Duelo en el 81 aniversario del asesinato de Federico García Lorca

Como era de esperar, un año más se repiten los homenajes. Todos ellos parecen carecer de lugar y de respuesta. Universidades, asociaciones, grupos, periódicos, editoriales, famosos y anónimos despiertan estos días el recuerdo del poeta español más conocido del siglo XX.

Un escrito sobre su persona en tales circunstancias no debe dejar de repasar sus últimos días. Hemos de recordar que en el momento histórico en el que vivió la tensión desgarraba el aire y los problemas de carácter político eran frecuentes pero es concretamente en el mes de junio de 1936 cuando se podría comenzar a narrar la historia de su final. En base a los textos de Dolores Montes Amuriza es en este momento en el que Lorca contacta con un periodista, Bargaría, para que retire fragmentos de una entrevista realizada. Se mantuvo en Madrid siguiendo el consejo de algunos de sus amigos, quienes consideraban la capital un lugar más seguro, pero con el aumento de las hostilidades y los episodios de violencia consideró marcharse a Granada en busca de la seguridad de su familia y su tierra. Subió a un tren en esta dirección el 13 de julio de 1936 tras la muerte de Calvo Sotelo. El 18 del mismo mes Franco declara desde Marruecos la sublevación y Quipo de Llano toma Sevilla.  El día 20 el general Miguel Campíns es detenido en Granada por sus propios oficiales bajo mando del autodenominado Bando Nacional y comienza con ello una cadena de fusilamientos. En agosto, varias veces encontrará en su casa el poeta a un «escuadrón de la muerte» falangista, siempre buscando a otros. Primero, a su amigo el arquitecto Orgaz (quien había escapado). Luego, a los hermanos del casero de la familia García Lorca. Al no encontrarlos vuelven su violencia hacia todos los presentes: contra el casero, la madre de éste y contra el propio Lorca. Los textos de Amuriza recogen el testimonio de Angelina, la criada de la casa, que sacó a los sobrinos del autor, hijos de su hermana Concha. Tras este evento el poeta marchó entre las palabras de su hermana: «Federico, la gente dice que eres comunista». A lo que él respondió «Concha, Conchita mía. Olvídate de todo lo que dice la gente. Yo pertenezco al partido de los pobres». Acude a casa de los Rosales, amigos suyos pertenecientes a la falange. Su hermana narra que habían considerado que aquél era el lugar más seguro de Granada, al verse libre de sospecha ideológica. Este es el último destino del autor, puesto que aquí es capturado. Dos días después es fusilado en Fuerte Grande junto con un profesor, Dióscoro Galindo González, y dos banderilleros anarquistas: Joaquín Arcollas Cabezas y Francisco Galadí Melgar.

Se cuentan por millares las palabras vertidas respecto a sus últimos momentos y, sin embargo, no todo está claro. Se trata de un asunto del que mucho se cuenta pero que parece suspendido precisamente en textos. Sí que se sabe con certeza que su muerte marcó el final de la Era de plata en la literatura española y el fin de la Generación del 27. No pocos fueron los autores que lo lloraron y en estos días su nombre salta de boca en boca. Decía Alberti tras su muerte:

Tu nombre, tu recuerdo, echan raíces en España, en el corazón de toda nuestra tierra […]. Cada romance tuyo que se repite, suena como una tremenda acusación contra tus asesinos. Tenemos memoria. La tenemos. ¡No lo olvidéis! Conocemos las caras de los que intentan exponer tu cadáver, poniéndolo de pie, para ayudarse a representar la terrible farsa del crimen más horrendo y estúpido cometido en esta guerra. Pero no lo conseguirán. Se les vendrá abajo. A ti te sostenemos manos limpias. Nosotros, los poetas que fuimos camaradas tuyos –Luís Cernuda, Emilio Prados, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre, yo…– con ese mismo pueblo dolorido y magnífico de tus romances, guardamos tu recuerdo, tu constante presencia, y celebramos tu memoria con el mismo fervor que a un Garcilaso de la Vega sus poetas amigos:

Rafael Alberti

Las reacciones hoy no pueden contarse. Su nombre en redes sociales ha alcanzado cuotas internacionales y, pese a ello, su final no ha terminado de consumarse. Hay quien dice en estos días tristes que tal vez ello es lo que se encuentra en nuestra esencia como pueblo. Tal vez seamos Bernarda Alba y su bastón, su casa cerrada, sus hijas mirando por la ventana y las telas que las cubren de luto. ¿Somos nosotros ese pueblo que aplasta entre sus dientes a Yerma, que la juzga a cada paso y ocupa en ella su conversación? Son, puede ser, nuestras injurias las que persiguen a la Zapatera y condenan su comportamiento. ¿Es nuestro cansancio y nuestra desilusión el humo en Nueva York? Podremos ser el ácido que desprenden los limones del Camborio o el fuego que arrasa la ciudad de los gitanos. Al final, el poeta se dedica a contar verdades que no se ven y él esto nos contó.

En días como los presentes recordar su figura tal vez no sea suficiente. Contactar con nuestros gobernantes y avisarles de que tienen un deber para con este punto de nuestra historia puede quedarse corto. Leerlo de nuevo reflexionando sobre su obra y su existencia le otorga un nuevo aliento. Aprender sobre él y dejar que nos enseñe algo sobre nosotros es una manera más de perpetuar una vida ya perdida. Porque nos encontramos también en el valor que tiene Adela para acabar con el bastón de mando de su madre, somos la fuerza que tiene la Zapatera para oponerse a todos cuantos se empeñan en coartar su libertad y deseo, las chispas que desprenden la vida de Nueva York y el «verde viento verdes ramas».

Un año más todos nosotros lo rememoramos, renovando el compromiso que, a sus ojos y a los del mundo, aún nos queda con él.

Cristina Gimeno Calderero

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