Lo que decidís los socialistas: una respuesta a Ignacio Urquizu

El sociólogo Ignacio Urquizu, diputado socialista por la provincia de Teruel, publicaba este jueves en El País una tribuna titulada “Lo que decidimos los socialistas”. En ella ofrece una interesante visión personal sobre la crisis de la socialdemocracia y la influencia de esta en el crucial proceso de primarias en que se halla inmerso el Partido Socialista Obrero Español, que culmina el próximo fin de semana. Sin embargo, mis discrepancias con buena parte del análisis de quien considero uno de los parlamentarios más brillantes del Congreso me han llevado a despiezarlo para comentar, someramente, aquellas cuestiones que estimo rebatibles.

“En los próximos días, los militantes del PSOE estamos llamados a decidir sobre nuestra Secretaría General. Lo hacemos en unas circunstancias excepcionales. Por un lado, preocupados por lo que está sucediendo en Europa. En Grecia, Italia, Holanda o Francia, las formaciones socialistas son muy minoritarias o están disueltas en alguna alianza progresista. Por otro lado, en el terreno doméstico, el PSOE se muestra incapaz de conectar con grupos sociales que son muy representativos de los valores de progreso (jóvenes, personas con estudios superiores o clases urbanas).”

El diputado Urquizu arranca recordando, con acierto, dos de los problemas que orillan al PSOE. Efectivamente su crisis puede enmarcarse dentro de una crisis global de la socialdemocracia que afecta a muchos de sus homólogos europeos. Pero también es cierto que, entre los países que cita para ilustrarla, echo en falta la alusión a algún caso de éxito socialdemócrata que complemente a este pesimismo y nos permita examinar su estrategia: hablo de Portugal, donde el partido socialdemócrata gobierna mientras se fortalece en las encuestas y obtiene importantes logros apoyándose en dos fuerzas minoritarias de izquierdas.

La mención a la falta de apoyos del PSOE entre sectores urbanos, jóvenes y progresistas completa la que, hasta aquí, considero una oportuna introducción con pinceladas que se asimilan a las desarrolladas en el libro presentado esta semana por Josep Borrell, ‘Los idus de octubre’. Los diagnósticos de Borrell y de Urquizu, sin embargo, toman caminos muy diferentes a partir del siguiente párrafo del artículo. 

“Es cierto que las primarias, al tener ingredientes presidencialistas, pueden acabar en un simple debate de personas. Pero nuestras circunstancias excepcionales exigen de una deliberación más allá de los personalismos y los lugares comunes. Con las tres candidaturas, los socialistas estamos decidiendo sobre tres cuestiones fundamentales.”

“La primera de ellas es la forma de hacer política. Muchos analistas y representantes políticos todavía no entienden cómo debemos dirigirnos a una sociedad que está mucho más informada y formada que hace unas décadas. Si los que nos escuchan saben más, la consecuencia debería ser una mayor exigencia sobre nosotros mismos. Por ello, cada vez que utilizamos un argumento simplista, una parte de la ciudadanía duda de nosotros y nos resta credibilidad. Algo de esto hay detrás del no es no.”

Urquizu rechaza la utilización de argumentos simplistas, a ojos de cualquiera indeseables en el debate político. Sin embargo, resulta llamativo que para ejemplificar esta utilización no recurre, teniéndolos tan recientes, a los lemas vacíos que envuelven la campaña de Susana Díaz a la secretaría general como “el PSOE es mucho PSOE” o “soy 100% PSOE, libre de aditivos”. Y para hablar de personalismos no rescata afirmaciones como “los dioses del socialismo protegen a Susana Díaz” (Javier Lambán) o “Susana Díaz tiene una capacidad de trabajo sobrehumana” (Verónica Pérez). Por el contrario, y aunque sin nombrarlo directamente, el autor pone el foco sobre Pedro Sánchez y el lema que empleó para negar su apoyo a la investidura de Mariano Rajoy; algo que, según Urquizu, habría restado credibilidad al PSOE.

Esta hipótesis es difícilmente sustentable con datos, teniendo en cuenta que el “no es no” constituía la principal promesa que los socialistas hicieron a su electorado en ambas campañas (2015 y 2016) y que, tras cumplirla en una ocasión y no facilitar la investidura de Mariano Rajoy, los apoyos al PSOE no experimentaron un retroceso notable (por el contrario, logró un porcentaje de votos superior en las segundas elecciones). Sí hay datos, en cambio, de cómo los electores socialistas valoran hoy la labor que su partido está realizando en la oposición desde que facilitó la investidura de Rajoy y que podrían servir como indicador fiable para medir esa credibilidad: un 35% la percibe como mala o muy mala, un 52% regular y sólo un 11% la considera buena o muy buena (según el barómetro del CIS de abril de 2017).

