El patriotismo hueco de Rivera

Albert Rivera presenta la plataforma España Ciudadana | EFE
Albert Rivera presenta la plataforma España Ciudadana | EFE

Desde que el independentismo catalán adquirió casi hace un año, su actual velocidad de crucero hacia ninguna parte era inevitable que, antes o después, se produjese un efecto rebote en el resto de España, mediante una u otra forma de reafirmación de la propia identidad con el consiguiente riesgo de un rebrote del nacionalismo español hasta entonces durmiente, como consecuencia de la resaca que el atracón de 40 años de nacionalcatolicismo trajo consigo.

El sentimiento identitario es uno de los más potentes catalizadores sociales y la izquierda española (no así la nacionalista, perdón por el oxímoron) ha cometido a menudo el error de instalarse en cierta superioridad moral, obviando cuando no despreciando ese sentimiento. Sin embargo, ha bastado ataque sistemático del independentismo desde una posición de supremacismo más o menos explícito, para que los balcones de muchos barrios no precisamente conservadores, se poblasen de banderas que otrora sólo rescataban del baúl Iniesta o Fernando Torres con sus goles salvadores o para que muchos culés entrasen en una auténtica crisis de identidad ante los posicionamientos separatistas del club.

Seguramente consciente de esa realidad y que ese sentimiento es uno de los factores que le ha impulsado a liderar las encuestas de intención de voto, Albert Rivera se ha lanzado a una carrera por abanderar (nunca mejor dicho) el patriotismo reactivo al supremacismo independentista cuyo máximo exponente fue el acto del domingo 20 de mayo en Madrid. Un acto que ha suscitado en general críticas, algunas de ellas no obstante bastante erróneas. Y es que ciertos sectores, sobre todo de la izquierda, se han apresurado en criticar el discurso de Rivera, (una copia sesgada del discurso con el Barack Obama celebro su victoria en 2008) y la puesta en escena (ciertamente mejorable) arrojando rápidamente a Rivera a las tinieblas de la extrema derecha.

Más allá de que Rivera arriesga situándose en eso márgenes discursivos y corre el peligro de empezar a ahuyentar a votantes progresista a cambio seguir horadando la base del PP, desde la izquierda corremos el riesgo de simplificar (otra vez) el significado del sentimiento de identidad y acabar regalando (otra vez) el patriotismo a una derecha que, invariablemente, lo malbarata transformándolo en patrioterismo hueco.

En más de una ocasión he escuchado a Felipe González afirmar que su principal aspiración como Presidente del Gobierno fue devolver a los españoles el orgullo de su pasaporte. Quienes como él habían vivido la oscura noche del franquismo sabían bien lo que suponía la idea de España y el ser español en aquellos tiempos. Básicamente en anhelar todas las libertades y derechos que otros países brindaban a sus ciudadanos y que España negaba a los suyos. Cuando 10 años después de llegar al poder, España se convirtió en el centro del mundo en 1992, cuando la sanidad, la educación y las pensiones se habían convertido en derechos universales e incluso viajábamos en el puente de mando de Europa y reuníamos a árabes e israelíes en Madrid para buscar la paz aún pendiente, los españoles pudieron sentirse orgullos, al fin de serlo.

En 2006 durante un viaje Italia, experimenté esa sensación de orgullo cuando el dueño del apartamento en el que nos alojábamos nos felicitó por ser españoles, por haber reconocido el matrimonio igualitario y haber salido de la infame guerra de Irak mientras ellos aun intentaban sacarse de encima al Cavaliere que todavía planea sobre la vida política italiana.

A la visión rala del patriotismo de Rivera que apenas pone el énfasis en el hecho casual de haber nacido o de vivir en el país, la izquierda debe poner el foco en una idea de patria al servicio de la ciudadanía, en un patriotismo racional, constitucional en el sentido dado por Habermas, fundamentado en el proyecto de país que queremos construir y no en un simple acto de adhesión. A mí cuando gana mi Atleti me importa poco que juegue mejor o peor, pero ahí terminan mis adhesiones inquebrantables.

Lo peor del discurso de Rivera del domingo no es la caspa que destiló en algunos momentos, ni la torpe copia de un discurso como el de Obama que lejos de buscar la uniformidad reclamaba la pluralidad de los EEUU, sino la ausencia de proyecto más allá de la bandera y de motivos para unir. Fuera de los golpes de pecho patrióticos, no hay motivos de orgullo cuando seguimos a la cola de investigación, de las energías renovables, de la inversión en educación o a la cabeza del empleo precario, de los bajos salarios y del paro juvenil.

Si esto es todo lo que Rivera puede ofrecer, la izquierda socialdemócrata tiene ante sí una auténtica autopista para ofrecer a los españoles un proyecto que compartir. Esperemos que la aproveche.

Horacio Royo

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