EDITORIAL: ETA desaparece, el relato permanece

Encuentro internacional con motivo de la disolución de ETA | VINCENT WEST
Encuentro internacional con motivo de la disolución de ETA | VINCENT WEST

El pasado viernes se escenificó el esperado final de ETA en la localidad francesa de Cambo les Bains en los Pirineos Atlánticos del país vecino. La jornada estuvo marcada por las emociones, siendo el sosiego y la esperanza dos de las más extendidas. Pero no las únicas. Aunque la mayoría de ciudadanos, incluidas por supuesto las víctimas, vieron en la disolución el fin de un proceso largo y sufrido, lo cierto es que el acto no fue ni de lejos lo esperado tras 50 años de horror.

Entre los reunidos, personalidades internacionales como el abogado sudafricano e impulsor del Grupo Internacional de Contacto (GIC), Brian Currin o el exjefe de Gabinete de Tony Blair, Jonathan Powell, así como integrantes del PNV, EH Bildu, entre los que se encontraba Arnaldo Otegi, y también de los sindicatos vascos. Una congregación de mentes bienpensantes que, si bien reconocieron el dolor de las víctimas y el daño proferido por ETA, lo contrario sería de una indecencia insoportable, parecieron olvidar que el protagonismo debía ser única y exclusivamente para la disolución.

Por contra, en la reunión se escuchó hablar de acercamiento de presos, se lanzaron críticas al Estado español por no mediar adecuadamente y se promocionaron todo tipo de lemas nacionalistas, siendo las cámaras participes de una perversa y preparada épica. Un espectáculo de promoción abertzale que, en pleno 2018, ni las victimas ni la curada sociedad española merecían para cerrar décadas de amenazas, persecuciones y asesinatos.

ETA ha desaparecido. Negarlo sería participar de conspiraciones torticeras que no aportan ningún beneficio a la sociedad. El Estado ha ganado la batalla a una banda terrorista, que no grupo separatista como se sigue sosteniendo indignamente fuera de nuestras fronteras, que escribió los años más negros de la España democrática. Una mezcla de colaboración ciudadana sumada a una admirable gestión política de los gobiernos, destacando el liderado por el presidente Zapatero, y una acción coordinada de los Cuerpos y Fuerzas de seguridad del Estado. En resumen, un verdadero punto y final.

La fulminación de la banda no evita, eso sí, que sus simpatizantes, incluidos políticos y cargos eclesiásticos, así como personas anónimas, sigan empecinados en conservar, de forma directa o indirecta, un relato alternativo a los hechos, que blanquea la historia y evita hacer justicia. Lo visto en Francia evidencia que queda mucho trabajo pedagógico y educativo por desarrollar para que las generaciones venideras comprendan con todo detalle lo que supuso ETA. Así jamás correrán el riesgo de verse influenciadas por burdas falsedades que tan solo buscan revivir el fantasma del pasado. Una gran responsabilidad colectiva que no puede esperar.

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