EDITORIAL: La perversión de Jordi Cruz

TELVA

El pasado 1 de mayo celebramos como cada año el Día del Trabajador, miles de personas salieron a las calles a reivindicar los derechos laborales para preservar los conquistados y recuperar los perdidos. Una parte nada desdeñable de la sociedad considera antediluviano la defensa de los derechos laborales e incluso mira con desdén a los sindicatos al observarlos como un ente anacrónico, aburguesado, obsoleto.

Eso sí, no dejamos de ver a diario ejemplos que merman los derechos y aquello por lo que hace años nos escandalizábamos hoy lo admitimos con naturalidad, nos resignamos y en ocasiones lo justificamos en aras de la estabilidad, de la recuperación económica a nivel general.

He ahí la controversia suscitada en torno a Jordi Cruz por contar en su restaurante con veinte aprendices sin remuneración alguna. Es verdad que las practicas no suelen ser abonadas; es verdad que posiblemente los muchachos encuentren empleo sin demasiados problemas habiendo pasado por uno de los establecimientos hosteleros más relevantes de nuestro país, pero tenerlos trabajando durante jornadas maratonianas de hasta dieciséis horas a cambio de alojamiento y comida, resulta cuanto menos inmoral.

Causa estupor que habiéndose comprado una vivienda valorada en tres millones, con un menú en su restaurante que ronda los trescientos euros y participando además en un popular programa de televisión, Jordi Cruz alegue falta de recursos económicos para mantener a los stagiers en condiciones dignas.

El caso del cocinero pone sobre la mesa la realidad vivida por miles de jóvenes desprotegidos en una etapa de desmantelamiento del estado de bienestar alcanzado en la segunda mitad del siglo pasado.

Nos preguntamos dónde se encuentran las instituciones, los partidos de corte progresista, los sindicatos. Nos preguntamos a su vez hasta cuándo los jóvenes vamos a soportar las humillaciones, cuándo nos levantaremos y diremos basta a esta esclavitud disfrazada bajo términos pomposos de origen anglosajón.

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