EDITORIAL: “Póntelo, pónselo”

ElDia

El pasado viernes se cumplieron treinta años desde que las Naciones Unidas a ordenes de la Organización Mundial de la Salud declarase el 1 de diciembre como Día Internacional de la Acción contra el SIDA. Los primeros cinco casos del virus de Inmunodeficiencia Humana se detectaron en 1981, desde entonces han fallecido treinta y cinco millones de personas en todo el mundo. En 2016 se diagnosticaron casi dos millones de nuevos casos y treinta y seis viven con la enfermedad, gracias a los avances científicos y farmacológicos las muertes se han reducido hasta en un cincuenta por ciento en los últimos años.

En España permanecen registradas 86.000 víctimas, hasta junio de este año hay notificados 3.353 nuevos, una tasa superior a la media de la Unión Europea. La mayoría de los seropositivos son hombres, un ochenta y tres por ciento, la media de edad está en treinta y seis años. Un veintiséis por ciento de los diagnosticados recientemente tenía menos de treinta años y un dieciséis por ciento superaba los cincuenta años de edad. El cuarenta y seis por ciento de los diagnósticos se realizan de forma tardía y el treinta y tres por ciento tuvieron lugar entre población inmigrante.

En Aragón de 1.800 casos detectados en los primeros años de la epidemia, 1.000 fallecieron. Las circunstancias en la actualidad son muy distintas, aunque conviene no bajar la guardia: En 2016 a 118 aragoneses se les detectó el SIDA, frente a los 101 dados a conocer un año antes. Noventa y dos casos fueron declarados en Zaragoza, quince en Huesca y once en Teruel. El sesenta y seis por ciento se trata de varones, con una edad media de treinta y ocho años. El setenta y cinco por ciento de los pacientes fueron diagnosticados demasiado tarde.

Sin duda, las cifras resultan alentadoras respecto a las décadas de los ochenta y noventa, cuya epidemia actuaba de manera devastadora, sobre todo contra jóvenes, contra aquellos colectivos desfavorecidos, consumidores de sustancias estupefacientes y homosexuales. Las instituciones se vieron obligadas a reaccionar mediante campañas de sensibilización a través de los centros educativos, centros hospitalarios y medios de comunicación. Se ha avanzado en en ámbito de la investigación y por supuesto también en la prevención. No es suficiente. Cometeríamos un grave error si la disminución de las cifras se lee como un objetivo cumplido, pues un solo caso detectado supone el fracaso de la sociedad. Los datos relativos a la población juvenil son preocupantes y debemos analizarnos y estudiarlos con detenimiento.

Para no incidir en los problemas del pasado, hay que persistir en la concienciación, la visibilización y la naturalización del asunto, eso se viene haciendo cada vez menos. Las administraciones tienen que destinar recursos en pro de la prevención, mediante conferencias en colegios e institutos, anuncios en prensa e incluso organizar mesas redondas con testimonios que quieran prestarse a contar su casuística. Tal vez no hemos progresado lo suficiente en dicha cuestión, en la de acabar con los estigmas hacia los enfermos. Hay que derribar tabúes y estereotipos.

Según los estudios publicados, el VIH no es una enfermedad que solo sufran homosexuales o drogadictos, eso sucede cada vez menos. En todo caso nadie merece ser reprendido y juzgado ni por padecer un virus, una adicción o por su condición sexual. Las instituciones han de velar por la integración de estas personas en la sociedad, estando atentos a cualquier tipo de discriminación social y laboral, siendo sancionadas tales actitudes en la medida de lo posible. Los buenos datos en los países desarrollados, han de servirnos para destinar recursos económicos a aquellos lugares del mundo en los que todavía millones de seres humanos, niños en una parte importante, mueren cada día fruto de la pobreza. La desinformación es total y el material preciso para evitar la enfermedad también. El uso del preservativo salvaría y ya salva, millones de vidas.

Regresando a la realidad española, no estaría de más que nuestro Gobierno reeditase un anuncio semejante al «Póntelo, pónselo», lanzado por los Ministerios de Sanidad y Asuntos Sociales en 1991. Las quejas de la Iglesia y el recurso interpuesto por la CONCAPA contra la campaña, provocaron que la Audiencia Nacional la anulara por considerar que «fomentaba la promiscuidad en la juventud y la infancia».

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