El mito falsificado de la II República

Manuel Azaña, último presidente de la II República española | Archivo
Manuel Azaña, último presidente de la II República española | Archivo

Es realmente llamativa la obsesión que tiene cierta izquierda española con la república en general y con la II república en particular. Como casi todo en este país, vivimos en un clima histérico y del malestar donde salirse de ciertos cánones ideológicos o doctrinarios en el marco político supone, automáticamente, el destierro por hereje de la tierra pura prometida por los de siempre. Uno de estos mitos, convenientemente manipulado y falsificado, es la república como forma ideal de Estado donde todos nuestros problemas actuales quedarían mágicamente superados.

Según ciertos doctrinarios de la verdadera izquierda- comunistas en su mayoría- solo en una república- sería la tercera- podría darse una España moderna, laica, con plena igualdad y digna de sí misma. Para ello no explican qué cambiaría el hecho de que en vez de un Jefe de Estado hereditario, tuviéramos otro electivo. Simplemente se limitan a repetir consignas y eslóganes vacíos como si fuesen autos de fe, y se amparan en ese recuerdo idílico de una II República que si no hubiera sido por el golpe fascista de Franco y sus militares habría llevado a España a una democracia plena y avanzada en el período de entreguerras.

Este año, llegado el pertinente 14 de abril, hemos presenciado una polémica absurda entre el PSOE de Pedro Sánchez y las Juventudes Socialistas, en una especie de dialéctica estéril donde los “menores” pedían la llegada ya de la III República y los “mayores” les aconsejaban que se preocupasen de otras cosas más importantes. Pero la realidad es que el infantilismo ideológico y la incultura histórica es algo propio de aquellos que están obsesionado con ese mito de la II República y no pierden la ocasión de repetirse hacia la saciedad con lo de la III. Vayamos por partes.

Cuando hablamos de la reforma de la ley de la memoria histórica que propone el nuevo PSOE más PSOE de Pedro Sánchez, solo podemos observar la gravedad democrática de un partido que pretende imponer por ley una versión oficial, única y excluyente de un período de la historia de España que va desde 1936 hasta 1975. El derecho de los familiares de las víctimas perdidas en cunetas a lo largo del país a poder encontrarlos y enterrarlos como se merecen ha sido la coartada perfecta para que algunos busquen enterrar la libertad de cátedra y de opinión en nombre, claro está, de la Democracia.

Que el trasnochado Partido Comunista heredero de Anguita y servil de Garzón no tuviese más argumento que intentar reescribir la historia ante su impotencia de dictar el futuro, era algo que teníamos ya asumido. Pero que el Partido Socialista haya entrado en una especie de carrera para ver quien combate más y mejor a Franco, solo resulta ridículo además de ser trágico para un partido que siempre aspiró a ser gobierno, es decir, a gobernar el futuro. Hay quien apostaría por dejar la historia para los historiadores, pero también entre estos últimos encontramos sin demasiado esfuerzo catedráticos del rencor y del falseamiento del pasado compitiendo en deshonestidad con apologetas del franquismo como Pío Moa. Los historiadores rigurosos y serios que aún existen parecen arrinconados y ahogados por la marea de ambos extremos, sin que podamos los españoles conseguir, por fin, un reencuentro crítico y sincero con nuestro más reciente pasado.

Una de las preguntas que más suelo hacerme es por qué los historiadores de la izquierda no están a la altura deontológica que la lectura de la historia les demanda. Hay casos, obviamente, donde es evidente la falta de cerebro y el desconocimiento absoluto del pasado y de lo que pasó por parte de los jóvenes republicanos.

Pero si hablamos de los referentes que utilizan para escuchar y aprender sin el esfuerzo de leer libros, consultar fuentes y descubrir la verdad por sí mismos, la prevaricación académica que demuestran es irrefutable. La II República estuvo lejos de ser ese régimen democrático pastoril que la derecha cerril embistió hasta derribarlo. Desde 1931 a 1936 sucedieron una serie de hechos que llevaron a la República a un colapso casi seguro aunque Franco no hubiera dado el golpe de Estado. Aun contando con una de las mejores generaciones de políticos en primera línea de la vida pública, las tensiones de los extremos marcaron el desarrollo de un sistema político ineficaz y desequilibrado.

¿Quiénes fueron en todo momento leales a la República? Claro está que nunca lo fueron los fascistas, pero los catalanes intentaron en dos ocasiones la secesión unilateral del resto del territorio; los socialistas se veían divididos en dos facciones, triunfando la visión más radical de Largo Caballero al final de la contienda y durante el golpe en Asturias del 34; y qué decir de los comunistas, al servicio de Moscú y con inexistentes intenciones democráticas a medio y largo plazo. Parece, en definitiva, que se quiere silenciar los errores y los crímenes cometidos en el período republicano por la izquierda por si acaso con eso justifican los crímenes, errores y dictadura cometidos y ejecutada por la derecha.

Posiblemente el político más recordado, citado y celebrado por todos los republicanos de cursillo intensivo sea Manuel Azaña, por lo menos en los últimos 20 años. Ahora, a lo mejor, se aplaude más a Companys, a la Pasionaria o a Largo Caballero. Pero aceptando la figura republicana simbólica de Azaña, esto es lo que dejó escrito- entre otras muchas cosas- en sus memorias: “Política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Hablaba de los republicanos de izquierdas.

Marcial Vázquez, politólogo

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