¿Competitividad?

A finales de los años noventa asistí en Madrid a la presentación del libro “No hay que tener miedo a la globalización” por sus autores Oskar Lafontaine y Christa Müller, el primero de ellos por entonces a la cabeza del SPD alemán. Aunque centrado en la economía alemana, aún bajo los efectos de la reunificación, el libro contiene reflexiones aplicables al resto de Europa. Incluso advierte de los problemas que, en los países del mediterráneo, podrían generar los excedentes de capital en manos de la banca alemana -resultado de la balanza positiva de pago-, si con criterios de pura especulación, se prestaban a los bancos del sur para operaciones de riesgo. Hoy sabemos dónde está el origen de la crisis de Grecia y de nuestra burbuja inmobiliaria. Afirmaba que, los daños generados por un sistema financiero especulativo y desregulado, no teminarían por pagarlos sus responsables, sino los ciudadanos.

La Unión Europea constaba sólo de quince miembros, la URSS se había disuelto dejando nuevos países en proceso de transición hacia economías de mercado y en el Sudeste asiático surgían los llamados tigres de la economía. Eran tiempos en los cuales el debate giraba en torno a la deslocalización de las empresas hacia países con salarios más bajos, facilitada por la globalización de la economía. El fantasma de la falta de competitividad de la industria europea y la consiguiente huida de los puestos de trabajo hacia países con salarios más bajos y menor protección social se cernía sobre las relaciones entre las organizaciones empresariales y sindicales de la europa comunitaria. A lo largo de los veinte años transcurridos desde entonces, las respuestas han variado muy poco. Aún mejor, ese argumento ha servido para ir desmantelando el estado del bienestar y reducir los derechos de los trabajadores. La crisis económica del último decenio, que en sustancia es una crísis del sistema financiero, está sirviendo además de coartada para justificar la reducción de salarios, el empleo precario y los recortes sociales.

El discurso de Juan Rosell, presidente de la CEOE, viene girando sobre la necesidad de bajar los salarios, reducir las cotizaciones sociales y disminuir los impuestos, como fórmula para que las empresas españolas sean competitivas en el exterior. Raramente se habla de innovar, de invertir en tecnología, de formar a los trabajadores, como vía para ganar competitividad. Ese era el mismo mensaje que en los años noventa defendía Hans Henkel, Director de la Unión Federal de la industria alemana. Afortunadamente muchos nuevos empresarios saben que para competir se necesita calidad, tecnología e innovación, y para ello hay que contar con buenos profesionales merecedores de salarios correctos.

Oskar Lafontaine se preguntaba: ¿Si en Bretton Woods se acordó acabar con las prácticas proteccionistas, liberalizando el comercio mundial, facilitando la circulación de capitales, limitando el uso de la devaluación de las monedas como fórmula de ganar mercados, etc., para asegurar el crecimiento económico, por qué no ha de hacerse lo mismo con el dumping salarial, social y ambiental?.
La devaluación de la moneda, como fórmula para ganar competitividad, tenía poco recorrido: los países competidores también devaluaban la suya. En esa guerra todos quedaban finalmente en iguales condiciones, pero con grave quebranto de los capitales en circulación. Si se pretendiera ganar competitividad recortando salarios, suprimiendo prestaciones sociales y eliminando condicionantes medioambientales, todos podrían por hacer lo mismo. El resultado sería una sociedad más desigual, más pobre, más insegura, menos salubre, incapaz de consumir lo producido, con grave quiebra para los mercados y poniendo en peligro los valores democráticos y el propio planeta Tierra.

¿Nos suena hoy, de algo, esta situación?.Las políticas para salir de la crisis han centrado sus esfuerzos en salvar el sistema financiero eludiendo cualquier acción que tuviera como objetivo regular la circulación del capital especulativo. La Banca comercial sólo obtiene beneficios de las comisiones y de actividades como los seguros de vida, de hogar, fondos de pensiones, etc., que exigen como garantía cuando conceden un crédito o una hipoteca. También salen de la llamada “Banca privada”, dedicada al manejo de grandes fortunas en competencia con otros fondos de inversión, entre ellos, los “fondos buitre”.
Ya no se habla de “Gobernanza económica”: Propuestas como la “Tasa Tobin”, a aplicar a las transacciones financieras de corto plazo -meramente especulativas- con el propósito de que el capital pague, poco a poco, los mismos impuestos que el trabajo o los beneficios de las empresas, duerme el sueño de los justos. Nuestros impuestos se han destinado a salvar al capital financiero a costa de dejar de invertir en educación, sanidad y servicios sociales.

Una política económica preocupada sólo del capital, puede tener efectos macroeconómicos positivos a corto. Pero mientras incrementa la riqueza de unos pocos, aumenta la desigualdad, empobreciendo a la mayoría de los ciudadanos. Con ello crece el descontento y proliferan los movimientos proteccionistas de cierre de fronteras, se cuestiona la utilidad de la Unión Europea y del Euro, se niega el Cambio Climático, se culpa a los inmigrantes de todos los males y se multiplica la xenofobia. ¿Hasta que punto son responsables de la crisis de la UE los tecnócratas de Bruselas y del Banco Mundial, impulsores de esas políticas económicas neoconservadoras?. Los recortes salariales, la pérdida de prestaciones sociales, la merma de los derechos sociales, la rebaja impositiva, la tolerancia medioambiental, no contribuyen a ganar competitividad a medio y largo plazo. Una política económica que empobrece a la mayoría de los ciudadanos, es injusta e insostenible. La ciudadanía tiene sobrados motivos para rebelarse y, en Democracia, las consecuencias del descontento generalizado son siempre imprevisibles.

Santiago Marraco Solana, Presidente del Gobierno de Aragón entre 1983 y 1987.

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