EDITORIAL: La derecha debe purificarse

Alberto Ruiz-Gallardón, Cristina Cifuentes, Esperanza Aguirre e Ignacio González | EFE
Alberto Ruiz-Gallardón, Cristina Cifuentes, Esperanza Aguirre e Ignacio González | EFE

Tras la dimisión de Cristina Cifuentes el pasado miércoles, previa distribución de un vídeo en el que se veía a la que fuera presidenta de la Comunidad de Madrid sustrayendo unas cremas en un conocido supermercado, lo cierto es que el PP ha llegado a un punto de inflexión. El falso máster, jamás explicado sin obviar burdos engaños, así como la vil estrategia mafiosa de ciertos círculos populares, cercanos al expresidente Ignacio González y al exsecretario general del PP madrileño, Francisco Granados, contra Cifuentes, han evidenciado que la derecha española necesita inminentemente una renovación de arriba a abajo.

Nada nuevo bajo el sol. Con el paso de los años, la habitual corrupción en las filas del PP se ha ido convirtiendo poco a poco en sistémica. Ya no son casos aislados como han tratado de vender, con poco éxito, en Génova 13 hasta la extenuación. A su vez, los espectáculos dantescos que han acompañado a los dirigentes implicados y a sus acérrimos, han terminado por situar al partido en una espiral viciada de difícil salida. Es ahí cuando sus votantes, habituados a lidiar con la insotenibilidad, a desarrollar unas tragaderas inmensas, quizá empujados por el “todos a una” de Lope de Vega, comienzan a reclamar un giro que, sin desviarse del fin, al menos maquille los medios y muestre una imagen depurada.

El hundimiento de los populares ha coincidido a su vez con el surgimiento de una nueva fuerza política conservadora, Ciudadanos, que ha llegado en el momento ideal. El partido naranja busca sustituir al PP satisfaciendo las necesidades de los derechistas, y también de votantes centristas expulsados de otras formaciones, como el PSOE, por su viraje podemita. Y es que la corrupción, así como la difuminación de los valores conservadores, representados con firmeza por dirigentes como el expresidente José María Aznar, sumado a la cuestión catalana, han terminado por facilitar al partido de Albert Rivera conquistar a la derecha española.

Los sondeos así lo atestiguan, siendo primera fuerza en buena parte de ellos. Pero, a la espera de lo que ocurra en los sucesivos comicios locales, autonómicos y, en especial, en las elecciones generales, lo cierto es que Ciudadanos podría llegar a desplazar al PP. De producirse, parece una consecuencia natural de la necesidad de purificación que requiere la derecha. En Democracia, los partidos representantes del ideario de la sociedad, deben mantener una ética y unos valores claros, sin soslayar su función. De lo contrario, el sistema puede venirse abajo como así está ocurriendo. Los votantes conservadores habrán de reflexionar por qué las siglas que hablan en su nombre se han prostituido, para colaborar después con su crítica y voto en la paulatina limpieza política. Sea con un PP presionado a renovarse, algo harto difícil, o con un Ciudadanos que puede sanear, tendrá que demostrarlo, un marco ideológico denostado.

Pero los deberes no solo los tiene la derecha. La izquierda también habrá de reflexionar cómo es posible que haya sido incapaz de anteponerse a sus opositores en uno de sus peores momentos. PSOE y Podemos deberán olvidar sus luchas intestinas y electoralistas, así como sus vicios demagogos, para ofrecer de una vez por todas un proyecto robusto y ambicioso que responda a las necesidades de la España de hoy. Si sus contrincantes consiguen renovarse a tiempo, algo deseable democráticamente, y no hay un modelo progresista sólido sobre la mesa, lo cierto es que la derecha terminará por consolidar su reinado, azul o naranja, durante muchos años mas. Una posibilidad nada deseable.

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