José Luis Esteban: “El teatro es un enfermo que tiene una mala salud de hierro”

El actor zaragozano José Luis Esteban

Con 53 años a la espalda, el actor y dramaturgo zaragozano José Luis Esteban ha pasado por los grandes escenarios de muchos rincones de España e, incluso, del extranjero, coleccionando grandes personajes. Ha interpretado obras como El Buscón de Quevedo, Luces de Bohemia de Valle Inclán, Ricardo III de Shakespeare y Arte de las putas basada en un poema de Fernández de Moratín. Pero no solo ha actuado sobre las tablas, sino que también se ha aventurado a colocarse frente a las cámaras para series de televisión como Los hombres de Paco y Hospital Central o películas como Altamira protagonizada por Antonio Banderas. A pesar de llevar ya 30 años en la profesión, José Luis reconoce seguir teniendo las mismas ganas que el primer día.

¿Cuándo y por qué decidiste empezar en el mundo del teatro?
Cuando tenía diecinueve años estaba estudiando segundo de filología hispánica y ya había empezado en el instituto a hacer teatro. Yo era un chaval muy tímido, no tenía muchas habilidades sociales y descubrí que encima del escenario podía desarrollar un algo, aún no sé muy bien cómo llamarlo, que podía atrapar la atención del espectador. Podía convertirme en algo que no era yo exactamente. Me fascinó ese proceso porque el José Luis que yo conozco es incapaz de subirse a un escenario, sin embargo, apareció otro señor que no solamente era capaz de subirse al escenario, sino que, encima, se lo pasaba muy bien. Una cosa llevó a la otra. Esperé a terminar la carrera, lo que para mí ha sido muy importante para desarrollar mi carrera en el escenario y ya liarme a estudiar teatro y perderme definitivamente.

¿Cuáles han sido o son tus referentes en este mundo?
Desde las películas de Simbad el marino que veía desde crío hasta todas las novelas de Julio Verne que me leí con doce años. También todo lo que he leído y visto posteriormente, no solamente en teatro, sino en televisión, en cine y la música. Todo, de alguna manera, ha creado en mí un sistema de referencias que son los que me guían en el trabajo que está fundamentalmente basado en intentar que al espectador le merezca la pena pagar el precio de la entrada por venir a verme.

En su momento me impresionó mucho Darío Fo, que es Premio Nobel de Literatura. Es una especie de bufón, clown y gran show man de la palabra que me influyó muchísimo. También los espectáculos del Berliner, The Living Theatre, el Piccolo Teatro de Milán, The Omnibus. Los grandes actores españoles que yo vi cuando era crío en el escenario: José Bódalo, Jesús Puente, José María Romero, todos ellos fueron modelos para mí y ahora pienso, como mucha gente que está en el oficio, que el gran teatro moderno, el gran cine moderno, la gran literatura moderna se está haciendo en las series de televisión, en las nuevas plataformas y los nuevos portales de consumo: Netflix, Movistar, HBO, etc.

¿En qué encuentras la motivación para embarcarte en una nueva obra?
Una muy sencilla: tengo que pagar las facturas a final de mes. En mi profesión siempre estamos pensando: ¿Qué será lo siguiente?, porque nuestro trabajo no es ni seguro ni estable ni fijo ni previsible. Este oficio es muy sorprendente y no sabes nunca lo que puede pasar. Yo ahora mismo, que estoy metido en cincuenta guerras distintas, estoy pensando, sin embargo, de qué irá la guerra quincuagésimo primera, la que se va a avecinar después de esas cincuenta.

