La noticia que todos quisimos dar

Comunicado de ETA | Diario Gara
Comunicado de ETA | Diario Gara

A casi todos los periodistas nos han preguntado alguna vez cuál era la noticia con la que nos gustaría titular un día en primera plana, o como apertura del informativo de radio o de televisión… Y hace diez años, o quince, o treinta, el 99,9% contestábamos con una misma respuesta: ETA desaparece, ETA se disuelve, ETA deja las armas. Esas tres siglas malditas ensangrentaron, durante demasiados años, las páginas de los periódicos y nos dejaron un regusto a plomo en la boca después de cumplir con nuestra obligación de informar sobre sus tristes hazañas, sus bombas, sus tiros en la nuca contra hombres, mujeres y niños inocentes e indefensos. Hazañas que repetían incansablemente, semana tras semana.

Tal vez por eso, porque no queríamos seguir teniendo en la lengua el sabor de la infamia, no dudábamos en responder entonces que esa era la noticia que nos gustaría dar algún día. Algunos han hecho realidad ese sueño por fin.

Y lo curioso es que la noticia más deseada, la que se hizo esperar casi cincuenta años, ha pasado sobre nuestra sociedad un poco sin pena ni gloria, oculta por acontecimientos tan relevantes como los botes de crema que, tal vez por azar, fueron a caer en el bolso de una mujer cuyo nombre empieza ya a caer en el olvido (esa persona de la que usted me habla…). Oculta por los interminables análisis acerca de las malas caras entre otras dos señoras, Soraya y Dolores, que se dedican mutuamente gestos de emoticono: toi enfadá. Oculta entre la incesante cháchara de ministros, jueces, fiscales y espontáneos acerca de una sentencia deplorable que, en todo caso, deberá ser revisada y –espero- modificada en justicia.

Bueno, la cosa tiene su lógica. ETA ha llegado al borde de su sepultura muy poco a poco. No ha sido como soñamos entonces (y como, tal vez, hubiese sido más justo para todos): reconociendo su derrota sin paliativos y entregándose a las autoridades democráticas con armas y bagajes. Fue, primero, una tregua que llegó tras un proceso negociador del que todavía ignoramos demasiadas cosas, incluido un balance de las deslealtades en las que incurrió la oposición que capitaneaba Mariano Rajoy. La tregua saltó por los aires con un atentado en Barajas que también está rodeado de incógnitas (¿fue la ETA que negociaba, o un sector disidente?). Vino después el alto el fuego definitivo y, desde hace siete años, las pistolas callan y las bombas no hacen explosión. La gente, los españoles y, sobre todo, los vascos, hemos aprendido ya a vivir sin el constante temor a los asesinos encapuchados del hacha y la serpiente. Los que llevaban escolta por obligación se han acostumbrado a moverse sin ella y, en resumen, la anormalidad histórica del terrorismo empieza a parecer ya cosa del pasado.

En estas circunstancias no es de extrañar que la noticia de la disolución de la banda, esa noticia que todos quisimos dar, haya pasado más o menos desapercibida. Es verdad que los medios de comunicación le han dado el espacio correspondiente. Pero no es menos cierto que, en las conversaciones de la calle, el punto final a aquella pesadilla no encuentra el eco que hubiéramos dado por supuesto hace unos años. No hay más que echar un vistazo a las redes sociales para comprobarlo.

Bueno, lo que importa es lo que importa. Y en este caso lo que importa es que hemos dado una lección al mundo, una lección de la que no sé si somos conscientes. Con alguna excepción y algunos excesos, no es faltar a la verdad si digo que nos hemos enfrentado a una de las bandas terroristas más peligrosas (si no la más peligrosa) de las que han actuado en Europa, y que lo hemos hecho sin más armas que las que nos proporciona el Estado de Derecho, sin atajos ni guerras sucias. Y que la hemos derrotado. Todos. Las fuerzas y cuerpos de Seguridad, los servicios de Información, los dirigentes políticos… y los ciudadanos, que supimos sufrir sus crímenes con dignidad y sin perder los estribos.

Importa también que esto no se olvide. Que, como se dice ahora, no ganen la batalla del relato los perdedores de una guerra que nunca existió. Que las nuevas generaciones, las que nacieron sin oír el estampido de las bombas y las balas, sepan a ciencia cierta lo que sucedió, que ni una sola brizna de mentira vaya a proporcionar a los asesinos una dignidad de la que carecieron en absoluto. Y que no se olvide porque solo la memoria puede impedir que la tragedia se repita en el futuro con otros protagonistas. Y todos saben a quiénes me estoy refiriendo.

Pepe Royo, exdirector de TVE Aragón

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