradictorio en el que se mezclaban los kiwis neozelandeses, las naranjas de Valencia, la “soberanía alimentaria” y la plataforma de distribución de alimentos de la Terminal Marítima de Zaragoza (TMZ). De semejante batiburrillo emergía la contradicción asombrosa de defender por un lado un concepto tan arcaico como el de “soberanía alimentaria” y por otro, el proyecto de TMZ basado precisamente en la exportación de alimentos.

Pero también hubo ejemplos más serios. Presentar un plan de mercados sin aclarar cómo se paga, sin consensuar con los vecinos y, presuntamente, sin que el Ayuntamiento ponga un céntimo, demuestra el nivel de improvisación con el que se maneja el gobierno. Nivel de improvisación que se vio aún más claro con una supuesta vinculación de los fondos de la Ley de Capitalidad a inversiones en los barrios, algo que no cuenta con respaldo presupuestario y que no vería la luz hasta 2019, como pronto.

En definitiva, Santisteve, quien provocó el asombro general al decretar el “fin del populismo”, no fue capaz ni de hilvanar una defensa coherente de su gestión ni de apuntar proyectos de futuro. Tampoco de tender puentes hacia el resto de grupos, puesto que, a pesar de lanzar abrazos del oso a diestro y, sobre todo, a siniestro, como el escorpión de la fábula de la rana y el escorpión, se despachó a gusto con el Partido Socialista jactándose de haber puesto patas arriba su gestión, a la que calificó de delirante.

Apenas queda año y medio de mandato y la sensación que dominó el salón de Plenos de al Ayuntamiento fue la de que él mismo está más que finiquitado.

La consecuencia es preocupante. Zaragoza en Común llegó a la alcaldía subida a una ola de ilusión que muchos ciudadanos pusieron en la necesidad de un cambio tras unos años durísimos de crisis económica y de desafección política debidos, en buena medida, a la insoportable corrupción del PP.

En un plazo récord, Zaragoza en Común ha instalado una profunda sensación de decepción que es ya visible en unas encuestas en las que hoy, perderían al menos, un tercio de su representación en el consistorio.

Es por tanto fundamental que el resto de fuerzas progresistas y sobre todo el Partido Socialista asuman el reto de ofrecer un proyecto ambicioso, de izquierdas, y con vocación de mejorar la ciudad. Un proyecto que huya de algunas de las absurdas polémicas que han dominado este mandato como las remunicipalizaciones y ponga el foco en la movilidad, el medio ambiente o la vivienda. Si lo hace, no hay motivo para pensar que el fracaso de ZEC se tenga que traducir en una victoria de la derecha.

Horacio Royo

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