Dentro de todo eso, lo que más me fascina son los personajes. Digo muchas veces que soy un actor de personajes. Es una obviedad, porque todos los actores son de personajes, pero a mi me fascinan mucho, sobre todo, los grandes personajes del teatro universal que he tenido suerte de haber podido interpretar y, en lo que me queda de carrera, aún espero hacer unos cuantos más. He sido Ricardo III de Shakespeare, Latino de Hispalis de Luces de Bohemia, Rafael Moreno Villa en la Colmena Científica en Madrid en el centro gráfico Nacional, Don Pedro en la Comedia Nueva en la compañía Nacional de Teatro Clásico, ahora estoy haciendo de Segismundo en la Vida es Sueño. Muchos grandes personajes, son esos grandes personajes que hasta una persona que no va al teatro diga: me suena a mi el tal Segismundo. Con eso soy un poco fetichista, me gusta coleccionar grandes personajes.

¿Cómo ves el teatro actualmente? ¿Por qué crees que tiene menos público que el cine? ¿Cuál crees que sería la solución a este problema?
Últimamente siempre que me lo preguntan respondo lo mismo: Había un poeta español, que murió ya, que fue premio Nobel de Literatura. Se llamaba Vicente Aleixandre. Era un tipo muy hipocondríaco, estuvo gran parte de su vida en la cama sin levantarse. Le preguntaban: “¿Cómo está Don Vicente?” y decía: “Yo tengo una mala salud de hierro”, porque no había manera de que se muriera con lo malo que estaba. El teatro yo creo que es un enfermo que tiene una mala salud de hierro: el momento no es bueno, pero si el momento no es bueno para los habitantes de este país, sería mucho pedir que fuera un buen momento para el teatro, que, en definitiva, no es más que el reflejo y el espejo donde se mira cualquier sociedad. ¿Su futuro? El que el espectador quiera. Yo necesito básicamente espectadores que estén dispuestos a pagar el precio de una entrada, casi por encima de empresas que estén dispuestas a pagarme el sueldo.

La necesidad de oír historias y de asumir ficciones que no solamente explican el mundo que nos rodea, sino que nos explican también a nosotros mismos, es una necesidad del ser humano desde que éramos prácticamente primates todavía. Tenemos que procurar que, a pesar de lo caras que son las entradas y lo difícil que resulta para una persona decidir entre todas las ofertas de ocio acudir al teatro, lo que ofrecemos desde el escenario sea algo tan poderoso, tan atractivo y tan revelador que la gente diga: En vez de irme al parque, al cine o en vez de quedarme en casa viendo Netflix, me voy a ir a gastarme los 12, 15, 20 o 25 euros que cuesta la entrada al teatro.

Entonces, ¿prefieres hacer cine o teatro?
Teatro, teatro, teatro (repite en numerables ocasiones). A mí me gusta muchísimo todo, muchísimo (insiste). El cine me gusta muchísimo, iba a decir que es una excitación muy grande, pero es difícil excitar a un cine cuando tienes que estar esperando seis horas a que te toque entrar en plano. No conozco ninguna droga tan poderosa como la sensación de estar en el escenario. Es una sensación que es muy difícil de explicar y de compartir de una manera verbal, pero que cuando estás ahí y la sientes es una cosa muy poderosa. El teatro, el aliento del público, la energía del público, el saber que está ahí, el saber que yo puedo intervenir de alguna manera sobre sus vidas durante un pequeño espacio de tiempo es un veneno que es muy difícil de soportar.

¿Qué hace que una obra sea un buen espectáculo?
Jo, decía Luis Buñuel, que es un Dios (yo no creo en Dios, yo creo en Luis Buñuel), que básicamente somos un ochenta por ciento de química y un veinte por ciento de misterio, es decir, cosas que pueden explicarse perfectamente, como reacciones, y otra parte que es imprevisible, que es misterioso, que no sabemos a qué obedece. Yo creo que algo así ocurre en otros muchos órdenes de la vida y en el arte, desde mi punto de vista, con mucha claridad. Las razones por las que un espectáculo sí gusta y otro no, habiendo invertido el mismo esfuerzo, el mismo talento, la misma cantidad de dinero, etc., son inefables (que dirían los místicos). Es una cosa muy misteriosa que no se puede saber y está bien que así sea, porque yo creo que el arte no debe ser una ecuación o una fórmula. Esa especie de incertidumbre que siempre tenemos y que no cesa nunca, es una de nuestras cualidades, es esa búsqueda constante de la certeza en nuestro trabajo.

