EDITORIAL: Secuestro a Cataluña

PAU BARRENA AFP

El clima de tensión vivido en Cataluña a raíz de la aprobación en el Parlamento de las leyes del referéndum y de desconexión con el Estado, pone de manifiesto la gravedad de los hechos. La aventura emprendida hace un lustro sobrepasó límites insospechados, retrotrayéndonos a tiempos pretéritos en los que la fuerza se imponía sobre la razón. Resultaba insólito observar jornadas maratonianas en el pleno del parlamento catalán, encendidos debates sobre una cuestión inviable como lo es la posibilidad de una Cataluña independiente.

Causan estupor los gestos de violencia verbal de algunos miembros de la Cámara como es el caso de su Presidenta, Carme Forcadell, extralimitándose de sus funciones, actuando de manera absolutamente parcial y avivando las tensiones, lejos de intentar calmarlas. Llama la atención la huida hacia la nada del Presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, de su número dos, Oriol Junqueras y del resto del Gobierno autonómico, cuyas funciones reales han olvidado por completo. Nos preguntamos hasta donde pretenden llegar los grupos soberanistas a sabiendas de las irregularidades que están cometiendo.

Tal vez los miembros del Partido Demócrata Catalán, la antigua Convergencia Democrática de Cataluña, se arrepientan ya o lo hagan muy pronto de haber llegado tan lejos, de haberse dejado arrastrar al albur de las ensoñaciones de los antisistema. Quizá los hijos del pujolismo deban pagar un precio muy elevado para desviar la atención u ocultar las vergüenzas que tienen a sus espaldas dados los casos de corrupción que les salpican desde hace años y dada la inoperancia de su Ejecutivo, cuyos ajustes en materia de servicios sociales pasan desapercibidos gracias a la locura separatista. Todos recordamos como en 2012 Artur Mas decidió asistir a la manifestación de la Diada en defensa de la independencia de Cataluña y a partir de ahí comenzaría una hoja de ruta tediosa.

El Estado sigue actuando, como no podría entenderse de otro modo, con firmeza y proporcionalidad. El Gobierno, con el respaldo de las fuerzas constitucionalistas, está abordando el asunto con las dosis de mesura y rotundidad a las que avocan las circunstancias. Mariano Rajoy no ha de dejarse llevar por las voces que invitan al enfrentamiento, es decir, por aquellos deseosos de recurrir al Ejercito, en estos momentos, no solo es innecesario, sino que todavía avivaría más el conflicto. Conviene no dar pasos en falso, de momento recurrir al Tribunal Constitucional todas aquellas leyes que incumplen la legalidad vigente, es el mejor arma contra el secesionismo.

Solo quienes han decidido saltarse la Constitución a la torera son responsables de la gravedad de la situación. El fin nunca justifica los medios, más si cabe en una democracia que cuenta con los cauces suficientes como para no caer en la imposición y en las coacciones. Tranquiliza observar a un Ejecutivo reforzado, no ya solo en cuanto al buen funcionamiento de las instituciones judiciales, sino a la actitud responsable de algunos de los principales grupos de la oposición. Sería oportuno que el Partido Socialista, junto a Partido Popular y Ciudadanos, mantuviese prietas las filas demostrando ser una formación de Gobierno.

No procede abrir debates acerca del modelo territorial, puesto que para ello precisamos de tiempo suficiente para analizar exhaustivamente y reflexionar hasta lograr alcanzar un consenso imposible de llevar a cabo en un ambiente poco dado al pragmatismo. La Constitución aprobada en 1978 responde a la diversidad de España, a sus necesidades y cualquier intento por modificarla en periodos de incertidumbre y con los populismos instalados en ambas cámaras legislativas, correría el riesgo de quedar quebrantada y resquebrajar nuestra democracia con mala salud de hierro.

La unidad de España jamás merece ser negociable y cualquier gesto por ahondar en la descentralización nos llevaría al desastre. La cesión de competencias del Estado a las autonomías y el Estatuto de Cataluña, fueron regalos que ahora están generando sus consecuencias. Un país como España está condenado al fracaso si se desmenuza bajo un mundo globalizado.

Por lo tanto, ante la amenaza secesionista solo cabe permanecer unidos, cumplir y hacer cumplir la ley, proteger a los catalanes de golpes de Estado políticos como los sufridos recientemente en su parlamento y escuchar todas las sensibilidades de la sociedad, transcurrida la fiebre soberanista.

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