La desmemoria histórica del PSOE de Pedro Sánchez

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto al expresidente Felipe González | EFE
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto al expresidente Felipe González | EFE

Uno de los principales rasgos de la primera etapa de Pedro Sánchez en Ferraz es que se utilizaba la historia del PSOE según conveniencia del Secretario General y también como premio o castigo a los que no se plegasen al aplauso coral sumiso. No hace falta ejercitar mucho la memoria para recordar como Felipe González pasó de ser, para el pedrismo, un referente irrepetible al que se debía oír con atención, a convertirse en un traidor y un mercenario de la derecha y del IBEX 35, porque dijo en la cadena SER algo que podrían haber firmado el 90% de los altos cargos del partido en ese momento: que Pedro le había engañado.

En la primera y desgraciada etapa del pedrismo, sobre todo en las dos campañas electorales a la Moncloa, podíamos observar sin inmutarnos como se utilizaba el legado de conquistas sociales y democráticas firmadas por el PSOE durante los gobiernos de Felipe y Zapatero, pero se evitaba, a toda costa, nombrar a los protagonistas de dichos éxitos políticos. Era como una especie de exorcismo donde se pretendía, gracias al verbo milagroso de Pedro Sánchez, conservar el cuerpo de los logros socialistas en democracia, pero expulsado los perversos espíritus que, en realidad, se habían vendido al capital y se habían vuelto de derechas. Una operación que a tenor de los resultados en las urnas y la fractura interna irreparable del partido, no dio demasiados buenos frutos.

Una vez puesta en marcha la Gestora y la operación “Susana” con tanta torpeza como estulticia por parte de sus ideólogos, algunos nos aseguraban que Pedro había “aprendido” y que volvía a por la secretaría general con su espíritu y cerebro reformado y más maduro. Nada más lejos de la realidad; primero, porque una campaña basada en el odio africano hacia la mitad del partido y en el simplista “no es no” como único proyecto de país y de oposición al PP, no podía producir otros resultados que no fuesen más odio y más división interna y más insignificancia política de cara al exterior, en cuanto se comprobase como Pedro no solo seguía siendo el mismo, sino que se había perfeccionado en todos sus defectos; y, segundo, porque el equipo de Pedro y el supuesto proyecto de “verdadera izquierda” es un fracaso casi absoluto que cada mes que pasa se consolida de manera casi irreparable. Los últimos 3 “hitos” del pedrismo no dejan lugar a la piedad, aunque muchos sigan borrachos en el autoengaño.

Primero, se decide utilizar la agitación de las pensiones como un reclamo electoral y un ariete que puede hacer daño al gobierno. La estrategia es tan torpe, tan populista y tan endogámica, que logran sacar a los jubilados a la calle pero en ningún momento reciben un premio demoscópico por ello. Es más, en el debate sobre las pensiones en el Congreso la actuación de Margarita Robles es tan prescindible que ni siquiera promocionan demasiado en redes la intervención de la desdichada portavoz. El segundo hito llega, también y sobre todo, en el Congreso, con el fondo de la prisión permanente revisable, al subir a la tribuna un diputado de cuyo nombre no me quiero acordar a consumar una de las actuaciones más viles, miserables e inoportunas que se pueden recordar en el marco parlamentario del socialismo democrático. Y, para cerrar la trilogía, la fracasada “Escuela de Buen Gobierno” que no pasó de ser un jardín de infancia por donde pasaron algunos “mayores” a dar tirones de oreja, excepto el indescifrable Zapatero, tan falto de cariño y reconocimiento que va encantado a donde le aplaudan a decir lo que ese auditorio quiera oír. Aquí es donde llega la guinda del despropósito: para solidarizarse con los pensionistas maltratados por Rajoy, Pedro propone que el sueldo de diputados y senadores solo suba un 0,25%. Si en ese momento los oyentes no se levantaron y se marcharon dejando al líder solo con el micro es que el remedio para este PSOE de Pedro Sánchez no lo verán nuestros ojos.

¿Qué le quedaba al pedrismo como tabla de salvación mediática? La famosa comisión de reforma territorial que Mariano le entregó a Pedro cual caramelo envenenado sin que este último oliese, ni de lejos, el evidente tufo a podrido. Albert Rivera ha sido el ejecutor cuando decide irse de la comisión y revela los motivos: el veto reiterado del PSOE de Pedro Sánchez a históricos como Guerra, Ibarra o Bono. Algunos de los pedristas con algo más de sentido de la oportunidad le pidieron que al menos a Guerra no lo vetase, pero la naturaleza del escorpión siempre es más poderosa que su propia supervivencia.

Por lo que, la segunda etapa del pedrismo vuelve a demostrarnos que se empecina en su desmemoria histórica, repitiendo hasta la saciedad eso del “nuevopsoemáspsoe”, y dejando en las redes a una jauría sectaria insultando a todos los grandes referentes del socialismo español para mayor gloria de alguien llamado Pedro Sánchez. El eslogan, por desgracia, no cuenta más que mentiras: ni esto es nuevo, ni esto es el PSOE, ni, por supuesto, es más PSOE. Pedro y su claqué orgánica quieren borrar las huellas de los grandes políticos que hicieron grande al socialismo. Pero en este “negocio” hay una fórmula que suele ser casi exacta: cuanto más huye uno del pasado, este más le persigue; y cuánto más obsesionado está uno por ser el futuro, menos lo alcanza. Creo que esta lección no la dieron en la escuela.

Marcial Vázquez, politólogo

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