Como se construye la posverdad

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Leído en El País (18/06/2017, Pág. 20) : “Si Felipe González construyó un partido que se dirigió desde la izquierda hacia el centro para alcanzar las mayorías sociales que le permitieron gobernar entre 1982 y 1996, Sánchez ha optado por dar un viraje a la izquierda para intentar atajar la sangría de votos que ha sufrido el PSOE tras la fuerte irrupción de Podemos.”

Este párrafo, de lectura ambigua, puede interpretarse como la deriva de un partido en la búsqueda oportunista de votos, o también, como bandazos ideológicos achacables a problemas de identidad. Si a ello se añade la tan repetida “crisis de la socialdemocracia europea”, el resultado lleva inevitablemente a una posverdad: El PSOE oscila cíclicamente, como un péndulo, entre el centro derecha y la extrema izquierda. Y como proclaman los asesores de comunicación del PP. ¡Ahora le toca radicalizarse!

En el 28 Congreso (Madrid, Mayo 1979), Felipe González apostó por renunciar al Programa máximo, que seguía figurando como anhelo irrenunciable del PSOE desde su creación, a pesar de su praxis de “socialismo en libertad”:

“…El Partido socialista declara que tiene por aspiración: 1.- La posesión del poder político por la clase trabajadora. 2.- La transformación de la propiedad individual o cooperativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común social o colectiva de la nación. 3.-La constitución de la sociedad sobre la base de la federación económica de la organización científica del trabajo y de la enseñanza integral para todos los individuos de uno y otro sexo…”.

Como no logró retirar esta declaración -puro anacronismo a esas alturas-, ni durante el debate de la ponencia política, ni en la votación en el plenario, renunció a optar de nuevo a la Secretaría General. Al no prosperar otras candidaturas alternativas, se nombró una Gestora con el mandato de convocar un Congreso extraordinario para dilucidar esta cuestión.

Sería en el Congreso extraordinario (Madrid, Septiembre 1979) cuando se acordó renunciar al “proceso revolucionario que daría el poder a la clase trabajadora”, para homologar al PSOE con las socialdemocracias europeas de las que ya venía formando parte. Este debate sobre el abandono del marxismo difícilmente hubiera podido llevarse a cabo durante el exilio, cuando lo urgente era sobrevivir.

Felipe González no llevó el PSOE al centro: lo dejó donde estaba, en la socialdemocracia. Y como todas las socialdemocracias europeas actuales, compuesta por corrientes internas más o menos a la izquierda.

Aunque parezca raro, vista la actitud de la derecha española, gobernar en democracia obliga a hacerlo para todos los ciudadanos, tanto los que votaron al partido que gobierna como los que no. Quien gobierna no debe olvidar que una parte de la ciudadanía no apoyó su programa electoral, y está obligado a negociar las partes más discutidas de su programa electoral para lograr consensos duraderos sobre los asuntos de Estado. Estas renuncias, aunque sean consecuencia de la obligación democrática de gobernar para todos, acaban por contaminar la credibilidad del partido que lo sustenta, como le ha sucedido al PSOE tras veinte años de gobiernos socialistas.

La reelección de Pedro Sánchez para la Secretaría General del PSOE no supone una vuelta al marxismo revolucionario. Las Resoluciones del 39 Congreso lo dejan claro: el socialismo español sigue en línea con la socialdemocracia europea, no se ha movido de su espacio político actual: la izquierda democrática.

Las diferencias entre Pedro Sánchez y Susana Díaz giran en torno a la forma Federal del Estado: se teme que un reconocimiento explícito de la diversidad de España dé más impulso a los nacionalismos separatistas y se rompa el principio de solidaridad de las regiones –o naciones, da igual– más ricas, con las menos favorecidas, así como la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos. Pero para los socialistas, de vocación internacionalista, la solidaridad y la igualdad, son principios irrenunciables.

Desde la derecha se insiste en que la reelección de Pedro Sánchez para la Secretaría General del PSOE significa un cambio de rumbo del socialismo hacia la “radicalidad”. Digamos de paso que el vocablo “radicalizarse” tiene hoy connotaciones de violencia terrorista. Solo es otra estrategia más para descalificar a quien puede hacer frente al PP.

Sin embargo, no se habla de la deriva “radical” del PP hacia la derecha ultra conservadora, iniciada de la mano de Aznar y seguida fiel y eficazmente por Rajoy: Tal es así que, al abandonar la derecha moderada, ha propiciado la irrupción de Ciudadanos que ha ocupado rápidamente ese espacio.

Esta deriva hacia las tesis “neoconservadoras” que predica Aznar desde FAES, está en sintonía con la posición ideológica conservadora de la mayoría de los Gobiernos europeos, y se traslada a la Comisión, plasmada en las políticas comunitarias de derribo del estado del bienestar. No es de extrañar que los ciudadanos menos favorecidos culpen a “Bruselas” de todos sus males.

Aunque el PSOE siga declarándose socialdemócrata, aunque tras Vistalegre II se perciba en Podemos un cierto aroma leninista, aunque el PP se decante cada vez más hacia la derecha ultra conservadora, la posverdad es que “el PSOE, con Pedro Sánchez se radicaliza”, camina de nuevo hacia el socialismo revolucionario.

Santiago Marraco, Presidente del Gobierno de Aragón entre 1983 y 1987

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