¿Cuál es el personaje y la obra que más te han llenado?
Hay dos. Uno el que cambió mi carrera de alguna manera fue Ricardo III de Shakespeare. Ricardo III es uno de los grandes hijos de perra del teatro universal, malvado, asesino, manipulador, un tipo fascinante de hacer. A mí me parece que los malos son siempre los grandes personajes, y ese personaje, aparte de que disfruté y trabajé como un demonio, me cambió la carrera. Yo iba dirigido a ser un actor de provincias, que trabaja más o menos, y ese trabajo fue un trampolín que me abrió las puertas de Madrid, poder aspirar a trabajar en la Champions League. Y luego, aparte de Ricardo III, yo llevo una línea de monólogos de clásicos actualizados para poder ofrecérselos al espectador desde el punto de vista del siglo XXI, y el primero que hice fue El Buscón, basado en un texto de Quevedo. Fue un trabajo que me ha dado muchísima satisfacción, hicimos muchas funciones, gustó muchísimo y ese personaje me ha marcado mucho también. Sobre todo, a la hora de establecer un código referencial en el que yo me apoyo cuando realizo los monólogos de los clásicos y me dio la oportunidad de establecer un juego muy entretenido con el espectador.

¿En algún momento de tu trayectoria te has planteado cambiar de profesión?
Puf. Claro, claro. Ahora ya no, que es tarde, pero muchas veces. Sobre todo, en los primeros años. Este oficio es muy difícil, mucha gente se ha quedado por el camino. Yo ya tengo una edad, tengo 53 años y llevo 30 en el oficio y he visto a muchos compañeros y compañeras que se han quedado por el camino, que no han podido pegar el peaje que esta profesión te exige. El peaje humano, familiar. Mi familia ha tenido que soportar muchas ausencias, mucho viaje, mucha presión, y mucha incertidumbre: ¿De dónde saldrá el siguiente trabajo?

Sobre todo, en los quince primeros años de mi carrera decía, “A ver, soy filólogo, me gusta dar clase, ¿por qué no me dedico a ello y me dejo de tanta gaita?”. De hecho, llegué a dejar el oficio antes de que naciera mi hija. En el 96 pasé una crisis a muchos niveles, y decidí que lo dejaba. Estaba harto. No podía más con el teatro. Lo dejé, entonces ya conocía a mi mujer, nos abrimos un negocio los dos, pero exactamente al tercer día de abrir nuestra papelería, entró por la puerta una chica a la que yo no veía desde hace años, que era productora y estaba poniendo en marcha un proyecto muy ambicioso de un espectáculo. Ella me dijo: “Pero ¿qué haces aquí José Luis Esteban vendiendo periódicos y no en el escenario?”, le dije: “¡Que no!, ¡Que lo he dejado”, y me contestó: “Pues que sepas que si quieres tengo un trabajo que ofrecerte”. Yo lo intenté, pero el teatro me vino a buscar hasta los sitios más insospechados.

Si mañana te tocase la lotería y tuvieses tus gastos cubiertos de por vida, ¿seguirías actuando?
Por supuesto. Es una de las satisfacciones más grandes que yo tengo. Yo no me voy a jubilar, no estoy esperando los 65 o los 67 para decir: Me voy ya definitivamente a Benidorm. Si tengo salud, que es lo único que le pido a la vida, no voy a dejar de trabajar nunca, aunque me arruinase (como ya lo hecho otras veces). Me siento tan ilusionado como cuando tenía 25 y con la misma pasión. Es muy difícil desengancharse de esto.

Noelia Muñoz Marco / Ainhoa Bacaicoa Cristóbal

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