Las redes sociales son la Inquisición del siglo XXI

Peligros de las redes sociales
Peligros de las redes sociales

No hace muchas semanas publiqué un artículo titulado “Las redes sociales han corrompido la democracia”, donde me posicionaba claramente y alertaba sobre el efecto perverso que plataformas como Facebook o Twitter están empezando a tener en nuestra sociedad, en nuestros valores y en nuestro sistema político. Es posible que aquellos adolescentes o políticos mediocres que han nacido, crecido, desarrollado y son producto inevitable de esto que llamamos “las redes sociales” no quieran darse cuenta o aceptar los peligros, más que visibles, para la libertad, la convivencia y el desarrollo racional de la humanidad que supone el uso populista, demagogo y tóxico de las plataformas digitales, ya sean usuarios tuiteros o nuevos digitales que practican el amarillismo más indigno e infame para lograr audiencia y retuits. Tenemos, por lo tanto, un problema tan grave que no solamente irá creciendo exponencialmente en los próximos años sino que desconocemos de manera honesta alguna solución posible que atemperase, siquiera, sus efectos destructivos.

Esto sucede, de manera quizás irónica, dentro de una sociedad, sobre todo de una generación de jóvenes, que se creen los más libres, tolerantes, cultos y activistas de toda la historia de la humanidad. Han crecido creyendo que hacer política era estar las 24 horas del día indignados y que los valores de izquierdas no son otros que las utopías que rara vez acaban reflejándose en la cruda y dura realidad. Sufrimos una ola de infantilismo y de tontos llenos de soberbia que está barriendo sin paliativos toda la estructura política y social creada tras el trauma de la II Guerra Mundial. Es igual que miremos a EEUU o a Europa, a España o a Inglaterra; en casi todos los países democráticos avanzados se reproducen problemas comunes, aunque en cada lugar tengan una intensidad y una naturaleza propia.

Precisamente en España siempre hemos creído que nuestra Inquisición había sido de las más terroríficas de la historia, perviviendo dicho mito hasta en las criaturas semianalfabetas que somos los españoles respecto a la historia. Sin duda, y dejando para otra ocasión esta percepción popular, podríamos decir que ha vuelto la antigua Inquisición, pero esta vez no bajo el símbolo de la Iglesia y en nombre de Dios, sino capitaneada por el feminismo radical-totalitario y en nombre de la impostura puritana. Es una Inquisición como la antigua en el sentido de que incluso acaba devorando a sus propios siervos y fieles, como acaba de pasar con los dos últimos casos de “acoso sexual” (presunto) que han salpicado a dos figuras del progresismo sumiso a la dictadura feminista como Mikel Izal y Antonio Castelo.

No deja, incluso, de llamarme mucho la atención como uno de los principales referentes de esta nueva generación de indignados y de representantes de la estupidez populista, como Dani Mateo, escribiese en su tuiter lo siguiente: “no son las redes sociales ni Internet el lugar donde en un país democrático se decide quién es o no culpable de algún delito”. Por caridad humana no transcribiré otros tuits de este chico donde sí que utilizó sus redes sociales para juzgar y condenar a otras personas que, por lo visto, no merecían el mismo trato que su colaborador en los 40 principales.

La cuestión es que hay una petición abierta en Change.org (otro ejemplo de la nueva gansada generacional, la fiebre de las “firmas”) donde 7500 personas se han molestado en pedir que se despida a Castelo del programa de radio donde colabora. Y aquí es donde viene la pregunta que es imprescindible hacerse: ¿hasta cuándo, y hasta dónde, vamos a permitir que las redes sociales- ya sea en nombre del feminismo o de cualquier otra noble etiqueta- atropellen a personas que ya están “muertas” por el simple hecho de ser señaladas?

Porque algunos pretenden convencernos de que la legitimidad y la verdad la tiene el que más seguidores refleja en su cuenta o más retuits consigue de sus simplezas y malezas en forma de tuit. Las redes sociales no solamente son una Inquisición implacable, sino que se basan y se alimentan de la ola de estupidez que está consiguiendo ahogarnos a todos, menos a los estúpidos, ya que viven en su hábitat.

Por supuesto que sería injusto señalar a las feministas radicales como únicas responsables del rodillo totalitario que cada día barre con más fuerza, porque dentro de los hombres existen una lista interminable de mamarrachos siempre dispuestos a flagelarse a sí mismos y a condenar a los demás por el mero hecho de tener pene o de ser acusados de “acosadores sexuales”. Yo siempre he creído que el acoso sexual era un tema tan grave e intolerable que no se debería de jugar con él hasta convertirlo en una etiqueta virtual adaptable a cualquier acusación que se nos pase por la cabeza. No hay más que leer un tuit que puso otro actor de moda (que yo ni sabía que existía) en respuesta a las explicaciones de Castelo: “Debe ser duro descubrir que lo que para ti es ligar no se lee igual desde el otro lado. Que incomoda a tus interlocutoras. Quizá no lo haces con esa intención, pero así funcionan el abuso de poder y el privilegio. Negarlo no ayuda, esto va también de lo que sienten ellas…. Es más común de lo que parece. El abuso no son solo Weinsteins violando en suites presidenciales, son también todos esos momentos incómodos, sustentados en la desigualdad. Pasa. Hay mucho en lo que trabajar” Menos mal que soy homosexual y tengo ya 34 años, porque si tuviese 20 y me gustasen las mujeres estaría realmente preocupado por la extensión y colaboradores entusiastas de esta nueva inquisición.

Marcial Vázquez, politólogo

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