Pedro no quiere elecciones generales

Pedro Sánchez en una intervención | Wikimedia Commons
Pedro Sánchez en una intervención | Wikimedia Commons

He de confesar que siempre me llamó la atención la manera de sobrevivir y desarrollarse que tienen las “democracias” de Latinoamérica. Quitando, por supuesto, ejemplos como Venezuela, que es una dictadura ruinosa sin paliativos, cuando leía algunas noticias de otros países de Suramérica respecto a su corrupción, sus procesos electorales o la altura intelectual y política de sus representantes, me venía a la mente una pregunta con respuestas complejas y dolorosas: ¿cómo es posible que existan democracias tan degradadas y que no tengan expectativas de mejorar a corto y medio plazo? Desgraciadamente empiezo a sospechar que a este paso no tendremos que irnos tan lejos para explicar las razones de una democracia de mediocres y disfuncional: vamos camino de ello en España, y a un ritmo casi imparable.

Vivimos una situación profundamente crítica desde el punto de vista político y existencial, cuando aún no hemos revertido- ni de lejos- los peores efectos de la tremenda crisis económica que arrasó las esperanzas y expectativas de bienestar y futuro de medio país. Y tenemos que enfrentarnos a este punto de inflexión histórico con unas élites políticas absolutamente ajenas a lo que importa y que solo se preocupan por colmar sus ambiciones desmedidas, algunos con más disimulo que otros, eso sí. Pero la historia, aunque siga su inercia por sí sola, no se hace de manera automática, sino que depende de sus actores para configurar su resultado. Si tras la muerte de Franco nos hubiésemos encontrado con estos actores políticos actuales, no cabe duda de que la Transición habría sido mucho más difícil y el proceso constituyente del 78 habría acabado con rupturas sonadas, heridas incurables y una Constitución mucho peor que la actual. Esto, en el mejor de los casos. Ahora, sin embargo, nos asomamos al abismo con unos líderes políticos dispuestos a sacrificar lo que sea necesario con tal de conseguir sus ambiciones, que no siempre y no todas en política son legítimas.

En primer lugar quisiera explicar que los imperativos éticos, morales y políticos para apartar a Rajoy de la Moncloa y de la vida política española ya estaban sobre la mesa hace algunos años. Creo, firmemente, que el actual presidente del gobierno tendría que haber dimitido de manera innegociable cuando se conocieron sus mensajes de apoyo a Bárcenas y luego fue al Congreso a mentirnos de manera descarada. El problema es que no lo hizo, su partido no lo obligó y luego ganó dos elecciones generales consecutivas dentro de la fragmentación ingobernable que salió de las urnas. Si admitimos que el pueblo es soberano y el pueblo votó al PP de forma mayoritaria, ¿qué legitimidad tiene un doble perdedor como Pedro Sánchez para utilizar el atajo del Congreso con la moción de censura en vez de abrir de nuevo las urnas y aceptar el veredicto de los españoles? Si realmente el PSOE ha descubierto que estamos tan, tan mal tras la primera sentencia de la Gürtel, ¿qué sentido tiene cerrar la posibilidad de unas nuevas elecciones para que el pueblo soberano ponga a cada uno en su sitio? Yo es que, a mis 34 años, cada vez creo menos en esos discursos de ascetas de la moral y de apología estética de la ética como fundamento único y principal de las intenciones políticas.

El sentido es muy simple y se llama “la ambición de Pedro Sánchez y su claqué de mediocres”, ujieres políticos que apenas servirían para sujetarle un vaso de agua a Alfonso Guerra o Azaña, pero que quieren ser ministrillos y secretarios de estado unos cuantos meses para después poder vivir lo que les quede de vida del cuento de la lechera del ex alto cargo. También cabe la otra opción, y es que el pedrismo se tenga en tan alta estima a sí mismo que crea que con unos meses, un año, en el Gobierno y aplicando esas políticas progresistas y de limpieza que dicen que tienen, luego los españoles le darían una mayoría holgada en las urnas ad hoc.

