¡Eres un demagogo!

Entre todas las palabras que se cuelan en nuestras conversaciones podemos destacar sin duda la palabra “demagogia” (a modo de insulto). Es pertinente saber de dónde viene y si siempre ha tenido carácter peyorativo.

Es innegable que la política tiene actualmente un gran peso en nuestras vidas. Hace tan solo un tiempo este tema de conversación había sido desterrado a una parcelita de tiempo nimia, concretamente un día cada cuatro años. En esta fecha, como si de un ritual se tratase, las mismas acciones y argumentos consolidaban –al menos aparentemente– la Fiesta de la democracia. Sin embargo, de manera muy repentina aquí está el asunto y llega para quedarse. Podemos afirmar sin lugar a dudas que en muchos aspectos la política es nuestro referente. De esto, no escapan las palabras. Las modas no dejan indiferente a nadie y nuestro vocabulario no es una excepción; usamos en conversaciones con la vecina del cuarto las palabras con las que se atizan los diputados en el Congreso.

Demagogia ha sido una de las palabras estrella y más de uno la ha descubierto gracias a los tertulianos, para muchos de los cuales este recurso es el idóneo si quieren imponerse en un debate. Me parece estupenda. Si tuviera que recriminarle algo a esa gente que no recoge los desperdicios de sus animales en los parques, es la ofensa más culta que se me ocurre. Culta, pero no nueva. La palabra demagogia procede de dos términos existentes en el griego clásico: demos (habitualmente se traduce como pueblo –los autores clásicos no se refieren al cuerpo cívico sino a los pobres poco instruidos– pero tiene múltiples acepciones) y cratos (conducir). En demagogo se añade el sufijo –o para indicar el agente, quien realiza la acción. Es decir, etimológicamente demagogia significa “conducir al pueblo” y aparece por primera vez en Los caballeros, de Aristófanes (424 a.C).

En principio, remontándonos a la Grecia Clásica, se trataba únicamente de un orador que convencía a la gente; el carácter positivo o negativo del individuo dependía de sus intenciones. Sin embargo, en el mismo periodo, esto no tardaría en cambiar. Adquirió exclusivamente un tinte negativo pues se configuraba como la degeneración del sistema democrático. Si recurrimos a Platón nos señalará que se manifiesta de manera ligada a la democracia, sistema político despreciado por el autor ya que consideraba que no era legítimo que cualquiera pudiera intervenir en las decisiones tomadas por el bien de la comunidad. Según Platón no todo el mundo puede tomar decisiones igual que no todo el mudo diagnostica enfermedades. La masa para Platón es un poco lerda y bastante reprobable moralmente pues no es capaz de hacer prevalecer la parte racional del alma sobre la irracional. Propone el autor junto con sus seguidores el dominio por parte de los más preparados. Quien reclama esto suele incluirse en este grupo.

Aristóteles, siguiendo la línea de Platón, asumirá la demagogia no solo como una cuestión plebeya sino que la entenderá como una de las posibles formas que adopta el gobierno democrático. La primera característica de este tipo de sistema es que el poder recae en la masa –no en la ley– y por tanto el poder de la masa puede sobrepasar a la ley, que se convierte en algo cuestionable. Los demagogos consiguen que la llamada Asamblea popular se posicione por encima de la ley. Otro rasgo es que en una democracia demagógica “los muchos” son tomados como soberanos en conjunto y no como individuos, ilustra además esto con un ejemplo de la Iliada en que el pobre Odiseo (sabio Ulises) se tiene que encargar de calmar a una masa vociferante, nada que ver con el consejo de los Aristoi: un selecto grupo de cabezas pensantes. Plantea Aristóteles una relación entre la demagogia y la tiranía pero como solución no propone una tecnocracia sino que llama a un gobierno del pueblo que se ajuste a la ley.

Hoy, demagogo, ha dejado de ser un término especializado. Continúa siendo peyorativo pero hace referencia a aquel que cuenta con medios unidireccionales como el subirse al atril y hablar ante un auditorio o la televisión (aunque tanto la televisión, como la radio, como los blogs actualmente pueden ser bidireccionales, así como las redes sociales). El demagogo actual deja caer afirmaciones no contrastables, es decir, todo aquél que exponga un discurso con datos o argumentos que podemos verificar no es un demagogo. La demagogia estaría más bien ligada a las promesas pero este es un campo fangoso pues hemos de realizar proposiciones para el futuro, el problema es que no estén acompañadas de datos o razonamientos sino que se trate de mensajes simples. Y no, no hablo de Twitter donde el formato no permite demasiada extensión. Quien no es demagogo trata a sus interlocutores como sujetos pensantes y no como una masa exponiendo no opiniones, sino hechos.

Tomando como base el estudio “La demagogia ayer y hoy” de Valentina Pazé (profesora e investigadora en el área de Filosofía Política, Departamento de Cultura, Política y Sociedad de la Universidad de Turín, Italia) obtenemos parte de la información expuesta y se puede llegar a la siguiente conclusión: no es cierto que el demagogo fuera siempre alguien terrible, como se oye en muchas ocasiones. El campo de las palabras, y más de los términos políticos, es muy complejo constando de múltiples sentidos que además son variantes y tratar esto como si fuera la suma de dos más dos resulta insultante.

Cristina Gimeno Calderero

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