Ciudadanos tira de chequera

Manuel Valls y Albert Rivera | EFE
Manuel Valls y Albert Rivera | EFE

A lo largo de la historia de los partidos en un sistema democrático siempre se ha discutido el papel y la función de los militantes en el cuerpo partidista. Desde los iniciales partidos de notables hasta los clásicos partidos de masas, hemos visto otras clasificaciones muy acertadas- como el partido cártel de Mair- donde se va perfilando el papel cada vez menos relevante que tienen los militantes en el proyecto político del partido y en la selección de sus élites dirigentes, más allá de las famosas primarias establecidas como una moda en España hace unos cuantos años pero que, en realidad, no han supuesto ni en la práctica ni en el acceso a la coalición dominante del partido un traspaso libre y equilibrado de la capacidad de decisión a los militantes y/o simpatizantes. Este resultado con sabor a fracaso posiblemente se deba a la naturaleza propia de la cultura política de los españoles que se reproduce dentro de sus partidos: los peores vicios del navajeo, del juego sucio, del caciquismo y del nepotismo, son los que guían, con muy pocas excepciones, los procesos de las primarias partidistas.

Claro que este uso fraudulento y populista de la democracia interna como fuente de legitimidad externa se ha demostrado poco efectivo de cara al veredicto de las urnas ciudadanas; que el candidato del partido sea elegido en primarias no significa, de ningún modo, un plus electoral de cara al electorado global. Por lo que, aparece un problema muy grave y casi endémico que se traduce en la participación y carrera de políticos mediocres e incapacitados con la coartada, esta vez, de la “democracia interna”. ¿Cuántos candidatos hemos conocido cuya principal cualidad era ganar congresos internos y perder luego elecciones? Sin perjuicio de toda la maquinaria de lameculos y verdugos voluntarios que siempre acompañan al que aspira o al que detenta el poder, hasta que lo pierde y son los primeros en acuchillarle. El problema de los partidos políticos españoles no es su democracia interna, sino su porcentaje mayoritario de cargos y cargas sin ningún gramo de calidad política y sin ningún tipo de capacidad de gestión. Que las primarias solo sean la farsa perfecta es el síntoma.
En este sentido, llama poderosamente la atención la jugada que ha puesto en marcha Albert Rivera justo cuando todas las encuestas le señalan como el gran triunfador del momento y, además, en el ambiente social se respira dicha intuición. Parece que en vez de cerrarse en sí mismo y confiar en la cantera del partido, Rivera parece decidido a hacer “fichajes estrella” como si la política fuese algo parecido a un equipo de fútbol.

El primer fichaje no ha podido ser más mediático: el ex primer ministro francés Manuel Valls. Alguien que después de gobernar Francia se le ofrece presentarse para ser alcalde de Barcelona. Ciertamente, pocos tienen claro el resultado de esta jugada, pero que supone una agitación del tablero es algo incuestionable viendo el nerviosismo obvio y torpe de los demás competidores con Ciudadanos. No es lo mismo que un “emisario” le ofrezca a Carmena ser candidata del PSOE a la alcaldía de Madrid, que el líder mejor valorado y al que encumbran todas las encuestas le pida a Valls que sea el suyo por la ciudad Condal. Hasta en esto de las estrategias, aunque parezcan similares, existen diferencias vitales en su ejecución. Por caridad humana no recordaré el resultado de los “fichajes estrella” de Pedro Sánchez para su lista de Madrid en las Generales. Más que estrellas, estrellados.

Aun así, lo que más me ha llamado la atención es que muchos de aquellos que criticaban a los “políticos profesionales” y que los partidos no se “abriesen”, han reaccionado con malestar y rechazo a esta operación fichajes anunciada por Albert Rivera. Pero la ecuación es fácil: o se promocionan como candidatos a los afiliados del partido, o se sitúan al frente personas externas de prestigio y reputación.

Incluso he podido ver a aplaudidores incondicionales de Ángel Gabilondo o del ex del JEMAD siendo implacables por la posible captación de Valls por Ciudadanos. Una vez más el sectarismo y la ceguera de la burbuja partidista no deja sentir el ridículo con el que algunos se pasean por los medios sin darse cuenta de que van desnudos.

Si tuviera que decidir qué mecanismo es mejor para la selección de las élites políticas, posiblemente optaría por una mezcla de ambas: la mayoría de candidatos saldrían de los órganos del partido, y ciertos puestos relevantes responderían a la llegada de figuras “externas”. Claro que ambas opciones tienen sus riesgos cuando no se cuenta con un proyecto coherente y con un compromiso real. Es posible que el balance de la carrera o la experiencia de los “externos” dentro de los partidos tradicionales no sea demasiado alentador para los que quieran ser fichados en un futuro. Quitando la luna de miel que ahora mismo tiene Gabilondo con la dirección de su partido, tradicionalmente en el PSOE los “no afiliados” han salido escaldados; y si hablamos del PP, el resultado es aún más cerrado, porque apenas se recuerdan independientes con peso más allá de Josep Piqué o Pío Cabanillas.

Lo mejor que podemos decir de Rivera es que ante la hipotética ventaja con la que juega ahora mismo Ciudadanos respecto a los demás, ha decidido no quedarse encerrado en su campo y apuesta por seguir jugando al ataque. El resultado de esta “operación chequera” es incierta en una sociedad poco estable como la española, pero adivina una forma de ir a por las elecciones de Ciudadanos muy valiente y alejada de la siesta endogámica partidista de costumbre. Si Albert Rivera triunfa, puede abrir una nueva etapa donde el partido de los militantes sea definitivamente arrinconado por un nuevo partido de notables, volviendo así a los orígenes de los partidos políticos.

Marcial Vázquez, politólogo

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