Oiga doctor

Como buen hipocondríaco tengo la costumbre de contraer toda enfermedad que se pone de moda. Me basta leer un artículo en la prensa sobre una enfermedad cualquiera que se esté propagando o sobre la que se haya celebrado algún congreso médico para notar como los síntomas me acechan.

Hace unos días, preocupado por una patología muy en boga en estos días, acudí a mi médico quien, al verme, apenas pudo disimular el fastidio que mi presencia le causa, consciente de que rara vez mis preocupaciones están fundadas.

– Buenos días, Sr. Royo.- me dijo haciendo acopio de toda su educación y profesionalidad.- Cuénteme qué le ocurre.
– Verá doctor, creo que….- tragué saliva para reunir las fuerzas precisas para verbalizar mis temores.- Creo que soy un “pollavieja”.

Acostumbrado al desdén con el que el doctor reaccionaba ante mis periódicas obsesiones hipocondríacas, no pude evitar alarmarme al ver cómo el rostro del doctor se contrajo en una leve mueca que delataba que, por primera vez, había llamado su atención.

– ¿Cuáles son sus síntomas, Sr. Royo?.- preguntó mientras cogía, por primera vez que yo recordase, un boli dispuesto a tomar notas.
– Verá es que leo a veces los artículos de Javier Marías y no sólo no me indigno con él, sino que muchas veces estoy de acuerdo. A mí también me molesta la gente gritona y mal educada y desde luego me parece una pena ver las grandes ciudades plagadas de turistas borrachos.
– Bueno, Ada Colau también está preocupada por el turismo. No es concluyente – respondió el médico.- Pero continúe, continúe.
– Como le digo no es que leyera todos los artículos de Marías y tampoco es que entusiasmaran. Eso le pasa a mi mujer que incluso me los comentaba. Mire que le he dicho que venga, pero ya sabe cómo es ella. No se toma estas cosas en serio…

El médico levantó levemente la cabeza y me miró enarcando levemente una ceja, dejándome claro que dejase a mi mujer en paz y me centrase en lo mío.

– Bueno, como le decía. Hasta ahí no le había dado importancia. Lo malo vino cuando Marías publicó un artículo diciendo que no le gustaban algunos montajes teatrales modernos. Eso levantó cierta polémica y mi preocupación vino cuando me di cuenta de que no entendía el follón. Marías sólo estaba exponiendo un gusto y además, en general, coincidía con el mío. A mí también me gustan más los relatos de formato clásico o las películas con un montaje clásico. Pero de pronto, parecía ser que yo era una especie de retrógrado en contra de cualquier avance estético. Incluso, no me pregunte por qué, era también machista.

Definitivamente, después de tanto tiempo, había logrado captar la atención de mi médico lo cual, lejos de contentarme me empezaba a causar una creciente sensación de ansiedad. Pero, ya puestos, continué ante el silencio atento del doctor.

– Pero lo peor vino cuando Marías escribió sobre Gloria Fuertes. Gloria Fuertes era un referente de mi infancia. Incluso mi hija ha leído mi sobada edición de “El Camello Cojito”, pero de ahí a considerarla una gran poetisa, incluso conociendo su poesía adulta, me parece un exceso. Y, doctor, qué quiere le diga, presentarla como icono feminista… Es obvio que no han leído sus poemas llenos de vírgenes, niñas costureras y niños aventureros. Vamos, que los coge alguna tuitera feminista y entra en brote.
– ¿Y qué le pareció la respuesta de Joaquín Reyes?.- preguntó el doctor.
– El primer artículo me hizo gracia, la verdad. Me pareció divertido.

Viendo que mi médico relajaba el rostro, decidí no decir la verdad y ocultarle que el segundo artículo no me había hecho gracia. Me había parecido que destilaba demasiada tirría y un cierto grado de intolerancia censora contra quien se sale del pensamiento bienqueda.
– Y de la Constitución del 78, ¿qué opina?.
Desolado, me di cuenta de que ahí ya no podía mentir, de modo que inicié un torrencial relato sobre las bondades de lo ocurrido en aquellos años y cómo tras siglos de enfrentamiento entre las dos Españas se había sido capaz de alcanzar un pacto que convertía a España en un país como cualquier otro país europeo y occidental.
A duras penas logré atemperar mi confesión con un par de pinceladas en las que hacía votos por la reforma de la constitución y a favor de un modelo federal. A pesar de ello, al terminar mi relato, ante el silencio del médico, que continuaba absorto en sus notas, pregunté:

– ¿Qué opina, doctor?. ¿Soy un pollavieja?
– No puedo descartarlo, Sr. Royo.- dijo tras un silencio eterno.- No cabe duda que tiene usted síntomas claros pero quisiera hacerle más pruebas. Mire baje estos volantes a admisión y le citarán para las pruebas

Desolado, bajé las escaleras, doblé los volantes en cuatro, los metí en el bolsillo de la americana y salí a la calle caminando lentamente, con las manos en los bolsillos. Por una vez mis temores eran ciertos.
Los hipocondríacos tememos más al diagnóstico que a la enfermedad y todas esas pruebas que el médico me había prescrito eran, realmente inútiles. Le había ocultado tantas cosas para eludir la sentencia que someterme a esas pruebas no era en absoluto necesario.
Le había ocultado que por más que lo intente no estoy dispuesto a rechazar a quien opina porque lo que opine no coincida con mis opiniones previas. Para qué le iba a decir que creo que las redes sociales han empobrecido en muchos ámbitos el debate y la discusión. Que creo que hace falta mucho más matiz y mucho más poso en el debate público. Que la educación y el respeto a quien opina diferente debería ser un mínimo exigible.

¿Soy un pollavieja o un simple hipocondríaco? No lo sé. Lo que sí sé es que cuando un líder político que dice aspirar a dirigir este país, se permite insultar de esa forma soez a los intelectuales que no piensan como él, saca su vena totalitaria. Igual que aquellos dirigentes del PP que hace casi 15 años insultaron a los artistas que dijeron No a la Guerra. Los extremos, definitivamente, se tocan.

Horacio Royo

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