A propósito de los incendios forestales

Revista Grilla

Los incendios forestales cargan con muchos mitos que confunden al ciudadano, no dejan ver las verdaderas dimensiones del problema y dificultan la tarea de los profesionales de la prevención y extinción. Conviene aclarar algunas cuestiones.

Causas de los incendios: Exceptuando las causas naturales: provocados por rayos y erupciones volcánicas, y las accidentales: chispas o incendios de vehículos o maquinaria en carreteras, todos los demás se consideran incendios intencionados, es decir, prácticamente la totalidad.

A estas alturas todos sabemos que no se puede utilizar el fuego en el monte, ni en el campo, sin disponer de medios y experiencia para evitar su eventual propagación. Este principio también afecta a otras causas “accidentales”, como caída de líneas eléctricas, que deben disponer de sistemas de interrupción automática, chispas de maquinaria agrícola o forestal, cuyos operarios deben llevar extintores eficientes, etc.

Si seguimos hacemos fuego sabiendo que está prohibido, estamos ante un problema de conciencia y educación.

Al entrevistar a algún responsable político, acostumbra a decir: “se sospecha que pueda ser intencionado”, y el ciudadano piensa de inmediato: ¡pirómanos!, cuando en la mayoría de los casos se trata de descuidos, que no excluyen la intencionalidad ni eximen de responsabilidades.
Quien ha utilizado el fuego y provocado por descuido o negligencia un incendio, sabía que no debía hacerlo, lo cual significa que lo prendió de manera intencionada. La intención podrá ser dolosa, si hubo ánimo de hacer daño, o culposa de no haberlo.
Pirómanos hay, como también quien quema para perjudicar a alguien, pero en un porcentaje muy pequeño. Un símil con el tráfico puede ser revelador: También hay conductores suicidas que se lanzan por las autopistas a contramano y quien atropella para asesinar, pero ese no es el problema de los accidentes de tráfico. El descuido de quien provoca un accidente no le exime de responsabilidad, pues es obligado conducir atentos. Las campañas de seguridad vial inciden en evitar conductas peligrosas: alcohol, drogas, uso de móviles, etc., que pueden distraer o mermar la capacidad de reacción. En los incendios forestales sucede igual, se insiste en no utilizar el fuego, porque es una conducta peligrosa. Si el problema fueran los pirómanos o los conductores suicidas, ni el tráfico ni los incendios serían una cuestión tan seria.

Como se apagan los incendios forestales: No lo hacen los aviones, los apagan el personal de tierra, armados de batefuegos -una especie de remo largo con la pala flexible- o con ramas, para golpear la base de las llamas; con mochilas que pulverizan agua y retardante; con hachas, zapapicos y motosierras para eliminar matorral; haciendo contrafuegos, quemando en dirección al frente del incendio para eliminar el combustible y frenar su avance.

Como medios auxiliares, buldózer, motobombas -desde carreteras y caminos carrozables-, aviones y helicópteros. Los medios aéreos sólo son de apoyo: las descargas de agua, con productos retardantes o mojantes, bajan la intensidad de la llama y permiten al personal de tierra acercarse al fuego y trabajar para apagarlo. Sin personal en el frente de fuego apenas servirían de nada.
El viento es el peor enemigo. Por eso, los momentos de calma que suelen aparecer media noche, son los mejores para actuar con eficacia. Sin embargo es frecuente oír que, cuando se hace de noche y no pueden actuar los medios aéreos, hay que retirarse y esperar al siguiente día. Las imágenes que ofrecen las televisiones son, con mayor frecuencia, descargas de helicópteros o aviones y camiones motobomba con bomberos regando las orillas de los caminos. Es natural que así sea, pues cámaras y reporteros no deben acercarse al frente del fuego por el riesgo que conlleva y el estorbo que supondría, pero transmiten una imagen errónea de las tareas de extinción.

Por qué hay tantos incendios: Siempre han habido incendios, incluso probablemente más en tiempos pasados: La caída de la ganadería extensiva, sobre todo ovino y caprino, la sustitución de la leña por el butano, el abandono de los campos marginales, etc., tiene como consecuencia el aumento del matorral combustible y el fuego se propaga con mayor facilidad.
Por otro lado, es a partir de los años 70 cuando se cuenta con estadística fiables. Antes sólo se contabilizaban los grandes incendios en bosques arbolados: la quema de matorrales y eriales a pastos era práctica común entre los ganaderos. Hoy cuentan también como incendios forestales, los acaecidos en terrenos agrícolas y montes urbanizados.

El incremento del matorral combustible y la pérdida de la red de caminos y parcelas cultivadas que ejercían de red natural de cortafuegos, aumenta el riesgo de grandes incendios. La falta de población rural dificulta la detección y extinción temprana del fuego: El abandono rural está en el centro del problema.

Que consecuencias tienen los incendios: La destrucción de la cubierta vegetal incrementa el riesgo de erosión en un país gravemente afectado por ella. El fuego afecta a la fauna y modifica temporalmente los hábitats y la composición del suelo.

No obstante el incendio forma parte de los ecosistemas forestales mediterráneos, contribuyendo su regeneración. El problema ecológico no son los incendios en sí, sino la frecuencia con que se dan en un mismo lugar. El incendio reiterado agota las reservas de semillas y la capacidad de regeneración natural. Por ello, no todos los incendios deben considerarse “catástrofe ecológica”. Algunos de ellos, pocos por desgracia, forman parte de los ciclos de la naturaleza.

Otro lugar común entre los responsables políticos es comprometer “la restauración inmediata” del paraje dañado. Los forestales saben que, antes de actuar, es necesario esperar a que evolucione el suelo y a que la naturaleza despliegue su capacidad de regeneración.

Cuando oigan hablar de “incendio intencionado” piensen en un abuelo que en un pueblo perdido está quemando las zarzas de su huerto, en un modesto padre de familia preparando una barbacoa, en el propietario de un chalet que quema fuera de su valla los restos de la poda del jardín, en el trabajador agrícola o forestal que no utiliza debidamente su maquinaria, en el pastor que quema el pasto sin autorización.

Los incendios forestales son un fenómeno complejo y la extinción una actividad de riesgo. El problema se reduciría enormemente si fuéramos responsables y no hiciéramos nunca fuego en el bosque o sus proximidades.

Santiago Marraco, Presidente del Gobierno de Aragón entre 1983 y 1987

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