En tal caso estaríamos ante otra trampa política, pues pasaríamos de ese partido que se “dopa” para las campañas electorales (PP), a otro partido que utiliza de manera fraudulenta un instrumento parlamentario de carácter extraordinario para conseguir unos metros de ventaja sobre sus competidores de cara a la futura carrera electoral.

Toda esta situación se ve maquillada, claro está, por ese fanatismo polarizado que infecta la vida política nacional desde hace algún tiempo y esos discursos hipócritas y edulcorados de grandes palabras y de mejores virtudes que han puesto en circulación los representantes del nuevopsoemáspsoe para intentar transformar una operación de ambición desbocada en una maniobra por el bien de nuestra democracia y de nosotros mismos. ¿Qué produce esta polarización radical que sufrimos? Por un lado, el fanatismo militante del que toca la corneta; y, por otro, la sed de venganza de todos los demás que han sido derrotados y humillados por Mariano Rajoy, al que detestan tanto que son capaces de justificar cualquier cosa con tal de acabar por fin con su carrera política, la cual- por cierto- ya está acabada.

Mi apuesta, en definitiva, es la de Alfonso Guerra: moción de censura pero para convocar al día siguiente elecciones. No hay otra salida democrática más limpia y justa que esta. Pero el clima político y partidista está tan envilecido que nadie acepta la necesidad de una solución que se deje en mano de los españoles y no en enjuagues de despachos entre una colección de partidos antagónicos que solo piensan en sus propios beneficios sin importarles nada más. Es una lástima que le demos más importancia a una sentencia judicial sobre algo que ya dábamos por descontado y que no aporta nada nuevo, mientras habíamos aceptado convivir con un gobierno inoperante, un parlamento que no hacía leyes y una descomposición progresiva de la estructura de nuestro país que tenía su principal y más amenazante caso en Cataluña, pero no el único. Cuando se confunden prioridades y realidades con mentiras y ambiciones ilegítimas, no hay otro resultado posible que una democracia degradada y un país sin futuro alguno.

Marcial Vázquez, politólogo

4 thoughts on “Pedro no quiere elecciones generales”

  1. Siento disentir con un experto politólogo, creo,como muchos, que es necesario entre otras cosas reinstaurar el dialogo con Cataluña, calmar los ánimos para promover un voto mas reflexivo y demostrar que incluso en una situacion de crisis se puede gobernar de otra manera. Está visto que la madurez democrática de muchos Españoles que siguen votando a ladrones del signo que sean es casi nula, votan sin informarse y sin conocer programas electorales, por una supuesta ideología que es lo que realmente está en decadencia, no el sistema democrático en si mismo, ni la unión Europea.

  2. El análisis me parece de lo más acertado, que la legislatura de Rajoy debemos darla por terminada está más que claro, pero un voto de censura sin elecciones eso ya no está tan claro, claro si consideramos que Pedro sabe muy bien que no ganará ni ahora ni nunca unas elecciones, usa el único medio que le abriría las puertas de la Moncloa, cosa que añora en lo más hondo de su ser, pero esto le hace una vez más ser inconsecuente, él que aguerrido está que sean las bases las que decidan y a las que empleó para volver a la presidencia del partido, no quiera ahora que seamos las bases de España las que decidamos quien debe ocupar el puesto de presidente, Pedro si uno confía en las bases, debe confiar siempre en ellas no sólo cuando a ti te interesa.

  3. Casi se me caen las lagrimas al leer este articulo. Razonable y claro, sin salirse del tema con el objetivo de volcar la balanza hacia algún lado. Solo lógica y evidencias. No puedo estar más de acuerdo en cada palabra. Ojalá España enfriara un momento la cabeza, olvidara el enfado un segundo y viera el juego que se está haciendo con nosotros que, además, es de lo más básico. Espero que mucha gente llegue a esta lectura.

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