La corrupción en el Partido Popular

Los últimos acontecimientos relacionados con la corrupción en el Partido Popular de Madrid nos arrojan a la cara dos hechos tan crudos como incontestables: el primero es bastante evidente y es que la corrupción en el PP (sobre todo en determinadas regiones como Valencia, Baleares o Madrid) no es cuestión de hechos aislados más o menos desafortunados.

La corrupción en Partido Popular ha sido un fenómeno estructural y arraigado en el funcionamiento cotidiano de este partido. No puede explicarse de otro modo que todos los Secretarios Generales del PP de Madrid en los últimos 20 años estén en prisión o procesados. O que todos los tesoreros nacionales de los últimos 30 años estén encausados. Ningún partido, puede presumir de semejante historial. Ni siquiera la Convergencia de Pujol.

La segunda conclusión es más sutil pero mucho más trascendente. Me refiero a que el PP tiene, ante sí mismo y ante la sociedad española, una reflexión pendiente de hacer sobre la forma en la que ha gestionado todo el ingente reguero de casos de corrupción que le viene afectando desde hace años. Concretamente, desde hace 8 años, cuando el juez Garzón destapó la trama conocida como Gürtel, el patrón de comportamiento es el que reflejaba aquella delirante foto del 11 de febrero de 2009 en la que Rajoy rodeado de toda la dirigencia del partido, proclamó en Génova que la Gürtel era, en realidad, “una trama contra el PP”.

En otras palabras. A cada caso de corrupción llamativo, el PP actuó siempre de la misma forma. Primero, negando airadamente los cargos. Segundo, arremetiendo contra la policía (o Rubalcaba preferiblemente), los jueces o los fiscales no dudando en organizar auténticas persecuciones. Más tarde poniendo cuantos obstáculos procesales fuesen precisos para que los sumarios no avanzasen (basta recordar que fue expulsado de la causa Gürtel por ejercer fraudulentamente la acusación) y por último dilatar hasta el último segundo, la asunción de responsabilidades políticas.

En este punto, es preciso ser muy claro. ¿Alguien puede decir que la detención de Ignacio González le ha sorprendido? ¿Alguien dudaba que algún día aquel tipo que se paseaba por Colombia trajinando bolsas de basura o al que le aparecían áticos de lujo en Marbella regalados por arte de birli birloque? Nadie puede afirmar que lo ocurrido le haya pillado de sorpresa sin ruborizarse y, sin embargo, con todo ese bagaje el Partido Popular no dudó en designarle presidente de la Comunidad de Madrid tras la dimisión de Esperanza Aguirre y sólo le negó la candidatura cuando las encuestas le empezaron a augurar un desastre épico.

Pero esta incapacidad para asumir responsabilidades políticas no sólo ha afectado a la credibilidad del PP como partido, sino que está en la raíz de la desafección política que se ha vivido en este país en los últimos años. La justicia, a la que a menudo se pone irresponsablemente en cuestión, ha actuado y ha destapado un número importante de casos de corrupción.

Pero la justicia tiene sus tiempos y esos tiempos difícilmente pueden verse acelerados en este tipo de procesos, habitualmente complejos y con ramificaciones que hacen que cualquier sumario medianamente bien atado se tome unos años. Años en los que, no asumiéndose responsabilidades políticas y dimisiones, se extiende la idea errónea de que existe un margen de impunidad. Se trata de una idea, repito, equivocada, pero difícil de cuestionar cuando los cargos bajo sospecha se atrincheran en sus puestos durante tiempo y tiempo y más aún cuando los partidos cierran filas en torno a ellos, provocando una justificadísima irritación en la ciudadanía.

España necesita al Partido Popular. Personalmente me encuentro en posiciones ideológicas enormemente alejadas de las que representa el PP. Pero este partido representa a millones de españoles, que no tienen que ver nada con la corrupción y que, es más, no les gusta, pero que no tienen otra opción política que les pueda representar. Sería injusto y estúpido pensar que 7,5 millones de españoles aprecian la corrupción o la consideran algo menor.

Por eso es imprescindible que los dirigentes del PP hagan una reflexión sobre cómo han gestionado esta cuestión. Una reflexión que asuma que la corrupción ha estado incrustada en la médula del partido y que bajo ningún concepto ha sido nada parecido a una manzana podrida en un cesto limpio. Una reflexión que les lleve a asumir sus errores, a pedir disculpas y a asumir responsabilidades políticas.

¿Soy ingenuo pidiendo esto? Nada más lejos. Soy consciente de la dificultad de que esto suceda. Sin embargo, nadie debería perder de vista que mientras eso no se produzca, el sistema político seguirá en estado de excepción. Que mientras el principal partido del centro derecha español siga pretendiendo caminar sobre las aguas fétidas de corrupción en las que vive, como si no fuese con él, siempre habrá alimento para populismos que lleven al país a situaciones de bloqueo y colapso institucional. Por tanto, es la responsabilidad del PP para con sus votantes, pero también para con todo el país lo que debe exigirse con la mayor rotundidad posible.

Horacio Royo

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