El capitán que abandona el barco.

Via Pais

Hay, a lo largo de la historia, figuras políticas claves para entender cómo un país puede meterse en el pozo de la manera más absurda y delirante. Manuel Godoy, valido de Carlos IV suele ser un modelo de ese tipo de figura gracias a su esperpéntica entrega de la Corona a Napoleón. Recientemente, gracias a la lectura de “La España Vacía” de Sergio del Molino he redescubierto la figura de Francisco Tadeo Calomarde, hispánico Rasputín durante el abyecto reinado de Fernando VII y “autor intelectual” del desastre carlista que culminaría con tres guerras civiles durante el XIX cuyas secuelas están hoy más patentes de lo que a menudo nos parece.

No sé si Mariano Rajoy llegará a esos niveles (quiera el destino que no), pero ciertamente la colección de méritos que viene atesorando en el asunto catalán, le hacen firme aspirante a ello. Y es que desde 2006 casi cada paso, decisión o declaración del Presidente del Gobierno ha supuesto un acicate para el independentismo y una complicación para cualquier intento de solucionar la cuestión.

Justo es reconocer que la principal responsabilidad de cuanto ocurre corresponde a los líderes independentistas, quienes con sus decisiones, han abandonado cualquier espacio de razón y puesto las cosas en unos límites intolerables. Sus decisiones y sus discursos les han situado fuera de la ley y han provocado un incendio que nadie sabe cómo controlar y cuyos daños, devastadores, están aún por evaluar. Pero no sería justo ni supondría pecar de equidistancia, señalar también la catastrófica gestión de Mariano Rajoy.

Decía el otro día el humorista David Broncano que quizá hemos hecho demasiados chistes amables con la figura de un Mariano Rajoy cuya trayectoria política ha consistido, fundamentalmente, en un ejercicio permanente de supervivencia personal. Lejos de la imagen de indolencia que esos chistes amables presentan de Mariano Rajoy, el hoy presidente del Gobierno, trabaja y trabaja mucho, solo que su trabajo no se concentra en el interés general sino en consolidad su supervivencia política.

Prueba de ello fue que tras su derrota en las elecciones generales de 2004, no dudó en utilizar, por una parte la lucha contra ETA y por otra el enfrentamiento contra el Estatut de Cataluña para cohesionar a su electorado y evitar ser puesto en cuestión internamente. La idea que Zapatero al que, en el fondo, negaba la legitimidad de su victoria, alcanzase un acuerdo que solucionara la cuestión catalana por una generación y acabase con terrorismo en plena bonanza económica se tornó insoportable para un Rajoy que veía en esos éxitos su tumba política. De aquellos polvos…

Pero una vez en el Gobierno, Rajoy posiblemente, sea el único presidente al que no quepa acusar de haber cambiado. Para Rajoy, en la oposición o al frente del gobierno, la prioridad sigue siendo sobrevivir. Al contrario de los capitanes de barco, Rajoy no duda en tomar el primer bote. ¿Imagina alguien a Rajoy diciendo que va a hacer algo “me cueste lo que me cueste”?

Sólo así se explica su actitud ante la bola de nieve del procés catalán. Tras haber cebado la bomba con recogidas de firmas, recursos y bloqueos del Tribunal Constitucional, Rajoy se instaló en la inacción más absoluta pese a que, desde 2012, cada día conducía a lo que hoy estamos viviendo. De nada sirvió que en 2013 Rubalcaba le advirtiese de que tenía que moverse o acabaríamos en un escenario de colisión o que, ese mismo año, Durán i Lleida le anunciase que, de no hacer nada, se encontraría, antes o después, con una declaración unilateral de independencia. Para Mariano Rajoy, abrir un diálogo con los nacionalistas catalanes suponía una cesión que su electorado más duro, el mismo al que había alimentado desde 2004 con aquello de (¡qué ironía!) “se rompe España”, no le perdonaría.

Falto de costumbre en hacer política con mayúsculas, Rajoy ha enfrentado la crisis catalana, minimizando riesgos. No para España, sino para él. En lugar de liderar una respuesta política, Rajoy se ha escondido detrás de los jueces, de la policía y en última instancia, del Rey. Y en estas estamos.

Como otros personajes nefastos, Rajoy nos lega una herencia envenenada. Por un lado, una sociedad catalana rota en dos pedazos que cuesta imaginar cómo podrá ser suturada y que afronta una cada vez más evidente sangría empresarial. Pero no sólo. La proliferación de banderas en ventanas y balcones esconde una crispación creciente fuera de Cataluña que advierte una fractura cada vez más emocional entre Cataluña y el resto de España. En otras palabras, un nacionalismo exaltado despertando a otro nacionalismo hasta ahora dormido. Y bien sabemos que eso no suele acabar bien.

Como digo, Rajoy no es el principal responsable de esta tempestad. Esos responsables han de buscarse en la Plaza de Sant Jaume. Pero es legítimo preguntarse si, en medio de la tormenta perfecta, Mariano Rajoy es la persona adecuada para gobernar la nave. Francamente, estoy bastante seguro de que no.

Horacio Royo

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