“Cuando se reflexiona sobre ello, vemos que, dado nuestro modelo de investidura y la fragmentación actual del parlamento, la única posibilidad que existe para que el PSOE pudiese votar que no y hubiese un gobierno en este país es que el PP obtuviese por sí mismo 176 escaños. O dicho de otra forma, la principal consecuencia del “no es no” es votar tantas veces como sean necesarias hasta que el PP obtenga una mayoría cómoda. De hecho, las encuestas de septiembre de 2016 apuntaban esta tendencia. Todas las estimaciones del PSOE estaban entre el 21 y el 22%, el mismo resultado o por debajo del que obtuvimos en las elecciones de junio. En cambio, el PP mostraba un ligero ascenso, situándose en algunas estimaciones en el 35%. La ciudadanía es mucho más inteligente de lo que presuponemos. Si los políticos no éramos capaces de desbloquear la situación, lo habría hecho ella con su voto. La principal consecuencia del “no es no” habría sido un Partido Popular más fuerte y un Partido Socialista más jibarizado.”

Al profundizar en el “no es no”, Urquizu se refiere a él como un sólido principio político que constituyó la causa del bloqueo y la ingobernabilidad del país. En realidad, previamente a la adopción de este lema, el propio Sánchez confesó haber mantenido contactos con Rajoy con una actitud abierta a negociar su investidura y dirigentes como Felipe González han reconocido, en la misma línea, que Sánchez se planteó una abstención hasta que comprobó que Rajoy le estaba exigiendo un apoyo incondicional durante toda la legislatura. Se deriva de ello que el “no es no” no debe analizarse como causa, sino como consecuencia, de un problema colectivo provocado por aquellos dirigentes socialistas que, como también explica Borrell, asfixiaron a Sánchez en su negociación con otros partidos y no dijeron lo que pensaban en los espacios donde correspondía, quizá por miedo a asumir el coste político de facilitar un gobierno de los conservadores.

“Algunos podrían contestar que esto no cierto, que unas nuevas elecciones habrían generado una nueva mayoría progresista en el Congreso. No hay ningún dato que avale esta afirmación. Otra posible contestación es que existen mayorías alternativas en el actual parlamento. En el debate de presupuestos, el PP aún no ha alcanzado los 176 escaños. Al margen que bastante tenemos los socialistas con decidir qué hacemos con nuestros 84 diputados, como para decir al resto de grupos parlamentarios qué deben hacer con los suyos. En política, el respeto a los demás es fundamental.”

No hay ningún dato, como afirma Urquizu, que avale que unas nuevas elecciones habrían constituido una nueva mayoría progresista en el Congreso. Pero tampoco hay ningún dato que indique lo contrario. Cuando Sánchez dimitió (o fue derrocado, como veremos más adelante) gozaba de una buena valoración como líder en los sondeos y estos pronosticaban un pequeño repunte para los socialistas en caso de celebrarse terceras elecciones.

Sin embargo, lo preocupante de este párrafo es la ligereza con que el autor se refiere a “nuestros 84 diputados”. El número 85 que forma parte de la bancada socialista es el diputado de Nueva Canarias, Pedro Quevedo, que el PSOE consideró suyo la noche del recuento pero no considera suyo ahora, ya que puede ser él quien facilite la aprobación de los presupuestos de Rajoy. Y Urquizu, que ha investigado y reflexionado ampliamente sobre la crisis de representación, ignora u omite que esta pueda verse agravada cuando el votante que quiso apoyar a la lista socialista en Canarias sepa que su diputado, al pertenecer a otro partido, puede votar favorablemente a los presupuestos de Rajoy y el PSOE se desentenderá de ello. ¿Quién rinde cuentas por ese diputado? ¿Acaso no es “posverdad” que el PSOE se declare irresponsable de las decisiones del representante elegido por sus propios votantes en esta circunscripción? ¿No es un elemento añadido a la crisis de representación que los socialistas, como Urquizu hace en este artículo, miren hacia otro lado?

“La segunda cuestión en juego es qué entendemos por democracia. Gran parte del debate se ha centrado en la dimisión del anterior Secretario General bajo el argumento de que su legitimidad de origen nació del voto de la militancia. De ahí la controversia en torno al papel desempeñado por el Comité Federal. Esta materia exige abrir una reflexión sobre cómo funcionan los sistemas democráticos. En democracia, tan importante es el origen del poder (las urnas), como el control del poder y la división del poder. Los padres de la democracia norteamericana siempre tuvieron miedo a que aquel que tuviese el poder, pudiese abusar de él. Por ello diseñaron un sistema de pesos y contrapesos que limitara el ejercicio del poder. Vayamos con un ejemplo. En el XXVIII Congreso del PSOE, Felipe González dimitió porque sus tesis de abandono del marxismo fueron rechazadas. ¿Esto significa que el secretario general fue derrocado por un golpe de estado? ¿Desde cuándo una votación de un órgano de representación es un ejercicio de autoritarismo?”

