El caso de Estela Goikoechea como síntoma

No soy partidario de las generalizaciones cainitas para señalar a España como referencia negativa a la primera oportunidad que se presenta. Pero sí sospecho que dice mucho de nuestra cultura política que la aspirante a vencer en las primarias del Partido Socialista Obrero Español crea (o sepa con certeza) que a conseguir su objetivo le ayudará presumir, en un mitin multitudinario, de haber medrado en él desde que era apenas una adolescente. También dice mucho el hecho de que, entre las miles de jóvenes que pagan una cuota en Juventudes Socialistas, y a las que Susana Díaz podría haber seleccionado como teloneras para la presentación de su candidatura, la elegida haya sido una chavala que un par de días más tarde se vería obligada a dimitir como directora del Observatorio de la Salud Pública de Cantabria por haber falseado su currículum.

La mentira, publicada por Hipertextual, consiste en haber figurado como licenciada en Biotecnología por la Universidad de León pese a no tener la carrera terminada. Esta titulación le habría permitido trabajar, según su currículum, como “becaria de investigación en el proyecto GLENDAMA de la Universidad de Cantabria”, proyecto que en realidad estaba dirigido por su padre y no guardaba vinculación alguna con el ámbito de la biotecnología. Estela Goikoechea se lamentó el domingo 26 de marzo frente al auditorio de IFEMA, minutos antes de dar paso al discurso de Díaz, de que miles de jóvenes españoles nos encontramos desesperados e indignados porque se nos aseguró un futuro esperanzador a condición de que nos formásemos y ahora vemos frustradas nuestras expectativas . Goikoechea también reivindicó el orgullo de pertenecer a las Juventudes Socialistas (JSE), “una organización que nunca ha sido plataforma de lanzamiento de nadie”, en clara alusión a la propuesta del candidato Pedro Sánchez de reformarla para convertirla en “una escuela de buenas prácticas”.

Tras la filtración de las falsedades de su currículum y su dimisión del Observatorio, nadie en el PSOE se ha referido públicamente a Goikoechea para pedir disculpas por haberle otorgado responsabilidades orgánicas y visibilidad mediática en base a una supuesta formación académica y profesional de la que carecía. Ni Susana Díaz, que la paseó como diamante en bruto y uno de sus principales apoyos en el norte de la península; ni la gestora que dirige el partido, que incluyó su inconclusa licenciatura en el documento de la ponencia política para el Congreso; ni la cúpula de JSE cuyo secretario general, el diputado asturiano Nino Torre, va camino de cumplir 33 años pese a que los estatutos de la propia organización limitan su pertenencia a ella a la edad de treinta. Y la joven ha borrado su cuenta de Twitter hasta que amaine la tormenta y encuentre, más pronto que tarde, un nuevo acomodo al abrigo de las siglas con que se identifica desde los dieciséis.

Recuerda Antón Losada que cada día queda más claro que uno de los grandes problemas del PSOE (y, añado, que no nacen en la etapa de Sánchez sino que se arrastran desde hace décadas) es que cobija a demasiada gente que no ha hecho otra cosa en su vida que vivir en el partido. La mentira de Estela, que en la vida pública tiene las patas aún más cortas que en la privada, no es una anécdota aislada sino un claro síntoma de la enfermedad que corroe la calidad de las élites en nuestros partidos políticos, en cuyos sistemas de selección falta transparencia y asunción de responsabilidades. ¿Sabemos quién la nombró directora del Observatorio de la Salud Pública de Cantabria y en base a qué criterios? ¿Quien la seleccionó tenía el conocimiento de que había falseado su currículum? ¿Por qué no ha ofrecido ninguna explicación al respecto? Y lo más importante: ¿cuántas personas sobre las que el periodismo aún no ha puesto el foco siguen hoy trabajando, gracias a una decisión política, como lo hacía Estela Goikoechea?

