Retales de una vía

Hoy con inspiración en la canción de Celtas Cortos, con las infraestructuras en Aragón sucede que al igual que en otros sectores que dependen del pulso y acciones de los gobiernos de turno (aunque en un caso como este llega un momento en que achacar a uno u otro gobierno puntual pierde el sentido) el impulso a la construcción y mantenimiento de las mismas se puede definir como la unión de muchos retales, que al final asemejan la idea mental que tenemos de una vía, una calzada o un canal que no sirven sino para prestar el servicio útil esperado; cumpliendo con el fin por el que traen causa. No es pedir la luna, musicalmente hablando.

La manifestación “en movimiento” impulsada por diversos colectivos de este pasado sábado entre Valencia y Zaragoza –con epicentro en Teruel–, muchos de ellos genialmente ataviados con traje de época, de esos ropajes que algunas series de televisión han puesto de moda –pero que más de uno se lo habrá enfundado en Carnaval– recupera –si alguna vez se había olvidado por completo– el espíritu y reivindicaciones históricas, que nunca perecen, de una provincia; una comunidad autónoma y unas gentes; pues sin ellas el territorio no lo es.

Gentes que tradicionalmente han visto pasar demasiados trenes por sus ojos. Si es que la metáfora es aplicable al caso: yo creo que en parte sí, pues hay y sobre todo hubo en Aragón, por ejemplo, numerosas líneas ferroviarias de referencia y de abundante aprovechamiento industrial para el transporte de mercancías: trenes atestados de carbón desde y hacia el Bajo Aragón y las Cuencas Mineras turolenses, también el zaragozano “Madrid-Zaragoza- Alicante”; o, la línea estrella, la que más de actualidad –rabiosa, no, van décadas ya– y que en boca de todos ha estado siempre: el añorado y malogrado desde los setenta Canfranc, que ha dado para ríos de tinta “desde siempre” y también, más recientemente, de tweets y posts en la era digital de hoy.

Lo que ha dado en convertirse como uno de los caballos de batalla de la clase política aragonesa, con independencia del color a que mude el Pignatelli, y por ende también, de los aragoneses. Sin embargo, y aun conociendo la sociedad que el mensaje no siempre puede ser el mismo aquí que en Madrid (aunque buena parte del caudal de la fuente emane de Bruselas) da la sensación de que nos hemos aclimatado a una (esta y otras) eternas reivindicaciones que sí, nos cohesionan en nuestra identidad, pero que a veces solo hacen seña de lo posible.

Y es que en otros tiempos no tan lejanos –todo al fin y al cabo es política–, la presencia de un paisano en una Secretaría de Estado del Gobierno central nos hacía a todos posibilistas de pro; pero en este contexto donde algunos, ver para creer, nos quieren tomar la delantera a fuerza de insistir con sus reivindicaciones territoriales –o de territorio; o a costa del territorio, mejor dicho– Aragón además tiene que bajar el balón político al suelo. Porque la lógica política la sabemos de memoria ya. Pero, ¿y la económica, o la empresarial?

Pues hay que seguir moviendo por ferrocarril coches de bajada hacia Valencia y que esos convoyes vuelvan cargados de contenedores que no caben en el puerto de Valencia; hay que conseguir, no más allá de a diez años vista –da apuro señalar la última fecha disponible para la intención de reabrir el Canfranc– que, al igual que Francia se está aproximando ya a nuestra frontera, acaben cruzando dirección norte trenes de mercancías y pasajeros (siendo que los estudios en uno y otro lado de la misma indican que en el primer caso es claramente rentable) siendo salvable la infraestructura pese a los años de abandono. Después de todo, Europa no queda tan lejos. No hay que causar mayor simpatía, pienso –por poca que se granjeen otros, vecinos nuestros los primeros–, sino ponerse a ello y cambiar el chip; pues aquí se trata de hacer y no de evitar que hagan y para ello, además de mucha determinación, se necesita ese hacer, mucho hacer.

Jorge Marcuello 

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