Veamos: la compleja situación que durante el Comité Federal atravesó el PSOE no se resuelve con relatos simplistas. Urquizu acierta en situar el origen de aquellos hechos en un choque de legitimidades que probablemente tenía su raíz en un mal diseño de la organización. Los estatutos del PSOE no eran claros hasta el punto de que muchos se apresuraron a afirmar que habían destituido a Sánchez como secretario general antes de que dimitiera mientras un riguroso análisis jurídico permitía una interpretación completamente opuesta.

En cualquier caso, equiparar su caída con la de González es una analogía delicada. Para empezar porque Sánchez no defendía unas tesis ideológicas marcadas que contradijeran el mandato de un órgano que desde el primer momento le había maniatado para negociar: no al PP, no a Podemos y adelante a explorar alianzas con Ciudadanos. Como recuerda Borrell en su libro, si Sánchez hubiera sacado adelante un hipotético pacto con populistas e independentistas encaminado a la ruptura de España, este habría tenido que ser sometido a votación en el Comité Federal y habría sido entonces cuando otros dirigentes hubiesen podido frenarlo. Pero el movimiento que se produjo contra Sánchez en Ferraz fue, como poco, un derrocamiento. Lo definió en esos términos el propio presidente de la Gestora, Javier Fernández: “El único que puede derrocar al secretario general es el Comité Federal”. Y así lo hizo.

“La tercera materia sobre la que decidimos en el PSOE es qué entendemos por socialismo en el siglo XXI. Más allá de eslóganes fáciles como situar al partido en la izquierda, debemos llenar de verdadero contenido esta cuestión. ¿Es lo mismo hacer socialdemocracia en una sociedad de 8.000 dólares de renta per cápita que en una de 30.000? ¿Cómo se gana competitividad en economías abiertas y dentro de una unión monetaria? ¿Es posible desarrollar un proyecto progresista en sociedades cada vez más fragmentadas y polarizadas en sus demandas? ¿Cómo va a evolucionar la idea de ciudadanía en los próximos años? ¿Podemos mejorar la capacidad redistributiva de nuestro estado del bienestar? ¿Cómo vamos a enfrentarnos a la desigualdad territorial? Son cuestiones serias que exigen de algo más que un eslogan.”

Esbozar la solución a la profunda crisis que sufre el PSOE exige, ciertamente, algo más que eslóganes. Pero en esta campaña interna no ha existido, a mi juicio, un debate de altos vuelos sobre las ideas que rescatarán al partido del “solar” en el que se encuentra. Al menos los programas de los candidatos Pedro Sánchez y Patxi López son conocidos desde hace tiempo y lanzan algunas respuestas a preguntas como las que el autor se plantea; no así el de la candidata apoyada públicamente por Urquizu, Susana Díaz.

“En definitiva, los socialistas somos herederos del legado que nos han dejado compañeros como Fernando de los Ríos, Julián Besteiro, Indalecio Prieto o Ernest Lluch. No es fácil estar a la altura de tantos y tantos militantes socialistas que hicieron de nuestros valores no solo el principio rector de sus vidas, sino que lo hicieron desde el rigor y la exigencia. Por ello vamos a tener que dar lo mejor de nosotros mismos. La rigurosidad de nuestros argumentos nos permitirá conectar con una nueva sociedad que espera mucho más de los socialistas. Si en este debate de primarias reducimos todo a la comunicación, nos estaremos equivocando. Se puede tener un relato, pero eso no significa ni que sea cierto ni que obtengamos las respuestas correctas. Nadie fue derrocado, sino que dimitió; no hubo un golpe de estado, sino que los miembros del Comité Federal votaron; y la socialdemocracia del siglo XXI exige de algo más que “situar al PSOE en la izquierda”, porque nunca se movió de ese espacio ideológico. De aquí la transcendencia de lo que decidimos: si nos sumamos a la posverdad o empezamos a decir la verdad a la gente.”

De nuevo los datos refutan una hipótesis de Urquizu: el PSOE sí se ha movido en los últimos años, aunque muy ligeramente, de su espacio ideológico. En la pregunta del CIS que demanda a los votantes una ubicación ideológica para cada partido, estos situaban al PSOE en el 4,16 (en la escala 1-10) en el año 2010, en el 4,39 en 2014 y en el 4,74 en enero de 2017, con la gestora al frente. Pero más allá de esta anécdota, en la comprensible preocupación que muestra Urquizu por la posverdad, cuyo auge vincula con el relato adoptado por el ‘sanchismo’, echo en falta la crítica a cierto dogma que copa artículos en prensa y ante el que pocos dirigentes (como, de nuevo, Borrell) deciden levantar la voz en un ejercicio de honestidad intelectual: el del supuesto batacazo electoral de Sánchez.

