El tour mágico y misterioso del autobusito de HazteOír

Cuentan que el autobús de HazteOír va dando vueltas por el mundo -locuelo, escurridizo- y que ya ha llegado a Nueva York. Cuentan que han traducido su mensaje como buenamente han podido, esta vez evitando los términos pene y vulva, pero que la esencia ahí queda. Digo cuentan, porque yo no lo he visto, así que imagino que será verdad. La realidad siempre supera a la ficción, se supone, pero la ficción siempre se adelanta a la realidad. El mejor análisis de la situación lo hizo en twitter Antón Varela (@anton_varela): “Lo de ir por ahí con un bus mágico ya lo hicieron los Beatles en el 67. De nuevo los fachas llegan tardísimo”.

Hablaba, claro, de la película Magical Mystery Tour, en la que los cuatro de Liverpool vivían psicodélicas aventuras en un autobús “mágico y misterioso”, con número musicales, disfraces, humor absurdo y demás asunto ‘beatlescos’. Todo ello dirigido por Paul McCartney, que sabía de cine lo que Rajoy de inglés. La película supuso el primer fracaso en la carrera de los Beatles, pero en el rodaje se pusieron púos -así se dice en mi barrio- a LSD y supongo que por eso ya les cundiría. De todo esto, los españoles no nos enteramos o nos enteramos tarde y mal, porque estábamos ocupados con nuestras cosas de dictadura franquista. El caso es que, claro, ahora nos llega la reposición del autobús mágico y misterioso, versión HazteOír, y no estamos acostumbrados a ver a gente haciendo el idiota ‘on tour’.

También cuentan que a los neoyorquinos, los habitantes de la ciudad más importante del mundo, los más abiertos y modernos del globo, el autobusito les ha dado un poco igual. La modernidad es cada día más estrambótica y no marca el ritmo de NY otro puñado de imbéciles intentando llamar la atención. No ocupará portadas maldiciéndoles, no habrá editoriales en señal de condena, nadie organizará hashtags para pararlo, no protagonizarán el próximo capítulo de ninguna sit com. Simplemente, no son nada en la inmensidad del océano neoyorquino.

Es aquí cuando pecamos de provincianismo, al haber convertido en superestrella a un simple autobús, aunque sea superestrella del mal. Porque a los de HazteOír le da igual lo que diga Malasaña, al igual que a los seguidores de Trump les da igual lo que diga la prensa. Lo que sí les importa es que hablen, bien o mal, pero que hablen: ahí es donde ganan. Es el triunfo de los idiotas.

Un día hace unos cuantos años, vino el que todavía es señor obispo de la diócesis de Málaga, Jesús Catalá, a mi colegio. La idea era acercar a este respetable monseñor a la juventud y nosotros nos frotamos las manos imaginando la cantidad de cosas que podríamos preguntarle a la cara y ponerle en un aprieto. Un compañero de clase, profundamente cristiano y que ahora se ha hecho famoso como embajador de la admirable iniciativa Adoptaunabuelo.com, le preguntó al obispo por el matrimonio LGTB, y tal. El obispo, desatado entre tanto fervor juvenil, soltó que la legislación española era una de los peores del mundo al respecto, que sólo se indica cónyuge A y cónyuge B, que lo mismo pueden ser un perro y un amo, un bebé y un abuelo. Nosotros no nos lo podíamos creer y empezamos a lincharle, es decir, nos quedamos respetuosamente callados en público pero expresamos nuestra indignación por redes sociales.

Algún periodista lo leyó -en el acto sólo había alumnos- y se convirtió en portada de diarios locales, incluso llegó a cadenas nacionales. Recuerdo que, mientras me echaba una novieta de Semana Santa apenas unos días después, salía una tertulia en laSexta sobre la indecencia del obispo. Nosotros estábamos incrédulos: ¡aquello lo habíamos sacado nosotros! Diría que eso fue un gran paso para asentar mi vocación periodística, pero la verdad es que no.

Que les hagamos caso -decía- es el triunfo de los idiotas. Quizá debamos, simplemente, fingir que no existen. Fake it until you make it. La difusión que se ha dado al mensaje mediante el abrumador rechazo general por redes y medios ha sido mucho mayor del que jamás hubieran conseguido solo con el autobusito, haciendo el idiota, psicodélicos, desquiciados, en otra época o dimensión. Quizá nunca debería haber escrito este artículo.

Yo creo que hay una maravillosa historia que contar en los conductores del cachivache, una suerte de Thelma y Louise de la LGTBfobia. Los últimos de Filipinas no fueron capaces de aceptar que España ya no estaba en el siglo XVI y así siguieron, haciendo el idiota. Ojalá los de HazteOír sólo fuesen Los últimos del siglo XVI, pero aún quedan muchos que creen que existen preceptos más importantes que las personas. Recuerdo una pintada en una pared blanca de mi barrio, cuatro palabras que intento rememorar siempre que me tomo algo demasiado en serio: “Tu país no existe”.

Demófilo Peláez, redactor de El Reverso

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