Renovarse o morir’, o la necesidad de no hacer populismo con la Central Térmica de Andorra

Central térmica de Endesa en Andorra (Teruel). EFE/Javier Cebollada

La semana pasada me sentaba ante el televisor para ver a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, entrevistado por Jordi Évole en Salvados. A nadie se le escapa que la situación económica (y política, institucional, social…) del país sudamericano es realmente alarmante, y el propio gobernante chavista lo asumía achacando la culpa a la fluctuación del precio del petróleo, excusándose en que su economía es totalmente dependiente de esta industria extractiva. Maduro explicaba con orgullo que eso iba a cambiar a partir del próximo año, porque empezaba una reconversión industrial y económica en Venezuela para no hacer al país tan dependiente del crudo (como si fuera un logro no haber sabido adelantarse a la crisis en los más de veinte años de gobierno chavista).

Detroit, la ciudad estadounidense, vio como su población se multiplicaba por seis en apenas cincuenta años gracias a la industria automotriz. La conocida como Motor City se hizo gran dependiente del automóvil, y eso fue su impulso y a la vez su caída, pues le hizo más vulnerable a los ciclos económicos y a las variaciones del mercado. La fabricación de vehículos comenzó a robotizarse para ganar competitividad y se externalizaron servicios y puestos de trabajo que se podían conseguir más baratos en otras partes del mundo. Varias plantas y fábricas cerraron y Detroit se declaró oficialmente en bancarrota en 2013, llegando a una tasa de índice de paro que alcanzaba por momentos el cincuenta por ciento. La ciudad perdió población, inversión y grandes áreas urbanizadas terminaron abandonadas.

Sin embargo, no hace falta irnos tan lejos para encontrar regiones demasiado dependientes de una industria, lo que provocaría que un cambio en la relación de mercado le supusiera una grave herida en su economía. Es lo que le ocurre a la provincia de Teruel, donde un cuarenta por ciento de su PIB proviene directamente del carbón y de la Central Térmica situada en Andorra.

Vaya por delante que todo proceso de reconversión industrial produce un impacto que los políticos deben tratar de mitigar, pero que se producirá. El corto y medio plazo dictará que se perderán puestos de trabajo, que habrá muchos trabajadores que tendrán que reorientarse laboralmente y que varias familias, en una situación de debilidad económica, se marcharán a buscar oportunidades a otros lugares. No podemos mentir, la realidad será esa. Pero también será cierto que buscando una reorganización del tejido productivo se podrá normalizar la economía turolense para buscar potenciar otros sectores más estables que garanticen no ser tan dependientes de los ciclos económicos.

Los compromisos europeos de medio ambiente, la apuesta por las energías renovables y la lucha contra el cambio climático, condicionan mucho las decisiones políticas que se puedan adoptar. El Tratado de Paris acordó que la Unión Europea apostaba definitivamente por la descarbonización total para el año 2050. La normativa europea establece el fin inminente de las ayudas públicas y, por ello, cualquier propuesta política que sostenga la pervivencia del carbón con dinero público cae irremediablemente en la demagogia y la mentira.

Es por ello que Endesa (pues hay que recordar que la Central Térmica de Andorra es de titularidad privada) ha anunciado el cierre de la central para 2020. En la Comarca de Andorra y Sierra de Arcos son miles las familias afectadas que van a intentar luchar contra esta decisión y que están seguros de que podrán alargar la vida útil de la Central. Sin embargo, y empatizando con su situación personal, debemos ser conscientes de que la suya es una causa que se debe solucionar buscando minimizar el impacto que esta decisión de cierra tendrá, favoreciendo la reconversión laboral de estos trabajadores o aprobando ayudas públicas para mantener a estas familias. Pero la Central Térmica de Andorra debe cerrar.

Porque además la planta térmica contamina un novecientos por ciento más de lo permitido, y la única forma de alargar unos pocos años más su actividad sería haciendo una reforma integral de sus instalaciones que debería acometer la empresa privada sin ningún tipo de ayuda pública, sabiendo que pese a todo en 2050 el carbón tendrá que estar extinto. Es por ello que no parece que esta sea una decisión rentable ni coherente, por lo que Endesa ha anunciado su cierre.

No debemos hacer populismo con esta decisión, ni alzar una voz crítica para hacer un uso partidista, pues todos los partidos políticos instaron al gobierno a acatar las resoluciones europeas medioambientales, y el Ejecutivo ha mostrado su compromiso con la descarbonización. Así pues no busquemos culpables, sabemos que esta es una decisión que afectará a Andorra y a todo Teruel, y la responsabilidad política reside en dar una alternativa realista a las comarcas mineras a través de planes definidos y evaluables de reindustrialización mediante una transición no traumática. El corto plazo será difícil, sí, pero pensemos en el futuro. Como dice el refrán: “Renovarse o morir”.

Francisco J. Millán, miembro de Jóvenes de Ciudadanos Aragón

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