Refresquemos datos y memoria: el PSOE cayó del 44 al 29% de votos en 2011 y nadie achacó esa responsabilidad a Rubalcaba; la caída se entendía justificada como castigo porque el PSOE había gestionado una grave crisis económica estando en el gobierno y por las expectativas de que un gobierno popular aún por conocer sería capaz de mejorar muchos indicadores. Pero es a partir de 2012 cuando, en la época de mayores recortes de los populares y de preocupante aumento de la desigualdad, habría sido esperable que el PSOE se rearmase organizativa e ideológicamente y fuese recuperando poco a poco la confianza de la ciudadanía. Esto no ocurrió: el PSOE mantuvo a Rubalcaba como secretario general (apoyado por gurús, como César Calderón, que hoy apuestan con fuerza por dejar ese liderazgo en manos de Susana Díaz) y fue en este período, comprendido entre 2012 y 2014, cuando su completa ausencia de la vida política española le llevó a caer otros seis puntos que lo dejaron en el 23% cosechado por Elena Valenciano (también afín a Susana Díaz) en las últimas elecciones europeas.

Sánchez llegó a continuación a la secretaría general. Con él al frente, el PSOE recuperó poder territorial en comunidades autónomas y ayuntamientos en 2015 y en las dos recientes elecciones generales se mantuvo cercano al 23% heredado de Valenciano mientras un competidor fuerte por la izquierda (Podemos) incrementaba sus apoyos del 8 al 20%. Resulta perfectamente comprensible que se critique a Sánchez por sus errores como secretario general, por los soportes orgánicos que le llevaron hasta ese cargo, por su falta de carisma o por sus vaivenes ideológicos; pero con esta larga lista de motivos, hacerlo por un “batacazo” que no fue tal (aunque esta sesgada valoración se haya instalado en la opinión pública con la complicidad de algunos sectores socialistas) es intelectualmente pobre.

El PSOE, por terminar subrayando otro punto de acuerdo con Urquizu, tiene que decir la verdad a la gente. Huir de la posverdad consiste en refutar eslóganes triunfalistas como “Susana Díaz sabe ganar elecciones” o en no caer en la inconsistencia de culpar a Sánchez de un mal resultado (22,7%) mientras se celebra con júbilo la intención de voto del último barómetro del CIS (19,9%). En estas primarias no tengo derecho a voto porque nunca he sido militante del PSOE; sí lo he votado una sola vez, y fue cuando percibí su voluntad de elaborar un documento progresista con otro partido, Ciudadanos, que recogía nuevas fórmulas para crear empleo y priorizaba la lucha contra la pobreza infantil; un documento que sutilmente admitía que había llegado la hora de debilitar la partitocracia, incluso en perjuicio del propio PSOE, mediante propuestas como la reforma electoral o la supresión de diputaciones provinciales.

Lo que decidís los socialistas a mi juicio, y contrariamente a lo que opina el diputado Urquizu, es si continuáis profundizando en estos esfuerzos por renovar vuestra agenda o premiáis con el liderazgo a encantadores de serpientes cuyas tramas clientelares presentan pocas diferencias con las que vuestros adversarios del PP entablaron allí donde gobernaban. Lo que decidís los socialistas es si dais carta blanca a quienes han priorizado sus intereses personales a los del partido y todo por un “bien de España” que suena convincente como objetivo pero está todavía por determinar. La posverdad, al fin y al cabo, es aquello que no se apoya en datos ni evidencias pero presenta una apariencia verdadera; especialmente cuando está en boca de personas que, como Urquizu, disponen de excelentes herramientas para conocer la verdad y de indudable capacidad para interpretarla y moldearla.

Alvaro Lario

2 thoughts on “Lo que decidís los socialistas: una respuesta a Ignacio Urquizu”

  1. Soy militante socialista, pero he tenido poca o nula participacion en el partido. Estoy totalmente de acuerdo con el comentario de Alvaro Lario. Durante dos años apoyamos a Pedro Sanchez como el unico candidato gastando tiempo y esfuerzo en ello. Y hemos asistido paralelamente a una falta de respeto por parte de determinados “Barones” que no habiendo ganado holgadamente en sus respectivas comunidades y necesitando apoyos de otras formaciones se dedicaban a boicotear y contradecir las gestiones y decisiones del entonces secretario general. Falta de respeto al secretario y a la militancia. Hace falta una regeneracion del psoe. Estamos de los barones hasta….Y por ultimo ¿porque los votantes del psoe hemos de ser nas responsables para con la gobernabilidad de españa que los votantes de podemis, por ejemplo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *