Payasos siniestros

El Confidencial

Hace ahora un siglo, mi padre andaba pateando la barriga de mi abuela. Mientras el futuro señor Royo entretenía inocentemente el tiempo que le quedaba para asomar su nariz prominente a este puñetero mundo, los habitantes del planeta se divertían matándose los unos a los otros en Europa y probando sus últimas innovaciones en la materia, como el gas mostaza. No sé por qué lo llamaban así porque, en lugar de picar, achicharraba a los que tenían la desgracia de catarlo.

Lo llamaron Primera Guerra Mundial (como si supieran que luego vendrían más), o Gran Guerra (como si el género humano no hubiese protagonizado otras muchas matanzas la mar de espectaculares).

Cuando aquella salvajada acabó, las cabezas pensantes del poder se pusieron manos a la obra: a preparar sin pérdida de tiempo la siguiente. Los grandes imperios centroeuropeos habían perdido por goleada y el mapa del continente se convirtió en un puzzle de naciones. Y como los de a pie ya no podían morir por el Káiser, ni por el Zar, ni por el Emperador Austrohúngaro, se decidió que en adelante morirían por sus nuevas (o viejas) banderas. Una costumbre, esa de morir por algo o por alguien, muy arraigada en todas partes.

Así se inflamaron muchos de ardores patrióticos (más nocivos para la salud que los de estómago), y así acabaron saliendo a escena algunos payasos tan terroríficos que, comparado con ellos, el Payaso Asesino de Stephen King no deja de ser una broma para niños. Los de mayor éxito se llamaron Hitler, Mussolini y Franco, pero en casi todas partes tuvieron su payaso fascista.

Y, claro, pasó lo que tenía que pasar. Que llegó la segunda. La tecnología, como es natural, avanzaba. Se probaron muchas novedades, como los bombardeos masivos de la aviación, y acabaron a lo grande. Con un par de… bombas atómicas. Resultado: Europa quedó otra vez como un solar. Bueno, y Japón, y…

Entonces, oh sorpresa, los europeos sufrieron uno de sus raros ataques de cordura a lo largo de la Historia y se les ocurrió que ya estaba bien de matarse con el vecino de al lado por un quítame allá esa frontera. Inventaron una bandera para todos ante la que, por primera vez, no desfilaban ejércitos una vez al año. Y decidieron que, en lugar de reñir, acaso fuera mejor colaborar.

Hay que reconocer que la lucidez les duró mucho tiempo para lo que tenían por costumbre. Y los resultados no pudieron ser mejores. La envidia del mundo éramos hasta hace unos años, con un Estado de Bienestar que daba gozo verlo y una prosperidad que desafiaba a la de los americanos. Que ya es desafiar.

Pero la cabra tira al monte, oye. Llegó una crisis (o una estafa mayúscula) que se cebó con los de a pie, porque los que iban en el machito siguieron en él, cada vez más orondos. Y la gente se empezó a sentir incómoda. ¿Cuánto hace que no nos matamos? Uf, una barbaridad. ¿Y si montamos otra?

Así que volvieron otra vez a crecer payasos siniestros como las setas en los otoños de antes del cambio climático. Los franceses tienen una familia de payasos que son como la familia Aragón, que van pasando de padres a hijos. Los ingleses se encomendaron a uno con pinta de borrachín de pub y a un sabelotodo llamado Boris. Su debut se tituló Brexit y fue todo un éxito. Los italianos, siempre a la vanguardia de la moda, tienen un payaso profesional, un payaso de cinco estrellas. Y los alemanes, y los austriacos, y los griegos…

Nosotros en eso andábamos un poco despistados, como de costumbre, que siempre llegamos tarde a todas las modas. Pero, cuando llegamos, decimos aquí estoy yo. No faltaba más. Ya tenemos en vilo a toda Europa.

Aquí la cosa es más coral. En lugar de un payaso o dos, tenemos una troupe. Los hay con chaqueta y corbata, con pinta de empollones. Los hay gorditos y con ton-sura, como curas de pueblo. Los hay rufianescos. Y los hay que parecen sacados de la herriko taberna. El espectáculo tiene varios nombres: Prusés, Desconexión, DUI… para todos los gustos, vaya. Y la han liado parda.

El éxito es tan grande que no se habla de otra cosa. Los más afamados espectáculos, que hasta hace poco copaban la cartelera, han caído en el olvido. Protagonistas de lujo, como Bárcenas, Correa, El Bigotes, Camps, Matas y los de los ERE, han caído en el olvido y ya no les hacen una reseña ni aunque la fiscal Sabadell se empeñe en decir con todas las letras que el PP se lo llevó crudito y que dejaron las arcas del Estado en la pura huesa. Atentos al 155, chicos, que es lo que mola. No hagáis caso de tonterías.

Y en esas estamos. Yo esta noche me desperté y casi me muero del susto. Lo juro, abrí los ojos en mi cama y solo vi en la oscuridad un número que brillaba, verde fosforito. 155. No veas qué sudores hasta que me di cuenta de que eran los dígitos fosforescentes del despertador. Me había despertado a las dos menos cinco.

En fin, paciencia. Y a esperar que no acabe en desastre. A simple vista parece una bufonada, sí, pero es que las mejores tragedias parecen comedias cuando las interpretan actores mediocres. Y acaban como todas. Con muertos.

Nota: Lo del despertador y el 155 no se lo digáis a mi señora, que me prohibirá volver a leer la prensa.

Pepe Royo, exdirector de TVE Aragón

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