Hay un tren que lleva a Pau

Blog Basanta con B

A los pies del boulevard de los Pirineos, nos encontramos la estación de SNCF. Desde el mirador del medio día podemos ver los colosos pirenaicos, con el Midi al frente. Majestuosa y hostil, Pirene se muestra inexpugnable.

Bajamos a la playa de vías, paseamos por los andenes y miramos los carteles de “Departures”.  Bourdeux, Bayone, Tarbes, Toulouse, París.  La ciudad del medio día se abre al mundo.

En un cartel un pequeño pero moderno tren anuncia salida a Bedous. De allí a la estación internacional solo distan treinta y cinco kilómetros. Ponemos camino al sur, dejando atrás el Palau Beaumont y el Castillo de Pau.

Estamos tan cerca, ya no falta casi nada, casi podemos enlazarnos con las manos. Después de tantos años casi lo hemos conseguido. Paramos en Oloron, estando en Le Café Boulangeri Cazolet desayunamos con la concesión de las subvenciones para los estudios necesarios que llevarán al inicio de las obras de la reapertura en 2020.

Recuerden esa fecha porque es telúrica, es el comienzo de un nuevo horizonte. El Canfranc es emoción, es el recuerdo de los tiempos que no volvieron, el silencio y el olvido, caminos de hierro cubiertos por el óxido y la hiedra.  El tren es vida para estos valles, para estos pueblos, para estas tierras que se dan la espalda, para esos pueblos que esperan ansiosos el abrazo. Es turismo, naturaleza, intercambio.  Es justicia para aquellos que tuvieron que huir del hambre, de la guerra, de la muerte o del pantano. Es el camino de regreso de los tiempos. Pero no solo es eso.

Lograr reabrir la línea internacional, es un objetivo de carácter estratégico y económico, la apertura de una vía de comunicación por ferrocarril. Aunque no sea de alta capacidad, nos permite completar e integrar nuestra apuesta estratégica por la logística. Pone a Zaragoza en los mapas de distribución de los gestores logísticos de toda Europa. Quiero recordar al lector, que el trasporte de mercancías por tren no es una excentricidad en Europa tal y como lo es en España.

Lograr abrir la línea significa una apuesta por la sostenibilidad, por un nuevo modelo de trasporte y por un ferrocarril útil. Significa la vuelta de Aragón a la centralidad en una España bipolar, afecta y rota por movimientos centrípetos y centrífugos.

Pero sobre todo el Canfranc es el retorno a la confianza en este país con nombre de río, es la superación de la fatalidad, la superación de un destino a veces trágico.  Es el símbolo de la victoria de la voluntad frente al infortunio y la complacencia. La derrota del conformismo y del mirar hacia otro lado. Se trata de la máxima manifestación de la de la convicción de permanencia. Es la victoria de esta comunidad de destino en la resistencia, ante la nieve, el solano, el vendaval o el sofoco.

Por suerte ha sido ahora, ha sido ahora quizá porque no podría ser de otra manera, o porque no podía ser en otro momento o tal vez porque se ha trabajado en serio, porque nuestros políticos se han dedicado al trabajo silente. Al trabajo bien hecho.

Esta vez se han dejado a un lado la palabrería y se han puesto el mono, esta vez han tendido manos y reconstruido puentes. No puedo dejar de recordar a Alain Rousset, a José Luis Soro o a Javier Lambán.

Salimos de Oloron adentrándome en el Aspe. Me trasportan los olores, los paisajes y los sonidos hasta que finaliza el trayecto en Bedous.  El camino queda cortado, las vías están herrumbrosas, los puentes están caídos, los túneles repletos de arañas y murciélagos.

Subo al coche, no me queda otro remedio, y cruzo por el puerto viejo, por Candanchú. El túnel moderno es muy aburrido y por fin llego a la estación internacional. La estación es imperial, majestuosa, inabarcable. Probablemente el más bello monumento ferroviario de España.  Símbolo de muchas cosas, pero sobre todo símbolo de futuro.

Un pequeño y destartalado tren de juguete hace su entrada en la estación, mientras bajamos hacia los valles, dejamos atrás montañas, pueblos y mallos.  Pantanos inútiles y ríos vivos. Reivindicaciones y gritos. Mientras descendemos el Gállego en esta especie de tren de la bruja, creo escuchar los llantos de aquellos que tuvieron que abandonar su tierra.

Sonrío pensando que ya no falta nada, que el camino está acabando. Sueño despierto con un tren que abra caminos, que derribe muros y fije fronteras.

Sueño con el inicio de las obras, con el 2020, con la reapertura, con la internacional de Canfranc llena de vida.  Sueño despierto con que no tengamos que volver a soñar.

Los carteles anuncian Zaragoza, me bajo en Delicias con el anhelo y la esperanza de contemplar junto a mis hijos y nietos el medio día francés desde un tren que salga de Zaragoza y cuyo destino sea Pau.

Miguel Serrano, analista político

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