Más y mejor Europa

PulseofEurope

La salida del Reino Unido, los sucesivos rescates griegos, la crisis de los refugiados, el auge de los nacionalismos y los discursos populistas. Son, sin lugar a dudas, demasiadas piedras en el camino las que ponen en peligro el adecuado desarrollo de la construcción común europea.

Europa lleva divagando sobre su futuro desde que en 2008 se viera inmersa en una crisis financiera de imprevisibles consecuencias. Resulta obvio que las turbulencias económicas y monetarias que colapsaron los mercados financieros internacionales a raíz de la caída de Lehman Brothers, acabaron también afectando a los cimientos políticos del viejo continente.

En el último año muy pocos gobiernos europeístas han podido consolidar el poder al frente de sus parlamentos nacionales. Sólo el discurso del nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, se vislumbra como un oasis en medio de un gran desierto de dudas y divergencias. Por su parte Angela Merkel, hasta ahora firme defensora de una mayor convergencia europea, ve condicionada su apuesta tras los resultados de las elecciones alemanas y la consiguiente dependencia de formaciones políticas algo lejanas a ese discurso europeísta.

En otro sentido los últimos acontecimientos acaecidos en Cataluña y los todavía imprevisibles capítulos que quedan por vivir en esta región europea, no han venido sino a acentuar la incertidumbre sobre la fortaleza y el papel que juegan las instituciones europeas ante los problemas internos de sus países miembros.

Llegado a este punto surge una pregunta obligada, ¿hay una alternativa a la existencia de Europa? ¿siguen siendo válidas y creíbles las aspiraciones y anhelos de quienes hace ya unas décadas iniciaron este difícil camino?

La respuesta ha de llevar, en primer lugar, un ejercicio de autocrítica. Es necesario desde las instancias públicas entender que la Unión Europea es percibida en muchos países como una amenaza a la identidad nacional. Seguramente no son voces todavía mayoritarias pero craso error sería adjetivarlas como de marginales.

Pero hay algo posiblemente peor. Europa parece haberse convertido a ojos de muchos ciudadanos en una unión de conveniencia, de cálculo de ventajas y desventajas nacionales y en muchos casos de ausencia de respuestas rápidas ante urgentes problemáticas sociales. El principio de solidaridad no ha sido precisamente el imperante en los períodos de necesidad y la ausencia de políticas fiscales y presupuestarias comunes ha obligado al Banco Central Europeo, y en concreto a su presidente Mario Dragui, ha ejercer un papel para el que no estaban precisamente destinados.

Parece obvio que la UE necesita renovarse en términos de políticas y procesos. Como bien dice el catedrático de economía Antón Costas hay que repensar sobre el trilema político europeo: lo que tiene que hacer la UE, lo que tienen que hacer los estados y la participación de los ciudadanos en esas decisiones

Tras estas consideraciones, la mejor y primera respuesta al interrogante planteado debe ser la de denegar cualquier atisbo de viabilidad a un proyecto alternativo al de la Unión Europea. ¿Alguien duda de la imposibilidad de mantener un mínimo protagonismo en la esfera geopolítica internacional tras una desintegración del modelo común europeo? ¿Qué límites a sus excluyentes y egoístas pretensiones encontrarían los ya tangibles nacionalismos europeos? Recordemos en este punto lo que expuso en 1995 el presidente François Mitterrand ante el Parlamento Europeo: “Le nationalisme c’est la guerre”.

Para terminar recojo unas palabras del presidente Instituto Universitario Europeo en Florencia,Joseph H. H. Weiler:

“Yo no pierdo la esperanza porque, lo queramos o no, somos en Europa comunidad de destino. Lo que hagamos en cada uno de nuestros países tiene consecuencias en los otros. La única cuestión es cuál será ese destino. Y eso depende de nosotros. Para bien o para mal, no podemos no llamarnos europeos”.

Oscar Galeano, portavoz de la Agenda Digital del PSOE

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