Podemos y Cataluña

AFP

De las muchas imágenes que esta semana infausta nos ha regalado en Cataluña hay una que siendo una imagen colateral, anecdótica digamos, merece un comentario en tanto en cuanto revela muchas cosas que pueden ser menores hoy, pero que a medio plazo pueden tener grandes efectos políticos. Me refiero a la imagen de la diputada Àngels Martínez del grupo de CSQP y miembro de Podemos en Cataluña, retirando las banderas españolas dejadas por los diputados y diputadas del PP en sus escaños tras abandonarlos y dejando intactas las senyeras que los mismos diputados habían dejado junto a las rojigualdas.

La imagen en sí, no revela en principio más que un comportamiento personal ridículo, pero si hacemos el ejercicio de ponerla en el contexto de los movimientos, declaraciones y actitudes tanto de Podemos a nivel nacional, como del conjunto del conglomerado Podem-Comunes en Cataluña, nos sitúa ante una posición política que, mucho me temo, puede acabar pasando una factura no pequeña a la formación de Pablo Iglesias. En otras palabras, Cataluña está desnudando las carencias políticas y programáticas de Podemos.

En primer lugar, el desenlace del llamado proceso independentista es el primer gran asunto político en España que sale del binomio crisis e injusticia social y corrupción que ha alimentado el crecimiento electoral de Podemos desde 2014. En otras palabras, el asunto catalán no permite una estrategia única de confrontación extrema contra el Partido Popular y Rajoy, algo que parece obvio que Iglesias ha olvidado.

El ejemplo más claro de este olvido, pudimos escucharlo en la SER, al día siguiente de la primera de las dos sesiones parlamentarias esperpénticas y golpistas con las que el soberanismo catalán nos obsequió la semana pasada. Preguntado por Pepa Bueno si coincidía en que lo ocurrido era un acto antidemocrático, Iglesias, de carril, respondió que bueno, que lo que habían hecho los independentistas no estaba bien, pero que antidemocrático de verdad fue la reforma del 135 de la Constitución (mandoble de paso al PSOE, que la cabra siempre tira al monte), o la corrupción o las mentiras del 11M. Iglesias había ido a hablar de su libro y su libro tiene un único capítulo: Mariano Rajoy y el PP son el mal sin atisbo de bien (con prólogo y epílogo zurrando al PSOE).

El problema de este argumentario, además de ser pobre, es que es falaz. La responsabilidad de Mariano Rajoy en lo que ocurre es clara. Dinamitando el proceso de negociación del Estatut con las recogidas de firmas y el posterior recurso al Tribunal Constitucional, el PP contribuyó a brindar un relato que los soberanistas manipularon para argumentar su salto hacia el vacío independentista. Cierto es que los propios nacionalistas con su batalla interna entre CiU y ERC e incluso la indolencia de Maragall, contribuyeron a complicar hasta extremos innecesarios la negociación del Estatut, pero la irresponsable crispación generada por el PP para apelmazar a su electorado en la oposición, dañó gravemente la relación España – Cataluña. Muchas más dudas me genera la otra crítica sobre la inacción tras la Diada de 2012, pero no me extenderé.

El segundo problema que persigue a Podemos es no haber aprendido nada de los traumas vividos por el PSC. Desde la transición hasta la Diada de 2012, el PSC manejo un virtuoso equilibrio político albergando en su ser corrientes políticas ideológicamente muy diferentes. De un socialismo equiparable al socialismo andaluz que arrasaba en las municipales de las ciudades del cinturón de Barcelona a un catalanismo progresista, abiertamente nacionalista, que copaba el poder autonómico. De Corbacho a Raventos. Esa convivencia, como digo virtuosa y muy rentable electoralmente durante tres décadas (llegando a desbancar incluso al hegemónico pujolismo), saltó por los aires en el momento en el debate se convirtió en un debate dual: independencia sí o no. Una de las cosas más dañinas e injustas del debate independentista es precisamente esa. Que implica elegir identidad. O catalán o español. Y nadie como PSC ejemplificó esa quiebra.

Pues bien, incomprensiblemente el conglomerado Iglesias – Colau, que ha jugado una baza similar, aunque mucho más escorada al soberanismo, a la del viejo PSC, se encuentra en una situación delicadísma. La tensión introducida por los independentistas ha puesto a Iglesias y a Colau al borde de la quiebra política. Lo ocurrido con el grupo de CSQP durante los debates, la diferencia entre el Portavoz proveniente del ICV y el PSUC, Coscubiela y los miembros de Podem o los equilibrios imposibles de Colau como alcaldesa, demuestran algo obvio: en un debate que fractura la sociedad, es imposible sobrevivir en el medio. O uno se instala en una orilla o lo hace en otra. Si no, se ahoga. Es injusto, sin duda, pero es la consecuencia de abrir debates duales.

Y la tercera debilidad de Podemos ha sido la forma en la que ha quedado puesta de manifiesto una de las grandes carencias de cierta izquierda. Una vez más, la imagen de la diputada Álvares retirando las banderas españolas nos pone de manifiesto cómo, en contra de lo que pudo apuntar Podemos en los tiempos de Errejón, la izquierda radical española carece de una idea de España que defender. Herederos de los traumas del franquismo, esta izquierda se acompleja en buena medida ante el nacionalismo periférico, asumiendo buena parte de su relato antes de poder ser acusados de españolistas, término que inmediatamente asocian a la derecha cuando no al franquismo.

Todo esto sitúa a Podemos ante un escenario poco edificante que abre una oportunidad extraordinaria, primero al PSC para recuperar su condición de alternativa progresista al independentismo en Cataluña y posiblemente, a medio plazo, al PSOE como única fuerza fiable de izquierda.

Horacio Royo

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