El guardián de los sables democráticos

Durante los inciertos primeros capítulos de lo que ha pasado a conocerse como “la transición española” , muchos de los nuevos arquitectos de ese incipiente Estado de Derecho, temían escuchar una nueva versión del histórico “ruido de sables” que en tantas otras ocasiones había amenazado y protagonizado la escasa y convulsa historia democrática de nuestro país.

No es, por fortuna, el riesgo de un levantamiento militar el que ahora amenaza precisamente a nuestro Parlamento, pero sí que hay una alerta constante, un eco continuo en los pasillos ante la constitucional herramienta de la que dispone el Jefe del Ejecutivo y que no es otra que la posibilidad de disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones.

Los diputados de la XII legislatura, muchos nacidos ya con la democracia, conformamos lo que años atrás parecía ser el escenario querido por muchos españoles, un Congreso sin una hegemonía partidista clara y con la necesidad de articular consensos y mayorías variables y transversales. Esa es al menos la única consecuencia clara que podemos extraer del resultado del último proceso electoral. Pero al mismo tiempo, este nuevo escenario genera también riesgos y lo que es seguramente peor para su desarrollo, incertidumbre.

La legislatura ha comenzado con incertidumbre, con muchas dudas para el Gobierno y no menos para el conjunto de la Oposición Parlamentaria. No hay un clima de confianza entre los diferentes grupos políticos y no hay certeza alguna de que los guiños al diálogo que ofrece el Partido Popular sean fruto de un auténtico cambio de mentalidad después de años de Gobierno absolutista.

Cabe destacar que el principal y casi único apoyo con el que contó Mariano Rajoy en su investidura, se ha llegado a distanciar en votaciones clave en sede parlamentaria, algo que ha generado intranquilidad y desasosiego en las filas populares y que alimenta de nuevo esas voces sobre la fragilidad de la actual legislatura. Votaciones como la de la Reforma de la estiba, la derogación de la Ley Mordaza, la de la reforma educativa o la creación de determinadas comisiones de investigación que afectan fundamentalmente a la financiación de los últimos años del Partido Popular, visualizan la existencia de una mayoría alternativa. Esa que en otro momento hubiera supuesto un cambio de inquilino en la Moncloa y que por razones ya conocidas no llegó a cristalizar, privando a nuestro país de una necesaria regeneración y actualización democrática al estilo de lo que algunos insinuaban podía constituir una segunda transición.

Como debate silenciado de fondo pero continuamente protagonista en la tribuna parlamentaria se cierne el ya enquistado problema territorial catalán. Asunto que ha pervertido más de lo que se cree la posibilidad de articular mayorías parlamentarías estables para cualquiera de los hasta ahora dos grandes partidos de nuestra reciente etapa democrática. Sin duda, el protagonismo de las nuevas formaciones no hubiera sido tal si no tuviéramos entre nosotros el riesgo secesionista de una parte de nuestro territorio y la bandera política que de ello han hecho determinados partidos.

Y mientras tanto, ajeno a sí mismo y a la actual coyuntura política , el “Guardián de los sables democráticos”, el que mejor maneja estos tiempos de tensión para muchos, convulsión para otros, puro cainismo para los de siempre. El que no quiere nunca correr sino dejar que otros corran y tropiecen por el camino. Aquel que mejor se maneja entre la incertidumbre, sabedor de que posiblemente es el que asume menos riesgo porque no juega a casi nada y solo observa la partida, Mariano Rajoy Brey, a pesar de todo y gracias a todos, actual Presidente del Gobierno.

Oscar Galeano, diputado del PSOE en el Congreso de los Diputados

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