EDITORIAL: Independentismo sin complejos

Quim Torra | EFE Alberto Estevez POOL
Quim Torra | EFE Alberto Estevez POOL

Cataluña sigue perdida. La región ya tiene nuevo president, Quim Torra, pero continúa sumergida en la incertidumbre. Con una novedad. El elegido no es un gobernante al uso, sino un auténtico hooligan sin complejos que eleva la causa independentista a una nueva fase mucho mas peligrosa. Las declaraciones xenófobas, en las que se genera odio contra los españoles y los catalanes que no se identifican con su religión nacionalista, del recién nombrado representante de todos los catalanes en Twitter y en diferentes ambientes independentistas, enfanga todavía mas una situación de por si desmoralizadora.

La elección del nou honorable president es lamentable en sí, observando su tarjeta de presentación, pero mas lo es comprobar que ésta ha sido posible gracias a las contradicciones de la izquierda. Si bien es cierto que el PSC se opuso, lo contrario habría sido inasumible, ERC, el socio de los convergentes, sigue encantado en su coalición derechista, ahora convertida en ultraderechista. No le importan nada a los moralistas y faros soberanistas, como el diputado Gabriel Rufián, que Torra insulte a sus familiares nacidos en otras regiones o que defienda una Cataluña donde los derechos sociales sean pisoteados, como así evidenciaron los últimos gobiernos de la Generalitat. Nada importa mas que la independencia, una quimera populista que beneficia a la derecha ultramontana catalana y que convierte a la izquierda en una fuerza buenista sin efectividad alguna.

Pero no solo la izquierda tiene responsabilidades, también sin lugar a dudas lo tiene el propio independentismo. Resulta razonable defender la causa nacionalista, pues las Democracias permiten expresar diferentes credos y entre ellos también se encuentra la crítica al actual sistema territorial. La pulsión debe ser legitimada, eso sí, mediante el cumplimiento estricto de las leyes y respetando en todo momento al resto de pensamientos, sin buscar aniquilarlos, imponiendo de ningún modo una visión totalitaria. El nombramiento de un supremacista visible no es mas que la consecuencia de años de apoyo o justificación de comportamientos xenófobos ilegales, antes mas tenues, ahora latentes. Una radicalización paulatina. De Mas a Puigdemont, pasando por Turull o Sanchez hasta llegar a Torra.

Tras el nombramiento, legal por mucho que pese, las fuerzas constitucionalistas, incluido sin duda el Gobierno de España, y también aquellas independentistas que sean al fin conscientes de la amenaza, deberán hacer lo posible por contener el odio y responder con contundencia, utilizando los mecanismos democráticos, ante cualquier locura que pueda ser planteada. Está en juego ya no solo la estabilidad social y económica catalana, hoy soslayada, sino los propios valores que nos definen como un Estado de derecho y una Democracia moderna.

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