“Disolución” en diferido

Acto de disoluciónn de ETA | AP Photo Bob Edme
Acto de disoluciónn de ETA | AP Photo Bob Edme

Varias décadas, más de ochocientas personas asesinadas, casi un centenar de secuestros, miles de heridos y heridas… Todavía recuerdo lo que era encender la radio o la televisión y escuchar hablar de comandos, bombas lapa y tiros en la nuca. Era la banda sonora del terror en su vertiente más cruel, aquella que arrancaba de cuajo la libertad a toda una sociedad. Y todo ello, sazonado con una serie de imágenes de dolor que difícilmente podrán ser borradas de mi mente por muchos años que pasen, y ya van camino de siete. Ese es el tiempo que ha transcurrido desde que ETA anunció el “cese definitivo” de la violencia. Nomenclatura con la que la propia banda terrorista decidió titular su derrota frente a la democracia.

Fue entonces, en octubre del año 2011, cuando ETA dejó de matar. No por una espontánea conversión de sus convicciones, sino gracias a la encomiable actuación de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, a la determinación de la justicia, a la no siempre fácil acción política, y al tremendo rechazo social que cosecharon.

Sin embargo, a lo largo de todos estos años, la banda terrorista, que ha ido planeando de manera casi fantasmagórica, con la alargada sombra de su actuación criminal, pero sin influir en la sociedad ni ser tenida en cuenta para nada, se ha resistido a desaparecer, quizá con la intención de ganarle terreno a la historia, de cara a poder maquillar el pasado, imponer su relato, y negociar ciertas concesiones. Sólo así se entiende, su anuncio de “disolución” hace escasos días, en el que seguían hablando de “conflicto”, haciendo diferenciaciones entre las víctimas, y en el que se alzaban de manera velada como los que nos han concedido “generosamente” la paz, a la vez que trataban de justificar su miserable existencia.

Pero por mucho que traten de imponernos su “verdad”, y lo llamen “disolución”, sigue tratándose de una derrota, que como decía, se produjo hace mucho. Su desaparición era lo único que esperábamos de ellos, entre otras cosas porque no tenían otra salida. Y su “despedida” por capítulos, únicamente se entiende por su interés en intervenir en el futuro de los presos, cuestión que ha concitado el consenso de la práctica totalidad de fuerzas políticas, el mismo que se echó de menos, cuando en el año 2006, el Gobierno socialista presidido por José Luís Rodríguez Zapatero, puso los cimientos necesarios para empujar a la banda terrorista hacia su extinción. Por eso es de justicia, que recordemos nombres como los de Alfredo Pérez Rubalcaba, Patxi López, o el propio Zapatero. Porque, si bien es cierto, que todos los gobiernos han trabajado por el tan deseado final de ETA, sólo uno, fue insultado y puesto en la picota por ello.

Pero, sobre todo, es tiempo de enarbolar la bandera de la memoria. Frente al indigno acto propagandístico del otro día, debemos recordar a todas las personas que fueron asesinadas por el mero hecho de pensar diferente, o simplemente por “pasar por ahí”, y a todas aquellas otras que de una u otra forma se vieron afectadas por su acción criminal y despreciable.

Por supuesto, es necesario dejar atrás esta negra página de nuestra historia, teñida de tanta sangre y de tanto odio. Pero me gustaría acabar parafraseando al gran José Luís Borges, cuando antaño dijo: “yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Y así debe seguir ETA, olvidada.

Ignacio Martínez Moreno, Secretario de Cultura e Innovación de las JSA-Zaragoza.

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