Los escándalos de acoso sexual llegan a los Nobel

Premio Nobel, acoso
Imagen del Premio Nobel

Tras las sonoras acusaciones de acoso al productor Harvey Weinstein en el seno del cine mundial, han sido muy numerosos los casos destapados en multitud de instituciones. Hoy hablamos de los Nobel.

Como prueba de que ni las más altas instancias logran esquivar semejante lacra, los premios Nobel de este año vienen cargados de polémica a raíz de una serie de acusaciones que habrían sido encubiertas en la medida de lo posible por la Academia Sueca. El principal involucrado, Jean Claude Arnault, es acusado por un total de 18 mujeres a las que la prensa ha prestado especial atención desde el pasado año. De profesión fotógrafo, escritor y dramaturgo a la par que director de uno de los más selectos clubes intelectuales en Estocolmo, se encuentra también bajo los focos de la inspección económica ya que este mismo club cuenta con financiación de la Academia. Sin embargo, su vinculación con la misma no acabaría aquí pues está casado con la veterana académica (y miembro asociado del Comité Nobel) Katarina Frostenson. Ello no tendría mayor importancia si la influencia de la señora Frostenson no hubiera contribuido, según los medios suecos, a evitar que el asunto viera la luz meses atrás.

La reacción tanto de autoridades como de la población no se ha hecho esperar, y es que poco a poco se han ido sumando datos con respecto a las acusaciones vertidas sobre Arnault. La exsecretaria permanente de la Academia abandonaba su cargo en diciembre de 2017 declarando que existían rumores de acoso sexual entre sus filas que no se sometieron a una comprobación rigurosa. Los casos amontonados sobre el fotógrafo van desde el acoso hasta la violación detallando la propia exsecretaria que afectaban a Académicas, mujeres e hijas de Académicos y trabajadoras. Según afirman las víctimas, este tipo de actuaciones se habrían estado prolongando hasta el año pasado en que la Academia no pudo seguir ignorando estos hechos. El procedimiento seguido, afirman ya medios internacionales, fue distanciarse de Arnault con la mayor discreción posible mientras se ponía sobre la mesa la renuncia de Frostenson. Los más altos cargos de la Academia Sueca sometieron el asunto a votación determinándose finalmente que todo ello se trataría al margen de la opinión «por el bien de la Institución». Ha de señalarse que en esta votación había un mayor número de partidarios de Frostenson capaces de inclinar la balanza. Tal resultado tras el voto motivó que algunos de los más altos cargos se abstuvieran de seguir la línea establecida criticando a sus colegas en público o no participando en lo sucesivo en la toma de decisiones. Finalmente a causa de las presiones la Académica ha acabado dimitiendo tiempo después.

Tras un tiempo de deliberaciones se ha determinado que no habrá Nobel de Literatura 2018, circunstancia que llevaba sin darse desde la Segunda Guerra Mundial. La Academia Sueca destaca el mensaje de que el escándalo ha afectado severamente al prestigio de los premios y, por ende, no deben ser otorgados. En 2019 se darán dos galardones. Sin embargo, si tenemos en cuenta el hecho de que existían previamente dos altos miembros de este Comité que por razones ajenas boicoteaban las votaciones y sumamos a aquellos que han decidido no participar el número de autoridades necesarias para poder conferir el premio (mínimo de 12) no se da. Siendo los cargos vitalicios la Academia se enfrenta a un grave problema en su toma de decisiones por lo que sus motivos son indeterminados. Sí queda claro que el renombre de la Institución ha quedado severamente afectado.

No ha sido el único organismo que ha sufrido un duro golpe pues la heredera de la corona podría haber sido una afectada más. Según Svenska Dagbladet doce años atrás Arnault se habría propasado con la princesa hasta tal punto que uno de sus asistentes se vio obligado a intervenir, lo que habría sido captado por la exesposa de uno de los miembros de la Academia. El mismo diario señalaba que la familia real sueca habría advertido a la Institución que el fotógrafo no debía bajo ninguna circunstancia quedar a solas con la princesa. Pese a ello, desde que las 18 denunciantes se expusieran en noviembre del año pasado la casa real no se ha pronunciado con respecto al hecho aunque ha respaldado el movimiento Me Too.

Los hechos relacionados con el acoso sexual han vuelto a saltar a una palestra ya candente. No muchos días ha la opinión internacional se hacía eco de la sentencia de la Manada en España (cuestión que se encuentra en el Parlamento Europeo). No es por tanto una sorpresa que las reflexiones y preguntas se multipliquen, aunque sí que es llamativa la dirección que toman tales pensamientos. Esto es, no se duda de que es moralmente reprobable lo sucedido en todos estos casos sino que empieza a llegarse al auténtico centro de la cuestión: cómo se ha estado reaccionando. Instituciones, ciudadanos, justicia e intelectuales se han divorciado –es más, apaleado– públicamente. En la plaza del pueblo mientras víctima a un lado y acusado al otro se encuentran expectantes, se halla una población a la que muchos intelectuales llaman «turba», políticos «sentido», justicia «detractores». Los unos, preocupados por hacer valer su excelso conocimiento, acompañado siempre de una dosis de aséptico raciocinio que se suma a una curiosa incapacidad para describir acaso lo que ven. Los otros, lazando opiniones dispares y generalizadoras al son de la opinión pública. Los terceros, sorprendidos ante el tambaleamiento del código del que muchos suponen escrito en piedra. Los últimos, inflamados a la par que quebradizos se enfrentan ellos mismos a la construcción de una nueva moral para nuestro siglo.

Cristina Gimeno Calderero

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