La victoria de los derrotados

Nací hace 40 años, apenas tres meses antes de que los españoles votáramos en unas elecciones democráticas, por primera vez desde hacía 41 años. Hace unos días, una conocida periodista zaragozana me recordaba cómo, hace exactamente 40 años, mis padres me paseaban por las calles de Zaragoza con una sillita en la que lucía una pegatina que reclamaba “Libertad y Amnistía”.

Hago este extraño preámbulo personal para enmarcar una reflexión sobre algunas cosas ocurridas este pasado miércoles en la celebración del 40º aniversario de las Elecciones de 1977 y que son continuidad de un discurso en el que está instalada parte de la izquierda desde hace algún tiempo. Una reflexión que enmarco en mi trayectoria política e ideológica como persona de izquierdas que ha crecido en democracia, pero que también es hijo de unos padres que en su primera juventud asumieron compromisos políticos y con ellos, riesgos reales, contra el Franquismo.

¿Qué se celebró el miércoles? Quizá haya que empezar por ahí.

Lo que se celebró fue que han pasado 40 años desde que España abandonó la caverna franquista y comenzó a construir un país libre, democrático y del que, básicamente, nos podíamos sentir orgullosos sus ciudadanos. Recuerdo en cierta ocasión haber escuchado a Felipe González decir que los españoles habíamos recuperado el orgullo de nuestro pasaporte.

Pero, ¿fue eso simplemente lo que ocurrió un 15 de junio de 1977? Fue algo, en realidad más profundo. Lo que ocurrió aquel día y los dos o tres años posteriores fue en realidad, la derrota clamorosa del fascismo que había asolado España durante 40 años. Lo que en realidad ocurrió, fue la victoria de aquellos a los que 40 años antes, la historia les había negado una victoria legítima y justa. Fue el triunfo de los perdedores.

Un triunfo que, en el acto de constitución de la Cortes, en 1977 se simbolizaría con aquella imagen mítica de Rafael Alberti y Dolores Ibárruri, bajando por las escaleras del hemiciclo, tomados del brazo, ante la mirada de los demás diputados. Dos comunistas convencidos, exiliados y represaliados que entraban como diputados electos en el lugar donde reside la soberanía popular. ¿Acaso cabe mayor imagen de la derrota del régimen que los exilió y persiguió?

Nada de cuanto se ha construido en este país desde aquel día hace sino confirmar esa derrota. Cada paso dado por este país, en los últimos 40 años ha ido inequívocamente en la dirección de confirmarla. En la dirección de construir una España antagónica a aquella de cerrado y sacristía que el Nacionalcatolicismo consagró como única posible. Una España abierta a Europa y al mundo y no encerrada en su pasado imperial tratando de esconder la una basura autárquica y aislacionista. Una España diversa frente a la uniformidad a golpe de tanque. Una España que pasó del palio a ser capital mundial del orgullo gay en poco menos de tres décadas.

Por todo ello, no acierto a comprender qué pretenden ahora los dirigentes de cierta izquierda, presentando aquello como la consolidación del triunfo del franquismo. Como una añagaza de las élites para asegurarse el control. Según esa tesis, el que llaman régimen del 78 sería una especie de versión edulcorada para darnos a los pobres españolitos una buena píldora de gatopardismo en vena. Sea por convicción o por estrategia, resulta patético ver a un muchacho como Alberto Garzón, que apenas brinca la treintena, renegando del PCE construido por gigantes políticos como Santiago Carrillo o Simón Sánchez Montero.

Por eso confieso que me irritó profundamente el acto paralelo organizado por Podemos en el Congreso durante la celebración de los 40 años de las Cortes constituyentes. Me irritó por cuanto de ignorancia histórica y mezquindad tiene renegar de aquella época y por cuanto de falsedad tiene el relato que hacen sobre nuestro sistema político. Pero me irritó quizá aún más el uso de las víctimas de la guerra y la represión franquista para armar ese acto contestatario.

No hay duda de que falta reparación y justicia sobre quienes padecieron la muerte, la tortura, la cárcel, el exilio o el ostracismo durante la ominosa dictadura de Franco. Pero debemos ser honestos. Esa carencia no es responsabilidad de quienes hace 40 años iniciaron el desmontaje de un régimen fascista y construyeron una democracia. La reparación de esa injusticia nos corresponde a la sociedad actual. Como le correspondió a la de hace 20 años, o a la de hace 10. Es a nosotros, pues a quienes nos corresponde hacer justicia.

Pero esa justicia no será tal, si pretendemos hacerla negando o empañando la celebración del día en que ellos, los fusilados, los torturados, los encarcelados o los exiliados, pudieron celebrar aquella victoria que la historia les negó. No se la neguemos ahora.

Horacio Royo

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