Puigdemont pone en jaque a Europa

Carles Puigdemont en Berlin | EFE
Carles Puigdemont en Berlin | EFE

Después de observar la respuesta y el comportamiento de Europa frente al separatismo catalán como suma de países y no como un conjunto coherente supranacional, es posible que empecemos a plantearnos si la idea de un lugar continental común donde compartir unos mismos valores y un mismo destino no terminará siendo dentro de unos lustros una especie de mito simbólico al estilo de la república o el estado laico para la izquierda trasnochada casi siempre anti española.

Hay que recordar que uno de los principales apoyos y diques frente al intento de golpe de estado en Cataluña, junto al Rey Felipe VI, fue la Unión Europea como institución democrática y de derecho representada por Tajani y Juncker. Por desgracia, lo que ha sucedido después con el reparto de prófugos separatistas por diversas partes de Europa viene a demostrar que algo funciona realmente mal no ya respecto a la respuesta de la justicia como ideal de espacio compartido entre socios de la Unión, sino y sobre todo al concepto mismo de democracia deformado por estos tiempos modernos donde el buenismo y la corrección política en el peor de sus sentidos están socavando los cimientos políticos construidos con mucho esfuerzo y también brillo desde el fin de la II Guerra Mundial.

Lógicamente el principal problema lo encontramos en España, nuestro propio país, donde las fuerzas separatistas y la izquierda anti española, cuyos medios de comunicación son decididos y actúan sin complejos, cuestionan la existencia misma del golpe de estado y de los delitos cometidos por Puigdemont y compañía. Causa auténtico rubor leer los “razonamientos” de prestigiosos juristas y catedráticos- así se hacen llamar- como Pérez Rollo o Martín Pallín según los cuales caben incluso serias dudas de que se pudieran juzgar a los separatistas por el simple delito de malversación de caudales públicos. Por supuesto, esto de la sedición y rebelión es algo que solamente mentes franquistas podrían apreciar. Lo más llamativo de todo esto es que la justicia de otros países europeos ha venido a apoyar y confirmar las tesis más desvergonzadas del separatismo, culminando esta infamia con la libertad bajo fianza de Puigdemont en Alemania. No me cabe duda de que si de Merkel hubiese dependido, Alemania habría entregado a España al prófugo catalán con todos los cargos apuntados en la euro orden de Llarena.

Lo que ha hecho el tribunal regional alemán que ha decidido sobre la extradición puede encuadrarse dentro de una atribución de competencias que no tiene y un ejemplo de cómo la justicia no debe funcionar cuando se trata de colaboración entre democracias consolidadas y respeto al estado de derecho soberano de cada país. Un juzgado alemán no puede entrar a conocer sobre el fondo de un delito tan grave como el de rebelión cometido en otro país europeo. Los precedentes que se están sentado con el circo internacional de los golpistas huidos no solo son, como muchos apuntan, un problema grave para la imagen de España; yo diría que es mayor la amenaza que suponen de cara a un futuro en el conjunto de la Unión.

Es llamativa la alegría con que la izquierda garzonita y podemita han celebrado la “victoria” parcial de Puigdemont frente a España, siguiendo ese sendero esperanzador de que nunca llegarán a gobernar este país por la sencilla razón de que lo odian de manera descarada.

Luego está el oportunista iletrado de Pedro Sánchez, al decir que es difícil confiar en el Gobierno español después de lo sucedido con Puigdemont, demostrando que no sabe ni lo que es una oportunidad como para aprovecharla eficazmente. Imagino que la teoría de la separación de poderes y del funcionamiento de los estados la conocerá, aunque en su declaración demagoga omita la verdad.

Que nadie se engañe: todo lo que ha sucedido y está sucediendo con los golpistas catalanes, siempre que se enmarque dentro del estado de derecho y del imperio de la ley, no puede ni debe ser juzgado desde un punto de vista político, porque es posible criticar la inutilidad absoluta de Rajoy y Soraya respecto al desafío catalán, a la vez que apoyar a los jueces y tribunales españoles en su labor de impartir justicia. Si intentar ejecutar un plan fallido de secesión unilateral e ilegal de un territorio del conjunto nacional no se entiende como el delito más grave que se puede cometer contra el bien jurídico supraindividual del sistema, del estado y de la sociedad misma, entonces es que los separatistas ya van ganando aunque nadie quiera darse por enterado.

Al final, todo se reduce a diversas imposturas. Por un lado, tenemos un tribunal de un país que ilegalizaría un partido abiertamente secesionista como ERC o PdCAT pero que no aprecia el concepto necesario de “violencia” para entregar a Puigdemont; y, por otro lado, están estos piji-progres de salón de la hipocresía, explicando que no hay violencia en el procés mientras piden que sea delito y se prohíba un piropo en la calle a una mujer porque eso sí que es violencia y acoso. De nada sirve ese cuento de la integración europea si sus países miembros no se respetan entre sí y no comparten los valores esenciales de la democracia.

Marcial Vazquez

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