Los Justos heredarán la tierra

Los justos heredarán la tierra. Eso decía el libro de ficción más reproducido de la historia. Me refiero a “los justos”. No a los adinerados ni a los burgueses. Ni siquiera a los ricos o a los hijos de los ricos. Ni a los nietos de los ricos o a los nietos de los nietos de los ricos.

Los Justos. Y miren que yo no soy mucho de basar mis opiniones en criterios que emanan de una antología de ficción, que versa sobre las relaciones más o menos tormentosas de un dios mesopotámico con muchas  tribus del desierto alrededor del Jordán. Pero como sé que esta colección de libros es una guía moral para muchos de nuestros prohombres pues no está de más sacarlo a relucir.

En uno de esos libros, según dice un señor que dice ser hijo y enviado de un Dios que se suele aparecer en forma de parra, los justos son los hombres buenos. Aquellos que no han puteado a otros, esos que no han explotado ni maltratado a sus congéneres ni han alienado la plusvalía del trabajo de los demás. Esto demuestra que pocos ricos encontraremos entre los Justos.

Y digo esto porque llevamos días viendo como muchos  prohombres se están quejando, tanto en Aragón y en el resto del país, sobre lo injusto que resulta para ellos pagar el impuesto de sucesiones. Estos prohombres y pro señoras se están levantando en armas, manifestándose otra vez como ya lo hicieron para defender  la educación concertada. Eso sí, como siempre, van uniformados, bien ataviados y de cristiana manera (Cristo era el señor ese que hablaba sobre los justos).

Otra vez, nuestra noble elite se ha dispuesto para la lucha. No quieren tener que soltar la pasta cuando se produzca el hecho fatal y los sucesores deban tomar posesión de los bienes de sus progenitores.

Como aquello de los justos era muy utópico, en nuestro ordenamiento civil se dispuso la posibilidad de la trasmisión de la riqueza. El regulador, creo que en época romana y pensando en los siguientes dos mil años de civilización, se inventó eso del derecho a la herencia. ¿Y en qué consiste la herencia? Pues básicamente en recibir los bienes, el dinero o los derechos y obligaciones de una persona cuando ésta muere en cumplimiento de la ley o de las disposiciones señaladas en un testamento.

El objetivo de la herencia no es otro que el mantenimiento de la posición de privilegio del que lo tiene ¿la cede?  Por tanto, en un sistema social en el que el Estado debería ejercer la tarea igualatoria el regulador que es listo y  actúa. Esto es,  ante la dificultad revolucionaria de obligar a toda una sociedad a que todos los nacidos partan de la misma posición, independientemente del patrimonio que hayan atesorado en vida sus progenitores,  decidió gravar el hecho de la herencia. Es decir, poner impuestos que contribuyan al sistema social para tratar de paliar con esos ingresos las desigualdades manifiestas en una sociedad con individuos privilegiados y otros desposeídos.

Y así se inventó el impuesto de sucesiones, que básicamente consiste en que una parte proporcional al monto total de la masa hereditaria fuera recaudado por el Estado. El impuesto hacía compatible el derecho a la propiedad privada y a su trasmisión con la obligación de contribuir al Estado Social junto con el principio de igualdad.

Pero como además el regulador se dio cuenta que no es lo mismo el legado de un obrero que el de un señor, estableció exenciones y bonificaciones para que se diera algún grado de proporcionalidad

¿A quién? Así, una familia con tres hijos los cuales heredan un piso en un barrio normal de Zaragoza como el de Torrero,  el Piso de Salou, la casa del Pueblo y  cien mil euros no tiene que pagar nada. Si además te quedas con el taller de carpintería de tu padre, pues tampoco tienes que pagar demasiado, un 1%.

Otra cosa es que el patrimonio a percibir por el heredero exceda los 150000 €. Pueden parecer poco, pero con esos 150000€ euros uno puede comprar a día de hoy un piso en Torrero, la casa del pueblo y el apartamento en Salou.

Queda de manifiesto que los Pocaropa  no tenemos que tener ningún miedo al impuesto de sucesiones.  Ya sé que se pagan otros impuestos por la trasmisión, por la plusvalía, etc. Pero aquí estamos hablando de la mordida que se aporta al Estado cuando uno se queda con las propiedades de sus padres.

Y claro, como ricos hay pocos y quedaría un poco ridículo hacer una manifestación con trecientos o quinientos privilegiados gritando aquello de ¡no vull pagar! desde la prensa y a través los medios de la gente de bien se ha intentado comer el tarro a los Pocaropa con el fin de que hagan de bulto y les acompañen a manifestarse.

Así vimos como la plaza del Pilar y los foros de Heraldo de Aragón se llenaron de gentiles hombres que no tienen ni un duro, y que no van a heredar ni legar grandes cantidades de dinero. Defendiendo el derecho de los ricos a seguir siendo ricos, y luchando para que estos puedan seguir viviendo sin pegar un palo al agua durante muchas más generaciones.

Eso es lo maravilloso de la comunicación, de la manipulación y del mito del aburguesamiento.

Nos hemos auto convencido que nosotros también somos ricos. EL lenguaje es poderoso, señores.  La clase media no existe y si existe, no somos nosotros.  Más bien somos la clase moda. Es decir, de lo que hay más.

No seamos tan tontos de caer en su juego, ellos tienen que pagar más, mucho más, porque tuvieron más cuando nacieron, porque tienen más ahora y porque tendrán más cuando se mueran.  Ellos tienen que pagar porque es justo y necesario.

Decía aquel señor que hablaba sobre los justos que era más difícil que el rico alcanzara la trascendencia que un camello entrara por el agujero de una aguja.

Pues bien, no sé cuántos ricos han alcanzado la trascendencia. Lo que sí sé, y veo claramente, es que los justos llevan más de dos mil años heredando más bien poca parte de la tierra  y que siguen intentado meter al camello por el agujero de la aguja, sin éxito aparente.

Miguel Serrano

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