Matria

Hoy os vengo a hablar de sentimientos. De afectos. De pertenencias.

Quería hablaros sobre Aragón y sobre el “ser aragonés”. Quería hablaros desde mi visión particularísima. No pretendo pues, generalizar ni fijar doctrina sobre lo que debe ser. Líbreme el árbol de Sobrarbe de intentarlo.

No soy nacionalista, no tengo querencia por la nación, lejos de mí el sentimiento de exclusión, de híper estimación de lo inestimable. Sé que no soy mejor, ni tengo mejor pelo (lo cual es más que evidente) ni constancia de que mis mitos históricos fundacionales sean mejores que los del vecino. No creo que nadie por el hecho de ser de aquí o de allí nos robe, ni que el Estado agregado nos agravie, ni que hayamos sido víctimas de colonización imperialista por parte de ente externo alguno.

Al menos no más ni menos que otros por el hecho de ser de aquí o de allí.

No creo en la unidad de destino hacia lo universal, ni en las glorias imperiales, las banderas y las fronteras me dan relativamente igual, no producen en mi efecto erótico alguno y los himnos (los formales) me dan mucha pereza.

No tengo Patria, no lo es mi infancia, ni España, ni Aragón, ni el Real Zaragoza, ni siquiera Torrero.

Una Patria tiene el carácter de un padre, (un padre de los de antes). Honorable, recto, estricto, guardián de las esencias, rudo, honrado, valeroso y aguerrido. Pero también Inseguro, terco, inflexible, rígido, violento, reservado, frio, insensible, arrogante y a veces cobarde

No me identifico con la idea de Patria, me da igual que los adalides del significante y la hegemonía la intenten recuperar y dotar de nuevos valores positivos. Me da igual que los besa banderas de aquí y del allí agregado esculpan su emoción en torno a esa idea. Yo no tengo patria.

Pero tengo pertenencia, tengo sentimientos, tengo querencia.  Amo el territorio, el entorno geográfico, etnográfico, histórico y humano que nos rodea. Amo las actitudes dolientes de sus habitantes, de sus gentes. Observo enaltecido la solidaridad entre ellas. El trabajo colectivo de construir un entorno más feliz, más justo, más igualitario, más libre. Un país es eso. Una comunidad de gentes que se dan la mano para construir su comunidad política, para trasformar esa comunidad de afectos en una realidad colectiva de poder y soberanía.

Lo bueno de esto es que las comunidades afectivas son escalables, no excluyentes, y complementarias. Así que adiós las fronteras, las banderas y los himnos.

Dicho lo cual puedo afirmar sin temor que mi País es infinito.

Viene aquí mi contradicción, tengo profundo amor a mi País. A Aragón entendido como estructura geográfica limitada, como solar fundamental, como entorno vital, nutriente, como abrigo y cuidador. De un Pais que tuvo leyes y palabras, antes que reyes y tribunos

Reflexiono silente, sobre el ser aragonés, sobre el cómo compartir este solar de
47 719 km cuadrados nos cambia, nos modifica, nos hace interactuar de manera distinta, de cómo afecta nuestra historia, en qué grado los vientos las aguas y las tierras han moldeado nuestro carácter. Y llego a la conclusión de que claro que importa, de que claro que influye. De que cada lugar nos pertenece, le pertenecemos, formamos un todo con la tierra, con el paisaje, con el tiempo. Somos presente de un pasado que anunció el futuro. Fuimos nacidos de la misma tierra, de los polvos de aquellos que habitaron la tierra antes que nosotros, los que la conformaron y la trabajaron, la que dejaron reflejo en las calles, en los edificios, en los nombres. En las luchas cotidianas, en las victorias gozosas, pero sobre todo y siempre en las derrotas, somos un país hecho de llanto y canción.

Aragón, el país, el solar, es como una madre. Aragón es mi Matria. (Permítanme el Palabro)

Una Matría, con atributos de madre. (De las de cualquier momento y en cualquier lugar, del mundo y de la historia). Una madre doliente, preocupada, proveedora, consentidora, consejera, conmovedora. Una madre compleja, esforzada, aguerrida, valiente y tolerante. Solidaria, igualitaria, intima, dulce y confidente.

Y así somos sus hijos e hijas, igual que nuestra madre, suaves como la arcilla y duros como el roquedal. Tercos, emotivos, cariñosos, justos, honrados, y humildes.

No tengo más bandera que la ropa tendida, que las mantas de lana, que los trajes de faena y de domingo. No tengo más himnos que las canciones de cuna, las rondallas de amor y las albadas de fiesta. No tengo más fronteras que los campos desérticos los ríos caudalosos y las altas montañas. Ni más héroes que las gentes que trabajan día a día por la justicia y la igualdad.

No tengo más Matria que los sentimientos, las nostalgias y las alegrías.

Estoy orgulloso de tener y vivir en esta Madre y de entonar sus adjetivos.

Miguel Serrano Martínez

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