Hace unos meses el diputado socialista José Andrés Torres Mora publicaba en Infolibre una serie de artículos titulada ‘La traición de las élites a la democracia’. En ellas desarrollaba varias ideas interesantes sobre el estado de las democracias de nuestro entorno y mostraba su preocupación porque la tecnocracia y el populismo han logrado instalar entre ciertos sectores la pregunta de por qué alguien sin estudios universitarios, o sin saber inglés, es diputado o ministro mientras jóvenes con doble titulación y varios idiomas se ven abocados al paro. En sus artículos, Torres Mora resuelve que quienes se hacen estas preguntas no sospechan que “el sentido común que las inspira no es un sentido común democrático”, afirmación con la que a grandes rasgos coincido.

Sin embargo, la inquietud compartida porque algunos colectivos parezcan inclinarse a exigir unos determinados requisitos académicos o profesionales para dedicarse en una institución a la política no debe impedir, a mi juicio, que la sociedad afronte un debate honesto y de fondo sobre cómo están funcionando los sistemas de selección de élites en los partidos y sobre en qué medida su replanteamiento podría mejorar la calidad de nuestra democracia.

Es precisamente la progresiva universalización del sistema educativo, mérito que la propia Susana Díaz atribuyó al expresidente socialista Felipe González, uno de los factores que debería llevarnos a ser más exigentes con la formación –cada vez más al alcance de todos- y el bagaje profesional de nuestros representantes actuales que con el de aquellos que ocuparon un escaño durante la Transición.

Mi posición al respecto es clara: no es realista ni deseable establecer por ley una serie de estándares académicos y laborales que limiten el derecho al sufragio pasivo, que sería tanto como limitar el acceso a la mitad de la democracia y retroceder hacia una democracia censitaria posiblemente indigna de recibir tal nombre; pero sí considero importante que aumente la exigencia de los electores para que nuestros representantes se sientan moralmente obligados a acreditar ese “algo” que les hace idóneos para el desempeño de su actividad. Estas exigencias no habrían de entenderse, en ningún caso, como una puerta trasera que abra paso al descrédito generalizado de la política como profesión y sano compromiso, sino como una manera de promover que quienes ostentan una responsabilidad pública hayan realizado un sacrificio académico que repercutirá positivamente en sus habilidades para gestionar los recursos de todos; o que hayan tenido experiencias laborales como abogados, profesores, camareros o dependientes de supermercado, que reducirán su miedo a reengancharse a la sociedad civil tras prestar un servicio desde las instituciones y corregirán, en alguna medida, la tendencia a votar “por imperativo”.

En el caso de Estela Goikoechea, además, no hablaríamos de una labor de representación directamente otorgada por la ciudadanía, sino que ejercía una tarea más o menos técnica que le fue asignada tras acumular presuntos méritos en el seno de su familia política y con unos criterios que, hasta el momento, son desconocidos.

Esta semana Ricardo Dudda, periodista de Letras Libres , ponía el foco en cómo la retórica de Susana Díaz la convierte en máxima exponente de lo que podríamos llamar “populismo institucional”. Con este populismo también tendría que ver, en mi opinión, la forma en que la candidata a las primarias, con una formación académica mediocre y sin trayectoria profesional desvinculada de la política, escenifica una identificación entre su perfil y el del votante medio al que pretende apelar. Detrás de la reivindicación de la “casta de los fontaneros” suena un eco a favor de los políticos “de abajo” que se parecen a la gente común, pero se esconde la promesa de una movilidad entre sociedad civil y élites partitocráticas que es dificultosa y escasa y la defensa, realmente peligrosa, de los grupúsculos que entienden el poder como fin y su blindaje en las instituciones como medio de subsistencia. El diseño de una estrategia exitosa para elegir buenos padrinos políticos puede ser, como bien saben Díaz y Goikoechea, un seguro y una barrera de acceso más fuerte que cualquier otro requisito.

Alvaro Lario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *