Esclavos sin pan

En 1992 Bill Clinton le espetaba a George Bush aquella frase que pasaría a la historia de las campañas electorales: “Es la economía ¡Estúpido!”

Bill tenía razón, era la economía, siempre fue la economía. Desde que las voces del desierto nos expulsaron del paraíso y nos dijeron aquello de: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente,” siempre fue la economía.

Por suerte, el hombre fue dotado de libertad tras morder miles de manzanas. El hombre, expulsado del paraíso, encontró a otros hombres es su camino y nunca más estuvo solo.

Descubrió que cooperando con otros expulsados del paraíso se puede mejorar cada día. De manera que se prestó a la construcción de un sistema de reparto del esfuerzo y solidaridad, cediendo, eso sí, parte de la decisión sobre la asignación del pan. Pero había hombres que habían acumulado más pan, (eso no quiere decir que hayan sudado más o mejor) y esos hombres decían que no había que cooperar.

En ese momento mitológico surgió la derecha. A continuación, algunos hombres que tenían poco pan quisieron parecerse a los que tenían mucho y empezaron a plantear la reducción de los sistemas de reparto y cooperación. En ese momento nació el votante de derechas.

Mucho se ha hablado del fin de las ideologías, del fin de la diferencia entre las opciones del espectro, de la homogenización de la sociedad. Como decía Warren Buffet, claro que hay lucha de clases, y los ricos la van ganando.

Los expulsados del paraíso, pobres como ratas, dueños únicamente de nuestro tiempo de vida y de nuestro derecho a cuestionarlo todo, tenemos que seguir luchando. ¿qué podemos hacer los expulsados del paraíso que queremos cooperar? Pues dotarnos de un Estado protector que nos dé herramientas para competir contra los ricos y sobre todo contra las injusticias, las ineficiencias y los problemas que conlleva su existencia.

Descartada la idea violenta de quitar por la fuerza el pan a los ricos (por infinidad de cuestiones éticas, técnicas y estratégicas) los expulsados del paraíso debemos ejercer el principio de la mayoría, es decir, aprovechemos que somos el noventa y nueve por ciento de la población.

Después de la Segundad Guerra Mundial, los expulsados en connivencia con los acumuladores de pan, descubrieron que para sostener la paz y evitar el conflicto la mejor solución era dotarse de un sistema de protección social y bienestar que permitiera a los acumuladores mantener y aumentar sus riquezas y a los obligados a trabajar, a cesar su actividad a repartir la carga de trabajo, a poder jubilarse, ser cuidados y educados. Es lo que conocemos como pacto del bienestar.

Ese pacto se basa, entre otras cosas, en una práctica muy antigua: pagar impuestos. Hasta entonces los impuestos habían servido para mantener ejércitos, para costear guerras, castillos, iglesias, reyes y tribunos. Con la llegada del estado moderno y liberal, sirvieron para poder votar, para poder influir y para conformar el naciente Estado nación.

Los excluidos siempre soportaron la mayor parte de la carga de impuestos, sin recibir nada a cambio, a lo sumo la promesa de protección del señor, la vida eterna o la exención de la obligación de leva.

En el nuevo pacto los impuestos tenían otro papel, servirían para distribuir la riqueza, bajo el compromiso del acumulador de trasferir al Estado parte de su dinero y poder para garantizar la paz social. El acumulador no lo hacía de un modo altruista, buscaba el beneficio propio, aunque de paso beneficiara a unos cuantos excluidos.

Y así pasaron los años, hasta que el miedo a la revuelta violenta de los desheredados desapareció. Los acumuladores ya no querían solo seguir ganando, querían acumular todo el pan, incluso el pan que ganaban con sudor los expulsados del paraíso. Ya no les servía el Estado protector, ellos solo querían un Estado que garantizara su propiedad sobre el pan y su derecho para acumularlo, ya no querían aportar al pan común.

Los ricos y los poderosos, se volvieron egoístas y ambiciosos. Muchos excluidos que habían podido acumular algo de pan, gracias al Estado protector, se creyeron y se creen propietarios a la vez que sirven de ariete y masa crítica para defender a los verdaderos dueños del pan.

“Son los Impuestos ¡Estúpidos!” siempre lo fueron, es la lucha de lo colectivo contra lo individual. La lucha política, la lucha ideológica sigue siendo la misma que desde finales del siglo XIX.

La lucha sigue siendo por un sistema de protección social sostenido con el dinero de todos, pero mayormente y de manera significativa por los recursos de aquellos que tienen más. Por un sistema que limite y minimice las desigualdades que se producen por diferencias en torno a los niveles de renta. Bajo la idea clave de que el interés individual y las decisiones que en torno a él toman no son óptimas, si lo que se busca es maximizar el interés colectivo.

De ahí la necesidad del Estado social, democrático y protector. El derecho a tener pan debe ser tan importante como la obligación de compartirlo con quien no lo tiene.

De ahí la obligación cívica de desmontar el mito del Estado mínimo, de la opción individualista, del egoísmo y del cinismo insolidario.

Juntos somos más fuertes, más eficaces, más productivos, más felices y más justos.

Para ello solo hay un clave. Los impuestos ¡Estúpidos!

Miguel Serrano, analista político

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