EDITORIAL: La política del ejemplo

Cifuentes en la Convención nacional del PP | EFE
Cifuentes en la Convención nacional del PP | EFE

16 de abril. Cristina Cifuentes no ha dimitido. La presidenta de la Comunidad de Madrid sigue empeñada en negar la evidencia y mantener su cargo a toda costa. Tras días y días huyendo de los medios y mintiendo con descaro sobre su supuesto máster, la líder popular ha decidido dejar su futuro político en manos de Mariano Rajoy, una auténtica tradición ya en Genova 13.

Las acertadas informaciones destapadas por la periodista Raquel Ejerique de El Diario.es han dejado en evidencia a Cifuentes. Ni cursó las clases, ni asistió a los exámenes, el acta que presentó fue falsificada, además de que, según la opinión de profesores  tampoco presentó ni defendió en ningún momento su TFM. Todo ello sumado al hinchado de las calificaciones, en un ejercicio de pedantería de difícil superación. Una serie de realidades que invalidan la chulesca versión de la presidenta, mostrando un claro caso de trato de favor y de privilegio en el seno de una Universidad pública.

A la irregular situación, se suman además las reacciones de la implicada. Cifuentes tuvo la posibilidad de replicar, si no con dignidad, un esfuerzo quizá demasiado grande, sí con mas inteligencia, manteniendo un tono sosegado y poniéndose a disposición de los medios de comunicación y de la oposición desde el minuto uno. Así habría sido al menos más fácil empatizar con su situación. No lo hizo. Prefirió retar a todos, incluido el PP, en un movimiento prepotente, al que acostumbra el partido en el Gobierno, que aún contribuyó mas a deslegitimarla y a hundir sus aspiraciones políticas, además de degradar a la propia institución educativa.

Pero el caso Cifuentes no es solo una simple anécdota, representa el símbolo de una problemática que debía visibilizarse y que sin duda está teniendo ya consecuencias. La influencia de la élite sobre lo público. Y también la tolerancia de la mentira en la política. La madrileña ha sido en este caso la protagonista, pero otros casos como los de Pablo Casado, que supuestamente aprobó sus estudios en Harvard y Georgetown en apenas unos días y sin exámenes, o el caso de las mentiras en el curriculum de José Manuel Franco, secretario general del PSM, o Juan Merlo, secretario de organización de Podemos Galicia también son censurables.

Hay que diferenciar, eso sí, la gravedad de unos casos sobre otros. Los de Cifuentes y Casado, revelan un supuesto trato de favor y privilegio por su condición ideológica y/o política, una situación de evidente corrupción que, de abrirse una investigación, puede incluso incurrir en un supuesto delito penal. Nada novedoso en las filas del PP, inundada de “casos aislados” que terminan por formar una auténtica trama. En cuanto a Franco y Merlo, su comportamiento deja patente una actitud pícara que, responda o no a un error, debe tener unas mínimas consecuencias políticas, ya sean de disculpa y corrección, o directamente de dimisión.

Nuestros políticos deben dar ejemplo. No hay duda de que su actitud ejemplifica muchas veces los vicios asumidos por la propia sociedad, que también debe reflexionar, pero no hay sitio para la justificación. Son ellos, quienes tienen la responsabilidad de guiar a la ciudadanía en el respeto a la legalidad y en el ético proceder. Son ellos, los que pueden cambiar la situación y lograr un sistema mucho mas purificado y democrático. Son ellos, los que deben asumir sus graves faltas, como en el caso de Cifuentes, renunciando a su cargo, para cumplir los anteriores preceptos y dejar paso a quienes sí estén dispuestos a demostrar integridad. No hay excusas. Toca dar ejemplo.

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