Cuestión de prioridades

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Muchos de los movimientos cívicos más trascendentales durante el siglo XX se enfrentan, en este primer tercio del siglo XXI, a la dificultad de acompasar sus agendas y sus prácticas a un mundo que se parece cada vez menos al que conocimos.

El feminismo ha sido uno de los movimientos básicos para entender la evolución de este país (y no sólo) desde las cavernas franquistas a la modernidad. No hay duda tampoco de que, pese a ese salto exponencial, quedan asuntos pendientes de enorme trascendencia que justifican por sí solos la pervivencia del discurso feminista.

A pesar de ello, y como le sucede a otros movimientos cívicos, no es difícil detectar en los últimos tiempos ciertas corrientes feministas que están, por decirlo de alguna manera, distorsionando los objetivos y difuminando los asuntos más relevantes a los que se enfrenta la causa de la igualdad entre hombres y mujeres.

La agenda pública de esas corrientes feministas aparece hoy llena de artículos contra la gestación subrogada (la mayor parte de los cuales son, como poco, superficiales), micromachismos, y en no pocas ocasiones, actitudes sobre la sexualidad que bordean un neopuritanismo llamativo. En un artículo de esta misma semana en El País, Amelia Valcárcel, una de las figuras referenciales del feminismo en España, planteaba una supuesta agenda sobrevenida en la que situaba la prostitución y la gestación subrogada como prioridades del movimiento feminista.

En otro plano, algunas actitudes como la negativa a la custodia compartida como fórmula a adoptar por defecto en ausencia de acuerdo entre las partes o la torpe identificación hecha recientemente por las alcaldesas de Madrid y Barcelona entre la feminización de la política y conceptos como el “amor” y los “cuidados”, tienden a perpetuar roles que están en la raíz de los verdaderos problemas que afectan hoy a las mujeres.

Dejando a un lado el maltrato, donde no cabe más matiz que la condena rotunda y la persecución implacable, el campo donde queda más recorrido es el laboral y el familiar, siendo éste último la raíz de la mayor parte de los problemas laborales de las mujeres. Algunos datos son reveladores:

Según la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de 2017, el 72,4% de los empleados a tiempo parcial en España son mujeres. Más elocuente es que el 93% de las excedencias para el cuidado de hijos o mayores, disparadas como consecuencia del recorte de las ayudas a la dependencia y a la paternidad, son solicitadas por mujeres. En la misma línea, sólo el 1,3% de las parejas comparten la baja por maternidad.

Esos datos deben ser puestos en relación con otros. La Encuesta de Estructura Salarial de 2016, elaborada por el INE, afirma que el salario medio de las mujeres se sitúa en 19.744,82 € mientras el de los hombres llega a 25.727,24€.

Casi a diario acudo al colegio público donde estudia mi hija a recogerla o llevarla y ahí mismo es posible observar cómo los datos que exponía antes se traducen en realidad. Aunque el número de padres en la puerta del colegio se ha multiplicado en relación a mis años de colegial, no es difícil percibir como las diferencias entre hombres y mujeres persisten. Pocos de los padres congregados deciden sobre las cuestiones relacionadas con la educación de sus hijos y es excepcional la presencia de padres en las reuniones o tutorías escolares. Ahí, la presencia de mujeres, sigue siendo abrumadora.

No parece aventurado pues, relacionar las peores condiciones laborales de las mujeres, traducidas en menos ingresos y más precariedad, con el desigual reparto de las obligaciones familiares. Este es, en mi opinión, el asunto fundamental que queda pendiente de abordar en relación con la igualdad entre hombres y mujeres.

Sin embargo, cuesta encontrar esta cuestión en la agenda cotidiana de los movimientos feministas en España. El debate está más centrado en asuntos anecdóticos, como los mal llamados micromachismos, que, en muchos casos, no son ni siquiera machismos (aunque sean igualmente reprobables) o, como decía antes, en una especie de neomoralismo que parece olvidar que algunas de las reivindicaciones feministas de mitad del siglo XX estuvieron centradas en la liberación sexual de las mujeres y en el reconocimiento de su soberanía intransferible sobre su cuerpo.

Y no es poca la relevancia que esto tiene. Al igual que no será posible avanzar en los derechos laborales sin un movimiento sindical moderno y con una agenda adecuada a la realidad de los tiempos que vivimos, no será posible avanzar en la igualdad real, la que debe afectar a las condiciones laborales y de vida de hombres y mujeres, si el movimiento feminista se pierde en frivolidades superficiales y moralismos que, en el mejor de los casos, no permiten ningún avance y en el peor, deterioran la imagen del movimiento feminista. Y francamente, no creo que nos lo podamos permitir.

Horacio Royo

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