No todo vale

Libertad de expresión, ese gran concepto tras el que numerosas personas, hombres y mujeres, se escudan para justificar auténticas barbaridades. Se trata de un derecho recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 19, que incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, (…) el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión, como en la Constitución Española en su artículo 20, que ampara que se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones.

Pero, ¿dónde finaliza la libertad de expresión? Para algunas personas, en el momento que se agreden los derechos individuales – el típico dicho de tu libertad termina donde empieza la mía -; para otras, cuando se vulnera la Declaración Universal de los Derechos humanos que anteriormente mencionaba. Y es quizás la indefinición de ese límite lo que nos lleva a grandes conflictos en este aspecto.

Aunque se trata de un derecho recogido en numerosas legislaciones, cuando hablamos en un espacio público y decimos algo que no se ajusta a lo socialmente aceptado, nos vemos obligados a amparar nuestra opinión en ese derecho.

La semana pasada, hubo un enfrentamiento en el seno de la Universidad Complutense en el que se llegó incluso a la violencia. El autobús de la organización de extrema derecha estacionó en las puertas de la Facultad de Derecho mientras era recibido por un grupo de personas con gritos, pancartas y abucheos.

El Presidente defendía su derecho de encontrarse ahí amparándose, una vez más, en su derecho de libertad de expresión, algo que las demás personas no compartían.

Es necesario transmitirle al dirigente de la organización que la transfobia que pasea en el lema de su autobús no es ninguna opinión, sino una discriminación hacia las personas transexuales. Pero también hay que transmitirles a algunas de las personas que estuvieron a las puertas de la Facultad que agredir, ya sea física o verbalmente, a una persona tampoco es libertad de expresión. Además, si únicamente se encontraban allí para protestar por el autobús, no tiene explicación que algunas de ellas tuvieran la cara tapada con un pasamontañas.

El activismo LGTBI no es eso. No se fundamenta en el odio, sino en la condena de los actos discriminatorios. Lo que pudimos ver fue una instrumentalización de la defensa de los derechos de las personas LGTBI con el objetivo de llamar la atención y generar un conflicto aun mayor con la organización del autobús.

El primer paso para evitar confrontaciones de este estilo es concienciarnos de que la libertad de opinión no es violencia, sino respeto y diálogo; el segundo, es saber que, en el caso de que una opinión traspase lo que se consideran los límites, hay que denunciarlo ante las autoridades para que estas actúen.

Adrián Alarcón, director de MasVeinticuatro 

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