Delenda est Santisteve

Jerusalén bajo el fuego, Litografía de Robert Davis s. XIX (National Geographic)

Catón el viejo repetiría insistentemente al finalizar sus discursos que Cartago debía ser destruida. Esta apelación persistente pasó a la historia como el recurso de todos aquellos que apelan a la consecución de un imposible que a fuerza de convicción se acaba materializando.

Dos mil años después, Ortega apelaba a la destrucción de la monarquía en su análisis en el diario El Sol sobre el error Berenguer. Ante la evidente incapacidad de la monarquía para mantener el orden y garantizar un futuro para España, se apeló a la necesidad de trasformar y destruir todo el mal que anclaba a la España del principio de la década de los treinta. Ese mal fue identificado y significado en la monarquía, encarnada a su vez en la persona de Alfonso XIII.

Nos hallamos en 2018 en la ciudad de Zaragoza donde un cúmulo de circunstancias ha propiciado que se produzca una de las situaciones más inauditas e insospechadas en un ayuntamiento democrático. Esta es nada más y nada menos que la reprobación por parte del pleno de su alcalde. Una reprobación aprobada por 22 de los 31 concejales del ayuntamiento de la ciudad.

Pudiera entender en lector no iniciado que tal cosa no puede ser posible, que un alcalde lo es porque ha obtenido el apoyo de la mayoría del pleno y que esa mayoría debería bastar para evitar este tipo de situaciones.

Pero el ínclito alcalde de la ciudad del Ebro ha logrado lo que parecía un imposible: poner de acuerdo a toda la oposición en su nefasta gestión. La reprobación, aunque ejecutivamente inocua, tiene una carga simbólica espectacular. Supone la manifestación pública y solemne del repudio por parte del órgano que tres años atrás lo eligió.

El alcalde fue reprobado por sus propios méritos, por su actitud, su indolencia y sobre todo su falta de talante democrático. Muchas veces los bienintencionados, los bonhomístas hemos querido justificar sus desdenes apelando a sus compañeros de viaje, los concejales. Esos que por ímpetu juvenil desmontan y comprometen a un alcalde al cual se le presume sabio y moderado.

Lejos de esta creencia, la realidad es que el alcalde Santisteve es el capitán del barco, pero no un capitán simbólico, es el guía efectivo, el timonel, el estratega de una nave que se dirige con viento a favor y rumbo fijo contra las rocas. El que arroja leña al fuego con grandes dosis de providencialismo y maximalismo ideológico.

Pero no solo la ideología y la ensoñación utopista mueven al alcalde, el rencor es otro de los elementos que guían su política. Rencor y odio sobre todo hacia el PSOE, sabido es que los estalinistas, anarquistas y comunitaritas de todo tipo tienden a odiar a los socialistas democráticos.

Y los odian sobre todo, y lejos de excusas de cualquier tipo, porque la socialdemocracia fue la ideología que eliminó las condiciones de pobreza y desigualdad que hubieran permitido que se diera una violenta revolución obrera. Y qué más quiere la izquierda autoritaria que una revolución violenta para alcanzar el poder omnímodo.

Pero es que además el alcalde es desconfiando y vengativo, todo aquel que le rebate es obstruccionista, capitalista, enemigo del pueblo, fascista y “casta”. Todo aquel que no se aviene a su mandato y a su conveniencia merece el repudio y el señalamiento. Para eso tiene a una corte de asesores, de funcionarios amigos, al PCE y a la CGT y a un pequeño pero irredento ejército de fieles seguidores, leal infantería, que están dispuestos en redes o en persona a injuriar, difamar y desacreditar a quien con su dedo señalador indique el ínclito Santisteve.

De la gestión poco voy a contar. Por sacar unos cuantos temas podemos hablar de la paralización de los grandes proyectos de ciudad, de la más larga huelga del trasporte, de los conflictos de carácter simbólico, como el príncipe Felipe, o la relación con el Real Zaragoza. De una falta de gestión escudada en el límite de endeudamiento, y contra cualquier lógica, para el beneficio, en forma de pagos puntuales e incluso anticipados, de bancos y contratas.

Poco más que decir del alcalde que ha quebrado con su abstención de la democracia el funcionamiento ordinario y normalizado del Ayuntamiento. Ha destruido con sus golpes de efecto y de mano la razón democrática, la libertad y el mandato representativo, sustituyéndolo por una suerte de “democracia orgánica” a golpe de trasferir el poder de decisión solo a los propios, en una suerte de reminiscencia al espíritu del cacique con aquello de “al amigo el favor, al enemigo la ley”.

El alcalde Santisteve ha empotrado el barco de la democracia contras las rocas, contra el rompeolas de la libertad y el diálogo. Ha despedazado la construcción política de la Zaragoza democrática. Y ha dejado reducido a ruinas el solar municipal.

Zaragozanos, vuestro ayuntamiento no existe, ¡reconstruidlo!

“PANTAGRUEL”

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