Izquierda conservadora

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La figura política de Emmanuel Macron está por escribir. A la hora de escribir estas líneas ni tan siquiera es posible afirmar que sea el próximo presidente de la República de Francia, por mucho que las encuestas apunten en esa dirección. No obstante, su trayectoria hasta llegar a la segunda vuelta de las presidenciales como el candidato más votado resulta sorprendente y no exenta de dudas.

Quizá mayor sorpresa provenga del hecho de que habiendo sido el ministro de Economía de un gobierno socialista como el de Hollande, vilipendiado a derecha e izquierda por su política económica (unos por izquierdista y otros por derechista), sea ahora el candidato más votado. Tampoco deja de sorprender, que el candidato socialista Hamon, crítico hasta promover una moción de censura contra el Gobierno de Valls, haya recabado menos votos procedentes de votantes socialistas de 2012 que Macron.

Pero quizá uno de los elementos más llamativos de Macron tiene que ver con su posición ideológica. O mejor aún, cómo describe su posición ideológica. Macron rechaza la división clásica entre izquierda y derecha, algo que ya hizo aquí con notable éxito, el Podemos de Errejón. Macron habla constantemente de progresistas y conservadores, distinguiendo aquellos que quieren avanzar y reformar el país y aquellos que quieren conservar las cosas como están.

Vaya por delante que no tengo duda de que existe una izquierda y una derecha y que, en mi opinión, ese eje de la dialéctica política sigue teniendo valor. Pero creo que el éxito de Macron ahora y antes de Podemos, sí nos debería hacer pensar que el mismo probablemente resulte insuficiente. Y es que Macron, al hablar de progresistas y conservadores nos plantea una pregunta: ¿es posible ser de izquierdas y conservador? ¿De derechas y progresista?

En esa pregunta residen muchas claves de los últimos fracasos de la izquierda socialdemócrata ya sea en España, en Francia o presumiblemente en Reino Unido. Y en parte, algunos de los éxitos de líderes como Renzi, Obama o, en el fondo, el propio Macron.

Durante la crisis económica, buena parte de la izquierda socialdemócrata ha adoptado un discurso literalmente conservador, en el sentido, de que se ha limitado a plantear la preservación de los logros conseguidos años atrás ante la amenaza de la austeridad. Un planteamiento justo y fundado pero que ha terminado siendo una actitud reactiva, limitando a poner en valor lo hecho en el pasado lejano y cuestionándose el pasado inmediato (los gobiernos de Zapatero, Hollande o Blair-Brown).

El resultado ha sido letal como hemos visto. Los jóvenes, golpeados por la crisis, no han encontrado en esos discursos nostálgicos, ninguna solución a sus problemas y puestos a ser contestatarios han preferido opciones más genuinamente rebeldes (Podemos o Melenchon).

Esta realidad nos debería llevar a poner en cuestión que los problemas de la izquierda moderada se expliquen por haber sido “más o menos de izquierdas”. El debate debe girar sobre cómo somos capaces de ofrecer un horizonte futuro a quienes, a día de hoy, no ven en los partidos tradicionales de la izquierda socialdemócrata una solución.

En 1982, como en 2004, el PSOE fue capaz en España de ofrecer ese horizonte. Europa, la modernidad, la cultura, el estado del bienestar, los derechos civiles, la dependencia, la paz, las libertades…. Fueron banderas esgrimidas por los líderes socialistas españoles para atraer a millones de españoles. Millones de españoles de izquierda, pero no sólo. Millones de españoles que creyeron con su voto estar impulsando un cambio.

Nada de eso ha ocurrido en las últimas elecciones, el socialismo español, como el francés o británico ha pedido el voto por lo que fue y además con cierta memoria selectiva. Honestamente, pocas personas pudieron encontrar motivos razonables para votar al Partido Socialista, más allá del miedo a un Podemos radicalizado y oportunista, que era y es, como Melenchon en Francia, la mejor garantía para la derecha.

Posiblemente, hoy sea más complicado encontrar esas banderas. Como sostiene el profesor Rafaele Napoli, la socialdemocracia es víctima, en cierto modo, de su propio éxito. Pero es posible encontrarlas. El medio ambiente, la economía digital, los derechos de los trabajadores en el marco actual económico, la reducción de jornada, la conciliación familiar, el transporte urbano… Son cuestiones próximas a mucha gente y que pueden conformar un horizonte atractivo para todos aquellos que no están dispuestos a votar por el pasado.

El espacio político de la izquierda moderada, como ha demostrado el candidato Macron, existe y es mayoritario. El problema es que puede ser ocupado por el centrismo o por la izquierda radical, si los partidos de izquierda moderada no son capaces de ofrecer un futuro propio. Y si no es la propia izquierda la que ocupa ese espacio, el margen de decepción será mucho mayor.

Por Horacio Royo

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